
Cada año, más de 10 millones de personas visitan a La Gioconda de Leonardo da Vinci, y esta vez, una de ellas fui yo. El Museo del Louvre resguarda el acervo cultural de la humanidad en su sentido más estricto y amplio, con obras como La Venus de Milo y La Consagración de Napoleón. Esperaba contemplarlas con tranquilidad, pero la marea humana obsesionada con fotografiar y fotografiarse hizo imposible el disfrute. Una ridícula muralla de smartphones se interponía entre mi deseo de enriquecimiento y las historias de IG y selfies.
“La Gioconda” significa “la alegre” o “la esposa alegre”, y “Mona Lisa” es una versión del nombre de la modelo, Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo. Si Lisa supiera lo que ocurre diariamente delante de su retrato, no podría estar alegre con seguridad. El “rollo de fotos” de nuestro smartphone no tiene límites; cientos de fotografías documentan cada evento, detalle, lugar, comida y compañía, compartidos súbitamente en redes sociales. El colmo de esta alienación ha sido el comportamiento irreverente y desatinado durante los funerales del Papa Francisco, confirmando el nivel de estupidez humana que el uso exagerado e inapropiado de la tecnología provoca. ¿Será por esto que Francisco nunca utilizó un teléfono celular? ¿Será que negarse mecánicamente a rechazarlo sea parte de su legado?
¿Eran necesarias miles de selfies con el catafalco conteniendo el cuerpo de Francisco de fondo durante los funerales?
Los registros históricos son recuerdos externos colectivos; testimonios de migraciones, asentamientos o batallas que ayudan a las sociedades y naciones a trazar un linaje, su pasado y una identidad. Hoy hacemos uso extremo de smartphones y nuevas tecnologías como almacenes de recuerdos. La “selfitis” podría constituir un trastorno caracterizado por el deseo compulsivo de tomarse fotos y publicarlas en redes sociales, impulsado por la falta de autoestima o la necesidad de validación externa, con rasgos de narcisismo. La obsesión por las selfies también puede ser síntoma de un trastorno dismórfico corporal. La creencia de que las fotos ayudan a recordar momentos puede llevar a una obsesión que deteriora la experiencia misma. Así como el consumo excesivo de alcohol altera las neuronas, el uso excesivo de redes sociales y tecnología podría tener un efecto similar.
Tendemos a utilizar cada vez menos nuestra memoria, almacenando información en la nube representada por los íconos de nuestros celulares. Sacar fotos o videos de eventos en lugar de disfrutarlos implica una menor capacidad de recordarlos al distraernos en el proceso de inmortalización. La memoria necesita ser ejercitada regularmente; delegar recuerdos y conocimiento a la tecnología podría disminuir la capacidad para recordar. Nuestra identidad es producto de nuestras experiencias y recuerdos, pero demasiadas imágenes pueden fijar el pasado, bloqueando otros recuerdos. La alteración de la percepción del tiempo hace que corra más rápido o pierda valor, y la falta de espontaneidad en las selfies distorsiona la imagen de las personas, reflejando tendencias narcisistas que no muestran quiénes somos, sino lo que queremos mostrar.
Si al recordar nuestro pasado dependemos en exceso de fotos y videos, quizá estemos creando una identidad distorsionada basada en la imagen que queremos dar a los demás, corriendo el riesgo de generar recuerdos ficticios sobre el pasado. Peor aún si sufrimos el robo o extravío del celular y no tenemos backup o suficiente espacio en iCloud: entonces ya no tendríamos recuerdos ni sabríamos quiénes somos en realidad.
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