
Acaban de enterrar al Papa Francisco. Envuelto en innumerables signos de humildad y siempre cercano a los pobres de este mundo, ya se adueñó de la eternidad. Queda ahora nuestra memoria para llenarlo de laureles y regalarle el cariño y el respeto que lo ubiquen en el altar que nunca supimos darle: el del argentino más importante de la historia, el del personaje latinoamericano más trascendente. El sitio que nuestra mezquindad, nuestra ceguera y nuestras pasiones le negaron durante más de doce años.
Francisco era inteligente. Jorge Bergoglio era inteligente. Pero me atrevo a decir que jamás podría haber vislumbrado tanta miseria entre sus hermanos. Nosotros, su pueblo, lo confinamos al destierro por ignorancia y mezquindad. Vivimos en una sociedad tan lastimada y herida que no fuimos capaces de recibir con altura ni siquiera al sucesor de Pedro. No supimos abrazar el regalo de Dios de ponernos en el mapa mundial por algo más que el fútbol, la corrupción, algunos logros individuales en tierras foráneas o la dudosa invención del colectivo o la birome. No supimos. Nuestro corazón se dejó ganar por la víbora que habita en nuestro cerebro.
A Francisco lo juzgamos con ojos de argentinos. Lo relegamos a la disputa casera. Lo metimos en la grieta, y él, seguramente sorprendido e incrédulo, no supo salir. Fuimos tan mediocres que hasta nos creímos capaces de medir el ancho de sus sonrisas en las fotos, de juzgarlo por K, por macrista, por facho, por zurdo y hasta por hincha de San Lorenzo. Medimos los minutos que le daba a uno y a otro. Pero Francisco guardó silencio. Nosotros diluimos su figura, y él calló, preso de la sorpresa y, seguramente, del desánimo. ¡Fuimos capaces de juzgar al Papa, señores! ¡Así de grandes somos!
Lo juzgamos en lugar de leerlo. Dejamos que dudosos voceros nos llenaran la cabeza de palabras que acomodamos a nuestra conveniencia. En lugar de leerlo, lo juzgamos. Para los argentinos que no leyeron a Francisco, que no lo conocen pero que lo han juzgado, quedan sus encíclicas. Ofrecemos una humilde ayuda desde estas pobres líneas: “Lumen Fidei” (“La luz de la fe”) no es una alabanza a Fidel, “Laudato Si’” (“Alabado seas”) no habla del laudo gastronómico impuesto por el compañero Barrionuevo y “Fratelli Tutti” no es un juego entre cardenales donde deben escribir palabras con una inicial determinada. No. Son encíclicas que ponen la figura de Francisco por sobre muchos de nosotros. Encíclicas que llenaron con amor y misericordia un espacio que lleva tiempo vacío: el de los corazones de los hombres.
¡Qué grandes somos los argentinos! Sepa el mundo que en estas tierras viven seres (¿humanos?) capaces de hostigar a uno de los personajes más respetados, venerados, queridos y admirados. Por poderosos y por los pueblos pobres. Sepa el mundo que acá viven seres capaces de juzgar a quien se pasó doce años defendiendo el amor, la ternura y pregonando la Misericordia para un planeta plagado de odios y guerras. Pero, no. Acá decíamos que era peroncho, zurdo, radical, facho y, quién sabe, hasta el representante del maligno. Mientras el mundo lo veneraba como la figura espiritual capaz de arrodillarse y besar los pies de líderes en nombre de la paz, acá embarramos su figura juzgándolo con mezquindad por rencillas o peleas chiquitas.
Ahora queda ver cómo su figura crece con el tiempo. Queda ver cómo algunas opiniones vuelan como hojarasca. Queda ver cómo el mundo entero desoye a los argentinos y lo abraza como no fuimos capaces de hacerlo nosotros. De un lado y del otro de la grieta infame, apedreamos a Francisco sin saber que, desde ahora y para siempre, como Gardel, cada día va a “cantar” mejor.
Pero tendremos revancha, argentinos. Cuando un Papa vuelva a ser alguien nacido en estas tierras, cuando veamos una foto de él en el subte F y después otra en el Vaticano, es posible que logremos entender que no fuimos como debimos ser. Nos bajaremos del caballo, dejaremos la mezquindad y la soberbia a un lado y abrazaremos al nuevo Papa en señal de perdón. Pero será tarde. Porque estaremos muertos.
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