
En el mundo, 58 millones de chicos deberían estar en la escuela primaria y 60 millones de adolescentes en la escuela secundaria, pero no lo están. Esto se explicita en el alto analfabetismo que da cuenta de un sinnúmero de niños y jóvenes en contextos de pobreza no escolarizados.
En estos días se puede ver un cortometraje de Netflix (2024) llamado Anuja, dirigido por un filósofo y cineasta, nominada para los premios Oscar. Cuenta la historia de dos hermanas que trabajan en un taller de costura clandestino y viven en Delhi, India. La menor, protagonista del film, con 9 años de edad, se enfrenta a una decisión que debe tomar y a una oportunidad que le cambiaría la vida: ir a la escuela.
Enmarcada en una historia de extrema marginalidad, que refleja la precariedad de muchas familias, el corto aborda la desigualdad social y cómo el acceso a la escuela está condicionado por el entorno social y económico. Ya es sabido que el éxito educativo no solo depende de factores pedagógicos (buenos maestros, escuelas con buena infraestructura, etc.), sino también sociales (capital cultural y afectivo y necesidades básicas satisfechas, entre otros).
La inequidad planteada en el film se evidencia también en América Latina: los datos regionales indican que el decil más pobre de la sociedad tiene un promedio de 3 años de escolarización, mientras que el decil más rico, 11 años.
En el primer caso, si bien los niños acceden a escuelas públicas, no permanecen. Podríamos justificarlo esgrimiendo que los chicos pobres van a escuelas pobres, es decir, no se quedan en las escuelas porque con escasos libros, sin bibliotecas, con insuficiente material didáctico o con problemas de agua o gas, no les ofrecen un espacio acogedor de aprendizajes.
En el segundo caso, referido a los chicos de nivel socioeconómico medio, cuentan no solo con todo lo mencionado, sino que, además, en sus casas hay libros, sus padres tienen alto nivel académico, capaces de acompañar en las tareas escolares, sumado a otras necesidades cubiertas.
Ahora bien, si los niños y niñas acceden, pero no permanecen, me pregunto qué políticas públicas se están implementando para que se queden en la escuela y, a su vez, para que aprendan, para que comprendan lo que leen y para que puedan socializarse y aprender a convivir.
En tiempos tan feroces, me pregunto ¿quién se ocupa de los niños pobres? ¿Quién plantea políticas focales para determinadas poblaciones? ¿Quién les ofrece oportunidades para equiparar lo que les faltó desde la cuna?
Hoy hay más chicos en las escuelas, pero no aprenden mejor; por ende, se necesita más inversión en calidad, eficiencia y equidad; pero ¿a quién le importan las infancias hoy por hoy? Pareciera que ya no alcanza con encender la batiseñal porque no hay un Batman que acuda en su ayuda.
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