
La colimba igualaba. Hacía igual al otro. El rico con el pobre. El instruido con el analfabeto. El alto con el bajo. El flaco con el gordo. Todos vestían igual. Todos comían lo mismo. Todos obedecían de la misma manera.
De golpe y porrazo, yo, un “nene de mamá” aparecí durmiendo en el piso, sobre una colchoneta, en el medio de un monte de eucaliptos, al lado de un desconocido. Hugo se llamaba aquel desconocido compañero de carpa. Yo, recién salido del secundario, instruido, maestro de inglés, típico representante de la clase media, aprendí a conocer otras realidades, porque Hugo era un carrero que vivía en una villa de Lugano.
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Así conocí la existencia de un mundo para mí inexplicable y extraño. Cuando tuvimos un franco, me invitó a almorzar a su casa. Me espero en la parada del colectivo. Me dijo que era mejor que fuese con él, por las dudas.
Nos metimos en un chaperío, un laberinto de casitas de chapa, saltando ríos de aguas servidas. Me mostró su carro y su caballo, los que usaba para cirujear en las calles. Cuando entré a su casilla, nos esperaba su mamá.
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Piso de tierra apisonada, una enclenque mesa de madera, sillas a punto de caerse. Y multitud de rayitos de la luz del sol que se colaban por los miles de agujeritos que tenían las chapas, las que así como dejaban entrar al dios Febo, también dejaban entrar al frío y la lluvia.

Todo el día pasé en la casa de mi compañero de colimba en el medio de una villa de Lugano, conociendo otro mundo que estaba a solo a media hora de bondi de mi casa. Eso hacía la colimba, igualaba. Allí no había diferencias. Siempre recuerdo a Bustos, un hachero, que llegó del medio del monte chaqueño. No sabía ni usar el cepillo de dientes. Obviamente nosotros le enseñamos. Y le enseñamos también lo lindo que era bañarse con agua caliente todos los días.
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El Servicio Militar Obligatorio fue una Ley Nacional impuesta en 1898 que sirvió para forjar la identidad argentina. Sirvió para tener una idea de la realidad social de la juventud argentina. Porque con la revisación médica pre colimba, se podía conocer la realidad sanitaria de gran parte de la población. Para muchos, también fue su primera escuela, porque allí enseñaban a leer y escribir a miles de jóvenes analfabetos. Se enseñaba respeto, subordinación y escala de valores. Se enseñaba, también, a valorar la casa, la familia.
Se enseñaba civismo. Se enseñaba respeto y amor por los símbolos patrios. Y también, por añadidura, a ser un soldado preparado para la guerra. Si te mandaban un cuerpo a tierra, seguramente te salvaría en el medio de una batalla. Si pasabas hambre, también la tendrías en la primera línea de combate.
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Acepto críticas de aquel que haya sido colimba. Aquel que hable por boca de ganso, de lo que le contó otro, ni cabida.
* El autor fue Granadero de la Sección Hípica del Escuadrón Riobamba del Regimiento de Granaderos a Caballo y hoy es Granadero Reservista.
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