
La sustentabilidad es la clave que permitirá -y ya lo impulsa- jugar con todas las armas el presente y habilitar el futuro. Adaptarse o contraerse. Ampliar mercados o cerrarse en la comodidad. Innovar o perder clientes.
En ese contexto ¿Por qué, hoy por hoy, es tan importante que las empresas apuesten, inviertan, se capaciten y se adapten a las nuevas demandas sustentables? La respuesta es obvia. Pero tiene distintos niveles. En primer lugar, porque las prácticas empresariales responsables con el ambiente y comprometidas con el impacto social han pasado a ser un requisito fundamental de la demanda de los mercados.
Es decir, estamos hablando también de un beneficio económico, desterrando la idea de que sustentabilidad y rentabilidad es una ecuación equivocada. Hoy la realidad demuestra lo contrario. El mundo empresarial, el que invierte en procesos productivos amigables con el ecosistema, ya salteó esa dicotomía.
Pero el siguiente paso, especialmente para el empresariado argentino, sea chico o grande, es acoplarse a los mercados de exportación. Y esa puerta necesaria en la expansión de negocios, requiere de sustentabilidad.
Los mercados desarrollados son cada vez más exigentes, y abrirse caminos en nuevos ámbitos de comercialización necesitan de sellos verdes, habilitación fitosanitaria, certificaciones ambientales, y todo tipo de señales que garanticen productos sustentables.

Es por eso por lo que transformar las nuevas demandas sustentables en parte del negocio y no considerarlas un gasto extra es parte de la receta.
Pacto Verde
El segundo aspecto está en relación con el primero. El mundo se ha tornado un lugar más hostil. La disputa comercial abierta entre Estados Unidos y China, la guerra de Ucrania, la presión sobre el dólar como moneda de reserva y las tensiones internas en la Unión Europa, plantean un escenario donde las fronteras son cada vez más cerradas.
En esa línea, el Pacto Verde europeo tiene como objetivo ser carbono neutral en 2050. Y en esa inteligencia fijó regulaciones cada vez más duras. Es cierto que las restricciones impositivas para los productos con exceso de carbono son un riesgo para la competitividad, pero también es real que la sustentabilidad es impostergable.
Por una cuestión evidente de costos, no se pueden tener esquemas diferentes de producción para el mercado interno y la exportación. Por lo tanto, levantar la vara y comenzar a producir con estándares internacionales es la mejor manera de amortizar costos y la expectativa de la actividad.
El tercer aspecto es el central para proyectar la unidad de negocios hacia el futuro. Los mercados, existentes o a conquistar, están cada vez más integrados por millennials y centennials. Estas nuevas generaciones traen en su ADN el gen verde. La producción responsable, el consumo orgánico y las prácticas responsables de la economía circular, son elementos constitutivos.
Como postdata se podría reseñar también que una política responsable con el ambiente y el entorno social mejora la cualificación de la empresa, generando un prestigio que precede siempre al contacto directo. Esto repercute en la optimización en el precio final de un producto que cuenta con sello verde, con su obvio correlato en el margen de rentabilidad.
La sustentabilidad es el vehículo del siglo XXI para dar el salto exportador.
El autor es presidente de Agro Sustentable
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