
Pilar fundamental del desarrollo humano y social, y de los principios y valores democráticos, la educación puede encontrar en la inteligencia artificial una aliada extraordinaria hacia una escuela más personalizada, eficiente e inclusiva.
En primer lugar, puede ayudar a resolver uno de los problemas crónicos de la escuela pública: la imposibilidad, en este sistema universal y con profesores enredados en burocracia, de adaptar los contenidos al avance de la ciencia y la tecnología, así como el ritmo de enseñanza a las características y necesidades de cada alumno.
De hecho, actualmente el profesor tiende a apuntar el aprendizaje al percentil 50, cuando muchas veces ese alumno ni siquiera existe en el aula, compuesto por estudiantes que están unos por encima y otros por debajo de la media. Esta discrepancia desmotiva tanto a profesores como a alumnos y perjudica la calidad de la enseñanza, por más millones que se añadan al presupuesto educativo.
Ahora bien, a través de plataformas adaptativas, la inteligencia artificial puede, hoy mismo, analizar el ritmo de aprendizaje, los puntos fuertes y débiles, y los intereses de cada alumno, elaborando planes de estudio personalizados y optimizando, bajo la supervisión del profesor, el largo camino de la enseñanza.
Al mismo tiempo, la inteligencia artificial puede reducir significativamente la carga burocrática de los profesores, automatizando tareas como la corrección de pruebas, la creación de horarios, la detección de plagio y muchos otros quehaceres administrativos. Así se libera tiempo y energía para que los educadores se dediquen a lo que realmente importa: el contacto humano con los alumnos, la orientación individualizada y la promoción de experiencias de aprendizaje más enriquecedoras, tales como realidad virtual, gamificación y tutorías interactivas. En la era digital, no podemos tener una escuela analógica.
Estas son, por cierto, recomendaciones de la propia OCDE, que identificó siete estrategias para que los estudiantes saquen el máximo partido de la inteligencia artificial, incluyendo utilizar esta tecnología como mentor (para obtener retorno), como tutor (para recibir instrucción personalizada) y como simulador (para crear ejercicios).
No se trata, al contrario de lo que se ha dicho, de sustituir al profesor, sino de ayudarlo a cumplir su función. A través del análisis de datos, la inteligencia artificial ofrece información valiosa sobre, por ejemplo, el riesgo de abandono escolar de cada alumno, permitiendo al profesor intervenir de forma proactiva.
Claro que la incorporación de la inteligencia artificial en el sistema educativo exige planificación y formación docente. Al final del día, el profesor seguirá siendo central en el proceso pedagógico y el principal garante de la utilización ética y responsable de la tecnología.
Igualmente crucial es asignar inversión que lleve este cambio revolucionario a todos los rincones del país, priorizando los que están más atrasados en los aprendizajes. Nos dirán que es un gasto importante, pero no hay mayor inversión reproductiva que aquella que se hace en EDUCACIÓN y, como dijo un día un antiguo rector de Harvard, “si te parece que la educación es cara, experimenta la ignorancia”.
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