
A una semana de la asunción presidencial de Javier Milei, y como corolario de una de las elecciones más sorprendentes y competitivas desde el retorno de la democracia en 1983, la incertidumbre que ha venido caracterizando el largo y extenuante proceso electoral que se inició a comienzos de febrero, no solo se ha profundizado durante estos frenéticos 21 días de una caótica transición, sino que se traslada a los primeros pasos del nuevo gobierno.
Son muchas las incógnitas que el presidente electo no sólo no ha logrado despejar, sino que ha profundizado con marchas y contramarchas, aseveraciones y desmentidas, y oscilaciones entre el pragmatismo y las posiciones dogmáticas: el programa económico, los alcances de un ajuste que pese a que aclara que lo pagará la “casta” es sabido que afectará fuertemente a la mayoría de la población, la composición del gabinete, la dimensión de la devaluación y la “corrección” cambiaria, el nivel de afectación sobre la producción, el consumo y el empleo, entre muchos otros interrogantes.
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Sin embargo, hay un tema al que el próximo presidente parece o bien no prestarle la suficiente atención o minimizar su importancia para el éxito de su ambicioso programa de gobierno. Hablamos de la relación con la “oposición”, lo que implica tanto la tarea de definir políticas de alianza relativamente estables y de relacionamiento con potenciales aliados circunstanciales como identificar adversarios y diseñar estrategias para desarticular su capacidad de obstaculizar algunas políticas que el presidente considera claves.
No solo no es un tema en absoluto menor, sino que a la luz de la manifiesta e inédita debilidad del oficialismo en ambas Cámaras del Congreso y su impacto sobre una gobernabilidad que se avizora como muy compleja, debiera constituir a todas luces un asunto de máxima prioridad para quien desde el próximo 10 de diciembre ocupará el “sillón de Rivadavia”.
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Si bien es cierto que el presidente probablemente pueda inicialmente aprovechar ciertas ventajas y oportunidades fruto de un sistema político todavía aturdido por el “aluvión Milei”, de un escenario de alta fragmentación política y potencial fluidez entre diversos espacios, y de un proceso de reordenamiento partidario y configuración de nuevos liderazgos que aún no ha comenzado, hay muchos interrogantes en relación a cómo hará el nuevo gobierno para construir acuerdos básicos que le permitan contar con una mayoría legislativa relativamente previsible y estable.
Una mayoría que seguramente no será tan importante durante las primeras semanas, donde probablemente consiga aprobar varias leyes de índole práctica y otras que puedan considerarse prerrogativas de un gobierno que cuenta con la legitimidad de las urnas, pero que será clave para la gobernabilidad en el mediano y largo plazo. Sobre todo, cuando en el marco de una ya asfixiante crisis económica, las medidas de ajuste se hagan sentir con fuerza en diversos sectores.
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Lo cierto es que a pesar de la importancia capital de este tema, Milei parece dar pasos en un sentido contrario al que la propia realidad sobre la que deberá operar pareciera indicar como el más apropiado.
No sólo enfrió rápidamente el tan promocionado “pacto de Acassuso” que parecía encaminarse a un acuerdo amplio con un sector importante del PRO, sino que promovió además la incorporación de varios de sus referentes como Patricia Bullrich a través de acuerdos individuales, provocando anticipadamente rispideces y desavenencias con quienes debiera contar como aliados.
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No sólo no promovió un acuerdo que le permitiera colocar a un presidente de la Cámara de Diputados que aportara experiencia en la dinámica legislativa y potencialmente más amplitud, capacidad de diálogo y construcción de consensos, sino que, por el contrario, parece haber ungido a un libertario puro que, pese a un ilustre apellido ligado a la “casta”, no pareciera contar con la experiencia y espalda política que pareciera demandar dicho cargo.
En este contexto, en las filas del PRO en particular, y de JxC en general, reina la incomodidad y el desconcierto. Con un partido en crisis, que deberá elegir próximamente sus nuevas autoridades, y una coalición cuyo futuro parece estar condenado más temprano que tarde a una inevitable ruptura, el posicionamiento de este espacio es materia de un debate aún no saldado, entre quienes aún creen en la posibilidad de cogobernar, quienes sostienen que solo sería conveniente -al menos en un principio- garantizar gobernabilidad legislativa, y quienes son más proclives a situarse en las filas de la oposición. Lo cierto es que la falta de definición de este posicionamiento los pone en una situación de debilidad y los coloca en un “no lugar” frente a otros sectores, como el que seguramente liderará Axel Kicillof, que ya parecen manejarse con perfiles más nítidos.
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Así las cosas, Milei se enfrentará a un escenario muy complejo en el Congreso. Con apenas 38 diputados de La Libertad Avanza, aun sumando los 58 del PRO, le faltarían nada más ni nada menos que 51 legisladores para alcanzar el quórum reglamentario para poder sesionar. Sin dudas una de las tantas paradojas de uno de los presidentes a la vez más fuertes (en términos de votos) y más débiles (en términos de representación parlamentaria e inserción territorial) de la historia de la democracia reciente, que nos introduce a una dimensión desconocida.
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