
Soñemos y fantaseemos a lo grande. Hagámoslo sin pastillas para dormir ni estupefacientes, que es mucho más sano y barato. Imaginemos que al presidente electo, Javier Milei, de pronto le sale todo bien (todo). Con o sin dolarización, con o sin Banco Central, con o sin vouchers, con o sin obra pública... Sea como sea, de a poco, casi mágicamente, con su gestión empezamos a ser un país de esos que llaman “normales”.
Aun si eso (que no está en la cabeza de ningún ser medianamente racional) sucediera, todavía quedaría un escollo muy difícil de sortear: la expectativa.
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Se suele decir que comunicar bien es saber manejar las expectativas. Ellas tienen que ser siempre positivas, pero no desmesuradamente positivas, porque al poco tiempo generan frustración y eso se vuelve en contra. Y en los tiempos que corren, eso sucede cada vez más rápido. Ya lo sufrieron, en su primer año de gobierno, por sólo citar dos ejemplos, Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia.
¿Hay remedio para eso? Sí, claro, gestionar el problema.
Años atrás, en una conferencia que dio en la Universidad Nacional de La Matanza, el entonces presidente del Consejo Profesional de Relaciones Públicas, Hernán Maurette, expresó una idea muy interesante. En todas las batallas de la comunicación, hay siempre tres componentes: nosotros, los que se oponen a nosotros y los otros. La batalla siempre es por conquistar a “los otros”.
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Lo primero que tiene que hacer el nuevo gobierno, para administrar las expectativas de sus públicos, es identificar a esos “otros” que deben ser su audiencia clave.
En primer lugar, hay que investigar el 30% que votó a Milei en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) y que volvió a hacerlo en la primera vuelta.
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En ese 30%, seguramente hay un núcleo duro (no se sabe aún de qué porcentaje) que está dispuesto a defenderlo contra todo lo que pase. Ellos no son la prioridad. La prioridad son los que lo votaron muy ilusionados y pronto pueden frustrarse. Hay que investigar quiénes son y ver el modo de, quirúrgicamente, trabajar mensajes que desarrollen su paciencia. Volveré sobre este punto.
En el otro extremo, está el 27% que inicialmente votó al peronismo. Por historia y por cómo estaba dada la elección, está claro que no tienen buenas expectativas, por lo cual no habrá frustración. Entonces, tampoco son prioridad comunicacional.
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El raro 10 por ciento que creció la fuerza de las PASO a la primera vuelta, habría que considerarlo del mismo modo. Quizás no fue un voto peronista, pero sí fue un voto de miedo a Milei, por lo cual no tienen demasiada esperanza.
Lo más interesante aparece en quienes votaron a Juntos por el Cambio en ambas instancias (28 y 24 % respectivamente). Es un enigma saber cuan esperanzados están en este gobierno, sabiendo que fue su segunda opción (y hasta tercera). A ellos, también hay que investigarlos a fondo y, a los más optimistas, sumarlos al grupo de mayor prioridad (de ese grupo por supuesto se excluye a quienes tienen urgencias límite ya que ellos necesitan gestión, no comunicación).
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Una vez que todo eso esté hecho, y acá retomo lo de la precisión quirúrgica, hay que trabajar, trabajar y trabajar. Tiene que haber un equipo especial que diseñe constantemente mensajes para ganar un día más la confianza de ese público estratégico y prioritario, demorando su posible frustración. Un trabajo profesional, que sepa actuar proactiva y reactivamente, valiéndose de líderes de opinión creíbles, puede lograrlo y, con ello, darle más aire al nuevo gobierno.
Si el “plan paciencia” se lleva a cabo con profesionales idóneos, y si los ciudadanos que no formamos parte del gobierno y que no tenemos urgencias, acompañamos, es posible que logremos cruzar el río turbulento y, en algún momento, encontrar la paz en la otra orilla.
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O, si se prefiere otra metáfora, tendremos que caminar durante muchos meses, con fe, dentro de un túnel muy oscuro, para que en algún momento aparezca la luz.
Esperemos que no sea un tren de frente.
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