
Jacobo Kanenguiser se escapó de la rusa zarista a principios del siglo XX, huyendo de los pogromos en Ucrania. Sin una gran educación formal, pudo formar una familia en Buenos Aires con tres hijos, uno de ellos, mi padre, que creció entre Boedo y Caballito desde su nacimiento en 1930. Adoraba jugar al fútbol en esas calles, pero más de una vez tuvo que bancarse que en esos picados le dijeran “ruso de mierda” y sentirse indefenso.
Tuve la suerte de nacer 20 años después del nacimiento del Estado de Israel y, aunque debí luchar contra muchos prejuicios en mi escuela y mis primeros trabajos, ser judío en la Argentina para mí fue más fácil que para mi abuelo y para mi padre; entre otros motivos, por la protección, lejana pero cercana, de la Tierra de Israel.
En las últimas semanas recibí cálidos saludos de amigos no judíos para preguntarme cómo está mi familia en Israel tras el sangriento ataque terrorista de Hamas que mató a más de 1400 civiles y secuestró a más de 200 personas, desde bebés hasta ancianos.
No hubo día desde entonces que pudiera dormir tranquilo, que no me aferrara a los portales o a las redes sociales para ver cómo se desarrollaba el conflicto, si liberaban a algún rehén más. En cada llamado con mis primos en Israel recibí más tranquilidad que angustia. No dejan de protegernos, aun cuando muchos están con miedo o tienen a sus hijos en zona de combate.
Pero en los últimos días el horror se extendió, por las hordas que invadieron un aeropuerto en una república rusa, hasta las manifestaciones en Europa que piden por una Palestina “desde el río hasta el mar”, pasando por los estudiantes judíos hostigados en campus universitarios en Estados Unidos.
Sin embargo, ni siquiera este último mes, dejé de creer en la posibilidad de una convivencia pacífica en Medio Oriente en la medida que los moderados le ganen la pulseada a los fanáticos y se extiendan los tratados de paz entre Israel y sus vecinos.
Pero hasta que ello ocurra, tenemos motivos para tener temor, también en la Argentina, donde los dos atentados terroristas más importantes que sufrimos, a la Embajada de Israel y a la AMIA, no se resolvieron. Desde entonces, las vallas que separan a estas instituciones en las calles de la Argentina se naturalizaron y los más jóvenes no saben cómo es entrar a un templo, un club o una escuela sin barreras de por medio. En estos días, además, muchos de sus directivos les pidieron a estos chicos que se cuiden, que no se expongan.
Sé que la mayor parte de la dirigencia política local está focalizada en las elecciones de noviembre, pero la mayor comunidad judía de América latina se merece, nos merecemos, sentirnos seguros. Y libres. Con más razón, en este importante aniversario del renacimiento democrático por el que luché desde mi juventud.
Salimos una y otra vez de la esclavitud y esta vez no será una excepción. El terror no vencerá. No lo podemos permitir. Yo, en particular, tampoco lo puedo tolerar, porque quiero que mi hijo crezca en paz en este hermoso país que hace más de un siglo recibió a su bisabuelo que escapó de la intolerancia y el odio. Y cuidar a Israel, combatir el antisemitismo, también es protegerlo a él. No cuenten conmigo para tener miedo.
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