
Un antiguo proverbio chino indica que “nunca sacarás de la olla nada mejor de lo que metiste en ella”.
Por más excelso que sea el cocinero, si los ingredientes son de baja calidad, la comida, difícilmente, resulte extraordinaria.
Si en la olla de la macroeconomía se coloca descontrol fiscal financiado con emisión de pesos, en un contexto de huida de la moneda local por parte del público, y sin posibilidad de colocar deuda voluntaria adicional en el mercado local o del exterior, junto a una devaluación del dólar oficial sin programa, con posterior congelamiento, y ruptura del acuerdo con el FMI, el resultado es un “guiso” de vaciamiento de reservas del Banco Central, dólar libre a precio de “fin del mundo”, brecha cambiaria récord, e inflación de dos dígitos mensuales. Y encima, el cocinero es malo y ha decidido dejar la cocción a su suerte, y dedicarse a servir esa mala comida en el comedor.
A este descalabro económico, hay que sumarle el incierto escenario electoral que dejaron las PASO, el desbarranque dialéctico de algunos candidatos en la recta final de la campaña hacia la primera vuelta electoral y la inexplicable respuesta del Presidente, denunciando al candidato Milei por sus dichos.
Al respecto, que la colocación de pesos a plazo fijo en el sistema bancario resulte no rentable para los ahorristas respecto de la inflación esperada, es responsabilidad del Banco Central, y no de un candidato opositor. Sin embargo, así como el candidato oficialista olvido su responsabilidad como Ministro de Economía, el candidato libertario, olvidó su responsabilidad como diputado nacional. Él y su bloque votaron en favor de aumentar el déficit fiscal, es decir, también ellos forman parte de los políticos que siguen convirtiendo a los pesos en “excremento”.
Y votaron así, porque, como reconoció el propio candidato, cuánto más se destruya el valor del peso, más fácil resultaría instrumentar, eventualmente, su propuesta de dolarización (cuánto más alto el tipo de cambio libre, menos deuda en dólares tendría que colocar).
Y aquí está la clave de la dinámica en la que nos hemos metido.
El candidato que encabeza las encuestas explicita que su “programa” necesita un tipo de cambio mucho más alto que el actual, a lo que se suma la incertidumbre respecto de si, efectivamente, hay fondos de riesgo dispuestos a prestarle a la Argentina los miles de millones de dólares que se requieren para la dolarización de los pasivos del Banco Central.
Mientras tanto el candidato oficialista demuestra que está dispuesto a hacer cualquier cosa para lograr entrar en el ballotage, aunque ello signifique seguir agravando la situación económica.
Es decir, el oficialismo agrava el presente, y el candidato más votado en las PASO agrava las expectativas sobre el futuro.

Con este escenario, no es de extrañar que ahora el Massa candidato le pida al Massa ministro que “haga algo”. Si no fueran la misma persona, el candidato le estaría exigiendo a gritos al Presidente, la renuncia de su ministro de Economía (para los que leen historia, un aire de familia con la exigencia del candidato Angeloz, al Presidente Alfonsín, de que despida al ministro Sourrouille.).
Y entonces, para salvar su cargo, y moderar las consecuencias negativas de su irresponsable intento de comprar votos con inflación, el Ministro Massa, tomó medidas.
Por un lado, decidió ampliar la devaluación para algunos exportadores, con un tipo de cambio móvil, para varios productos, mezclando el precio congelado del dólar oficial, con el precio “flotante” del dólar CCL, (el 25% de dichas exportaciones que se liquidan en el mercado relativamente libre).
Más que un estímulo al incremento de exportaciones, es un intento para que, con un 30 y pico más de precio, se posterguen menos liquidaciones de exportaciones y, de paso, poder acercarle algo de oferta al mercado libre del dólar.
Por otro lado, encareció el dólar turista, subiendo impuestos, intentando achicar la demanda en el mercado del dólar oficial, y estableció una serie de regulaciones, persecuciones y trabas que, en teoría, reducen la demanda en el mercado del dólar libre.
Mientras, finalmente, el Banco Central decidió, absurdamente, elevar la tasa de interés de la política monetaria.
Y digo absurdamente, por lo siguiente.
El dólar libre subió en los 12 días de octubre más del 15% y el blue más del 22%.
Si la gente espera que el futuro repita el pasado, no hay tasa “razonable” que frene la corrida. Y, por el contrario, si supone que “ya subió demasiado”, no hace falta más tasa.
De manera que esta suba de la tasa de interés en pesos, fijándola, de todas formas, por debajo de la inflación esperada, sólo sirve para incrementar el gasto del Banco Central en intereses de las leliqs, aumentando los pasivos en pesos de la entidad. ¿Maniobra para hacer más difícil la dolarización? (una ironía, aviso por las dudas).
Cabe aclarar, insisto, en que, con el recontra super cepo, no hay corrida bancaria, porque por cada uno que se dolariza, hay alguien que se pesifica, vendiendo los dólares.
Aunque, para ser preciso, sólo hay una reducción nominal de los depósitos cuando el que se “pesifica” es el Banco Central interviniendo con la venta de dólares en el mercado de los dólares libres.
Pero lo que sí hay es un traslado de depósitos a plazo a depósitos más líquidos. Y un fenomenal aumento de la velocidad de circulación de los pesos que quedan, que se traduce en el incremento de los precios de los dólares libres que le mencioné más arriba.
En la práctica, ante importaciones que no se pueden pagar, precios de reposición que se desconocen, y productores que tienen en stock dólares en forma de producto y que no quieren transformarlos en pesos, para luego recomprar dólares mucho más caros, estamos ante una cuasi paralización de la actividad comercial y en algunos casos industrial, mientras la gente trata de comprar todo lo que pueda, aquéllos productos que, por distintas razones, no han incorporado totalmente, todavía, el mayor precio del dólar libre. Más presión sobre la tasa de inflación.
En síntesis, el Gobierno intenta moderar con la policía y la parálisis los efectos de su propia política, y las expectativas negativas desatadas por uno de los candidatos opositores.
Pero esta dinámica negativa ya está desatada, y se frena o no, dependiendo del resultado del 22 de octubre y de la transición a la que esté dispuesto el oficialismo, si queda fuera de la elección final.
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