Feminista en falta: el terror, la identidad y la tragedia de vivir alerta en casa

Israel vivió la masacre más grande de judíos después del Holocausto y lo que está en juego una vez más es la defensa de la identidad, que los chicos en Tel Aviv, en Londres y en Buenos Aires puedan seguir diciendo su origen sin ponerse en riesgo. Y a la distancia, parece que todo da lo mismo: ¿Qué sentido tiene decir algo, subir un posteo conmovedor y volver a la rutina del gimnasio, del café tibio de especialidad, del trabajo desde el bar y la conciencia en paz?

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Una mujer israelí, secuestrada en
Una mujer israelí, secuestrada en el ataque de Hamas

El horror llega por celular. Lo vemos en la pantalla como si fuera una película, pero es real. Hay miles de muertos que son expuestos como trofeos, se habla –y hasta circulan fotos– de bebitos decapitados y hay mujeres que relatan el espanto de ser violadas junto a los cadáveres. El horror llega por celular y hay que opinar: cada cosa que se dice o no se dice es materia de opiniones nuevas y más feroces como si no nos alcanzara con las imágenes.

Estoy en plan de abandono pasivo de las redes sociales más tóxicas. No cerré ninguna cuenta, pero dejé de abrir las puertas y las ventanas, como quien se va de una casa en puntas de pie, sin despedirse de nadie. O mejor, como quien se va de una fiesta muy ruidosa que ya no le divierte y tiene la ventaja de hacerlo sin que los demás lo noten, justo porque todos están gritando y bailando su propio baile sordo.

En la fiesta electrónica que celebraba la libertad y el amor cerca del Kibutz Reim y fue uno de los primeros blancos de Hamas el sábado pasado, miles de chicos también bailaban distraídos. No escucharon las detonaciones por la música, algunos creyeron que eran parte del show. La mayoría no tenía más de 40 años; 260 murieron en el acto. Algunos llegaron a filmar el ataque: vimos –también por Instagram– cómo se llevaban a los rehenes. Las familias de esos chicos y chicas también lo vieron.

El país y el mundo se están poniendo cada vez más densos. En Buenos Aires nos acostumbramos a caminar esquivando colchones, cuerpos vivos de personas cuya vida cada vez vale menos. ¿Cuánto vale la vida de los rehenes? ¿Cuánto la de un tipo que se despierta en una calle de Palermo con las ambiciones muertas, sin futuro posible? ¿Cuánto vale la vida de un terrorista que tortura y viola y mata y vuelve a violar después de matar? ¿Qué sentido tiene decir algo, subir un posteo conmovedor y volver a la rutina del gimnasio, del café tibio de especialidad, del trabajo desde el bar y la conciencia en paz?

Me convencí, en mi propio baile, de que es tiempo de replegarse y buscar refugios. Justo yo, que antes creía en alzar banderas y desplegarlas con orgullo, no estoy segura de que sirva de algo seguir gritando tanto. Cuando gritás no podés estar alerta, no ves el peligro, no escuchás las detonaciones. Cuando creés que estás demasiado a salvo, tampoco.

Hace un mes entraron ladrones a la casa de mi novio. No estábamos preparados; yo me estaba maquillando, era sábado. Tres tipos encapuchados que durante veinte minutos nos amenazaron con matarnos y nos apuntaron todo el tiempo para que no dudáramos. Te queda la cabeza rara después de que te asaltan en tu casa. La policía dice que “te reducen” y ellos también decían eso: “Los tenemos reducidos”.

Restos de autos en la
Restos de autos en la masacre de Hamas en la fiesta electrónica cerca de la Franja de Gaza (Gobierno de Israel)

Por primera vez en la vida pienso en irme de la Argentina, pero ¿a dónde? El mundo más allá de Ezeiza también está roto. Cuento esto ahora imaginando a esos chicos bailando en la fiesta, a una madre acunando a su bebé en la tranquilidad de su comuna, a un grupo de agricultores labrando la tierra bajo el sol de todos los días. En ningún lugar sos más vulnerable que en tu casa, cuando te convencés de que estás protegido.

Un refugio. El martes fui a ver el show de Isha Escribano en el Teatro Border. Isha sabe de transformaciones y se lo dice al público entre risas; estudió medicina, trabajó por años como periodista, es música y coach espiritual y además hizo su transición de género hace cuatro años, apenas unos meses después de cumplir cincuenta, media vida en una identidad que le era ajena. Durante casi dos horas estamos sentados escuchando mantras y canciones de los Beatles que acompaña con una guitarra tranquila. Es hermoso.

A cada rato repite la misma pregunta, que le da nombre al encuentro: “¿Qué cargás en tu mochila?”. La gente –la mayoría son mujeres, pero también hay muchos señores– cuenta sus penas en voz alta para descargarlas. Son frases y palabras sueltas dichas con valentía: “miedo”, “culpa”, “estrés”, “la presión de la mirada de los otros”. Isha dice que hay que tomar distancia, da un saltito y se aleja del problema. Cuando tomás distancia, los problemas se vuelven más chiquitos. No digo que sea un buen ejercicio, pero cuando ves colarse en el feed de Instagram –entre platos de comida y fotos de playas europeas– cómo en Gaza se llevan rehenes desencajados de terror y pensás que sus familiares lo están viendo igual que vos, casi nada de lo que te pasa parece tan grave.

Todo el mundo está ocupado creando contenido, no hace falta que sean influencers. Todos quieren contar, mostrar, opinar que está mal lo que opina el otro y hasta que los otros no hayan opinado. Yo camino por un Palermo detonado y pienso que estoy rodeada de zombies. La gente está creando contenido, pero se mueve en el vacío. Doy un saltito para evitar cruzar la mirada con un hombre que ya ni siquiera pide limosna, me asusto de mis reacciones. Después del robo, todo me da miedo: una moto que frena cerca, un hombre vestido de negro, un chico de gorrita con un aro grande en la oreja. Creo que vivo un poco más alerta.

Inbar Lieberman, la soldado israelí
Inbar Lieberman, la soldado israelí que protegió su kibutz

Inbal Lieberman tiene 25 años. En Israel y en La Matanza, a esa edad ya podés ser un veterano manipulando armas. Inbal es una chica rubia con cara de alma de la fiesta que el sábado se convirtió en heroína: salvó a tiros al kibutz Nir Am de la masacre que vivieron todos sus vecinos. Lieberman no estaba ahí de casualidad, era la coordinadora de seguridad. Cuando se dio cuenta de que las explosiones eran distintas de los bombardeos habituales, abrió el arsenal y lo distribuyó entre su equipo anticipándose a las órdenes de sus superiores. La emboscada hizo de su kibutz una fortaleza impenetrable.

El mundo es un lugar cada vez menos seguro y también menos empático: cuando temés por tu vida te sale más difícil ser solidario. Ya no me dan ganas de responder en una esquina cuando me preguntan una dirección, guardo el teléfono cuando se acerca alguien, no se me ocurriría levantar en la ruta a una maestra que hace dedo ni ayudar a nadie a cambiar una goma. Supongo que todos estamos un poco en esa, que la mayoría de nuestras interacciones son más medidas, más cuidadosas.

Hamas masacró a decenas de niños y mujeres pero hay quienes dicen que es más complejo y también quienes cuestionan la veracidad de lo que vemos. La verdad es fácil de cuestionar cuando ningún contenido del feed parece real; la verdad –como la libertad– se volvió otro blanco fácil, perdió valor igual que la vida. Mentir es gratis, no hay que rendirle cuentas a nadie.

Los repudios y las omisiones de repudios y las generalizaciones con tufo antisemita y la convicción con la que se habla en el aire de causas lejanas con la comodidad de la distancia se superponen mientras los chicos en Londres, en París y en Buenos Aires vuelven a temer decir su origen. Vivimos la masacre más grande de judíos después del Holocausto y lo que está en juego una vez más es la defensa de la identidad, que esos chicos puedan seguir diciendo “soy judío” sin ponerse en riesgo.

Vuelvo al mismo problema sin respuesta. Se supone que nunca somos más nosotros que en casa –ese refugio–, pero ni siquiera ahí estamos seguros. Pienso en una frase del Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfouz que leí en el libro de Isha (Sólo es vida si es verdad, Penguin Random House, 2022): “Tu hogar no es donde naciste; el hogar es donde todos tus intentos de escapar cesan”.

Pienso en la identidad, en cómo también se forja cada vez que te gritan “judío de mierda”, o “puto de mierda”, o “gorda de mierda”, o “negro de mierda”, en cómo siempre va a haber quienes encuentren en vos alguna etiqueta identitaria que les parezca una mierda. En lo universal que es cargar mochilas, en lo jodido que está todo, en la importancia de valorar lo cotidiano, este rato escribiendo y tomando un té como si afuera no hubiera un abismo.

Pienso que a doce mil kilómetros de acá hay una chica que ya no puede estar tranquila en su hogar, que vive alerta, tratando de distinguir entre las explosiones conocidas y las nuevas. Pienso en el heroísmo de Inbal vestida con su traje de fajina y en el de Isha parada sola en el escenario con su guitarra, sus tacos y sus pantalones blancos. En la fuerza de la identidad, en lo cambiante que puede ser la identidad.

Como me dijeron los artistas Chiachio & Giannone la semana pasada en una terraza que también fue refugio, ya nadie puede decir que es de acá o de allá, ya nadie es 100% de nada ni de ningún lugar. Pienso pero no voy a llegar a ninguna conclusión, al menos hoy no. Me abrazo a mi felicidad chiquita: hace rato que dejé de escaparme de mí misma, tengo quien me abrace, la mayoría de las tragedias llegan sólo por Instagram, me cuesta llegar a fin de mes pero duermo calentita. No quiero vivir en estado de alerta, y tuve más suerte que Inbal. Quisiera paz para ella, me encierro en la mía, en esa suerte.