
El mundo está fracasando en sus promesas de desarrollo. Se trata de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, acordados por todos los gobiernos en 2015 para ser alcanzados en 2030. Los avances en todas estas promesas, incluidas áreas tan importantes como erradicar la pobreza y acabar con el hambre, se están produciendo a menos de una cuarta parte de la velocidad prometida. Si se mantienen las tendencias actuales, el mundo alcanzará sus promesas para 2030 con medio siglo de retraso.
Ahora en septiembre (19 al 26), mientras los líderes mundiales se reúnen en Nueva York para la Asamblea General de las Naciones Unidas, este fracaso acechará. Tenemos que cambiar urgentemente nuestro enfoque para maximizar los beneficios del desarrollo para el mundo.
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Una de las razones que explican esta lentitud es que muchas de las promesas de los ODS son imposiblemente ambiciosas. Prometen lograr la eliminación completa del hambre y las enfermedades infecciosas, crear empleo y sistemas de protección social para todos. No se trata de objetivos de desarrollo, sino de ideales loables pero descabellados.
Las promesas a escala mundial también carecen por completo de enfoque. El mundo tiene 169 objetivos muy detallados y largos, y a todos se les da la misma importancia. El compromiso vital de eliminar la hambruna infantil se coloca a la par con la promesa decididamente menos crucial de proporcionar a la gente información sobre cómo tener un estilo de vida “en armonía con la naturaleza”.
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La mayoría de los países no han reservado suficientes recursos adicionales para cumplir las promesas. Es el caso de las naciones más pobres del mundo, que comprensiblemente ya están pasando apuros, pero también el de las grandes organizaciones de desarrollo y los países ricos donantes, que sólo han aumentado ligeramente su gasto. Es probable que el déficit total para alcanzar todos los ODS ascienda a la espectacular cifra de entre 10 y 15 billones de dólares anuales, más o menos lo mismo que la recaudación fiscal mundial. Es una apuesta segura que los gobiernos no van a duplicar los impuestos para lograr estas promesas.
En esencia, estos objetivos procuran algo importante: mejorar las condiciones de los más desfavorecidos del mundo. Así que tenemos que ser más inteligentes. Algunas metas de los ODS tienen soluciones más eficaces que otras: hay políticas que tienen más posibilidades de éxito, programas más baratos y resultados más valiosos. Deberíamos centrarnos primero en estas soluciones.
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Ya en 2015, cuando las Naciones Unidas, los gobiernos y la sociedad civil estaban elaborando los objetivos, propuse que se establecieran prioridades, pero se opusieron quienes creían con optimismo que las promesas tan ambiciosas animarían al mundo a cumplirlo todo.

No fue así, y ahora estamos a la mitad del plazo de nuestras promesas, pero ni de lejos a mitad de camino. Para rescatar los objetivos globales, debemos encontrar metas en las que unos pocos recursos puedan acelerar su consecución. En los últimos años, mi grupo de reflexión, el Copenhagen Consensus, ha trabajado con premios Nobel y destacados economistas para investigar las políticas más efectivas entre los 169 objetivos. Ahora hemos identificado 12 políticas poderosas que aportarían enormes beneficios a toda la agenda de los ODS a un costo relativamente bajo.
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Consideremos una de estas políticas: ampliar las inmunizaciones infantiles para la mitad más pobre del mundo. Esto incluye vacunas contra el rotavirus, que es la causa más común de enfermedades diarreicas en niños pequeños, vacunas neumocócicas para evitar muertes por infecciones graves y meningitis, y una mayor cobertura de la vacuna contra el sarampión. Por 1.700 millones de dólares al año, podríamos evitar medio millón de muertes anuales, la mayoría de niños muy pequeños. Cada dólar gastado aportaría la asombrosa cifra de 101 dólares en beneficios sociales.
Y esta es sólo una de las 12 políticas que impulsarían la consecución de los ODS. Nuestra investigación, revisada por expertos, revela que con un total de 35.000 millones de dólares anuales podríamos impulsar la salud materna para salvar la vida de 166.000 madres y 1,2 millones de recién nacidos cada año, salvar otro millón de vidas al año al erradicar casi por completo la tuberculosis, mejorar los resultados educativos en los países de bajos ingresos para transformar el futuro de los niños, mejorar los registros de propiedad de la tierra para dar seguridad a las personas, impulsar el comercio para crear oportunidades económicas que cambien la vida, reducir la malaria, permitir una mayor circulación de trabajadores calificados para reducir la desigualdad, hacer grandes avances en la desnutrición infantil y salvar 1,5 millones de vidas de enfermedades crónicas como la hipertensión.
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En total, estas políticas salvarán 4,2 millones de vidas al año y mejorarán la situación de la mitad más pobre del mundo en 1,1 billones de dólares anuales. En términos económicos, por cada dólar gastado se obtendrán 52 dólares de beneficios sociales.
La agenda de los ODS no funciona. No debemos tolerar que los líderes mundiales hagan más promesas vacías, ni que la ONU siga repartiendo fondos y atención en torno a una lista interminable y sin prioridades de objetivos nobles pero inalcanzables.
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Podemos rescatar la agenda de los ODS y aprovechar al máximo los próximos siete años. Solo tenemos que priorizar y colocar las mejores políticas en primer lugar.
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