
En tiempos electorales no hay arte adivinatorio que cotice mejor que aquel que determina las motivaciones, las causas del comportamiento electoral de los ciudadanos. Concurren en cada una de las decisiones una amplia serie de factores a los que solo es posible conocer por aproximación. Si lo que se busca es tomar decisiones en el contexto de una campaña, lo que se hace usualmente es identificar unos pocos criterios que describen el voto propio y el ajeno y definir una estrategia acorde. Subestimar o ignorar un factor importante, en consecuencia, puede ser fatal.
El resultado de las PASO habilitó una primera interpretación del voto, asignándole motivación a cada uno. Los resultados que demandaron mayor atención fueron los obtenidos por la fórmula Milei-Villarreal, en razón de que se trataba de una fuerza emergente, no consolidada, que obtenía el mejor resultado y se ponía por encima del oficialismo y la oposición tradicional.
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Sin embargo, en lugar de analizar con cuidado el fenómeno, se prefirió, tanto entre los periodistas como en los analistas políticos y los equipos de campaña, identificar el voto a LLA con el voto bronca, el voto castigo, una reacción emotiva, irracional, desinformada y puramente negativa. Se prefirió dar una explicación estereotipada al fenómeno político más novedoso e interesante de los últimos años. Ya veremos por qué.
El caso es que a principios de la semana pasada se dio a conocer una encuesta realizada por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA. Reveló que el 60 % de los votantes de Milei dicen haberlo votado porque “le da esperanza de salir de la decadencia”. La bronca aparece en tercer lugar. Con el mismo porcentaje, los votantes de Patricia Bullrich dijeron votarla porque “asegura un cambio con gobernabilidad”. La esperanza aparece segunda, con 40. Mientras que el 52% de los votantes de Sergio Massa dijeron hacerlo porque “Milei y Bullrich les dan miedo”. La esperanza no tiene presencia entre los votantes de Massa, al menos así expresada.
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En el apartado correspondiente a los estados de ánimo, entre los votantes de Milei prevalece la esperanza seguido de felicidad, entusiasmo y alegría. En el de Bullrich, la esperanza domina pero más moderada, seguida por la incertidumbre, la bronca y la angustia. En el de Massa la esperanza también predomina pero es aún menor que la de Bullrich, seguida más de cerca por el miedo y la alegría.
El panorama, como se ve, es sensiblemente diferente a la idea del voto bronca. Contrariamente a lo que dice la mayoría de los análisis, el voto a Milei es mucho más positivo y asertivo de lo que parece. No es un mero voto castigo que busca socializar el descontento propio a la clase dirigente. Esto quiere decir que sus votantes esperan una mejora en sus vidas si Milei es presidente. El valor que está en juego no es una emoción, sino una expectativa, una forma proyectiva y aspiracional de representarse el propio futuro.
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La esperanza, esa maldita y empecinada costumbre propia de seres racionales y finitos que aspiran a un futuro mejor que su presente y su pasado, que ha supuesto un quebradero de cabezas para los filósofos desde los tiempos del estoicismo, parece estar más presente entre los votantes de Milei que entre los de otros candidatos.
Esta característica del voto a Milei posee dos aspectos específicos que vale la pena tener en cuenta. Primero: hay una mayor presencia y aspiración de futuro en el voto a Milei que en otros. Algo que explica su particular arraigo entre los jóvenes. Segundo: la esperanza aparece como en oposición al presente, al estado actual de las cosas. Algo que explica su particular arraigo en sectores desfavorecidos, excluidos. La esperanza aparece como una liberación de la presencia asfixiante del gobierno y del Estado. Otra cosa es si está realmente fundada en datos objetivos o es más bien una expresión de deseo.
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Cabe preguntarse si los analistas o los actores políticos perciben estas particularidades. Lo cierto es que casi en bloque se han negado a reconocer eso que con un poco de investigación y espíritu crítico se podía ver. La hipótesis del voto bronca es una muy comprensible reacción ante el desafío intelectual que siempre supone lo nuevo. Impugnarlo tiene un efecto apaciguador sobre la incomodidad o el malestar que genera lo desconocido. Esta reacción se potencia si la novedad se percibe como una amenaza. Esto es precisamente lo que sucede con Milei: muchos sectores -en particular los que forman opinión, los intelectuales- se sienten en peligro. Entre comprender y condenar han elegido lo segundo.
Poco a poco, a regañadientes, se va aceptando la realidad del desafío.
En los equipos de campaña también parecieran dar acuse de recibo. Bullrich respondió con la propuesta de un misterioso equipo de asesores liderados por el filósofo Santiago Kovadloff, con el extraño encargo de restaurar la dignidad y detener el llanto de los argentinos. Massa, por su parte lanza videos motivacionales con los que que aspira a captar el voto juvenil. No parecen estrategias muy efectivas. Con domicilio legal o en condición de okupa (eso está por verse) la esperanza sigue habitando en otro lugar.
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