
La semana qué pasó dejó en claro la estrategia del oficialismo rumbo a la primera vuelta electoral del 22 de octubre próximo. Y también quedó explícita la decisión del ministro Massa de abandonar su trabajo part time de conductor de la economía, para dedicarse full time a la campaña electoral.
En ese contexto, lo primero que decidió el candidato ha sido anunciar una serie de medidas que intentan mitigar los efectos que la devaluación sin programa del 14 de agosto -y su traslado a los precios internos- tiene sobre los ingresos de una parte de los votantes.
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Y digo mitigar porque, en la práctica, resulta imposible evitar los efectos de un salto inflacionario como el que se producirá en el bimestre agosto-septiembre.
Y también digo intentar, porque con reservas negativas en el Banco Central, expectativas totalmente desancladas, debilidad política y una elección con resultado incierto por delante, la búsqueda de esa mitigación puede resultar en un peligroso experimento.
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Me explico: la devaluación del 14 de agosto necesitaba anclar la expectativa de un salto correctivo del atraso cambiario acumulado, de manera de transcurrir estos meses sin la presión de la necesidad de una nueva corrección cambiaria más temprano que tarde.
Pero para que eso fuera posible, el ministro Massa debió haber acompañado dicha devaluación con un ajuste fiscal y monetario relativamente potente, para que el traslado a precios fuera más lento. Y requería, también, mantener un ritmo de devaluaciones diarias que asegurara el nuevo precio relativo del dólar oficial frente al resto de los precios de la economía.
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En otras palabras, el funcionario debía buscar una tasa de inflación que no fuera de dos dígitos mensuales, “disciplinada” por un menor nivel de actividad, derivado de una caída del ingreso real y del freno genuino de la demanda de importaciones.
Este escenario le hubiera permitido recomponer algo las reservas del Banco Central, de manera de encarar la recta final del año, con menor riesgo de un desborde inflacionario mayor. Pero en la fuerte interna entre el ministro y el candidato, ganó el candidato.
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Y entonces, liberado de su papel de encargado de la cartera de Economía, Massa anunció el congelamiento del precio del tipo de cambio oficial y de las tarifas públicas. Es decir, anunció su atraso presente, y su aumento futuro. Impulsó un incremento del gasto público con bonos salariales y jubilatorios, al tiempo que “invitaba” al sector privado a imitarlo. Y autorizó dudosas maniobras en los acuerdos salariales de algunos sectores, para reducir el impuesto a las ganancias en forma retroactiva, de un grupo menor de trabajadores de relativamente altos ingresos.
Pero claro, toda medida de expansión del gasto en pesos, en el actual marco de desancle de expectativas, termina presionando sobre los mercados libres del dólar, aumentando la brecha y, por ende, incrementando tanto la tasa de inflación como las expectativas de evolución de dicha tasa en el futuro cercano.
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Y entonces, para tratar de evitar que aumente la brecha, el candidato, ya liberado de su papel de ministro y de las escasas restricciones que le imponía hasta el desembolso del mes pasado el acuerdo con el Fondo, decidió volcar dólares del Banco Central, en los mercados alternativos de manera de fijar también la brecha.
Pero sin dólares en las reservas, la única forma de obtener dólares para intervenir en los mercados del dólar libre, es alentando la liquidación de exportaciones y postergando el pago de importaciones.
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De allí nació el dólar soja cuatro, con un mecanismo en dónde los exportadores pueden disponer de una parte de los dólares que ingresan, mejorando así el precio interno de la soja, para incentivar a los productores a liquidar, mientras sigue difiriendo el pago de importaciones, con distintos artilugios regulatorios.
Es decir, el candidato sigue acumulando deuda con importadores, de la que tendrá que hacerse cargo el próximo gobierno, y usa los dólares que le ingresan por exportaciones para intervenir en el mercado de los dólares libres, en la brecha.
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El candidato pretende desandar la medida del 14 de agosto que tomó el ministro, algo así como “devalué para que el Fondo me mande la guita para pagarle, y ahora que la tengo, doy vuelta la devaluación real, mejorando salarios jubilaciones y frenando la brecha”.
Pero, como anticipé más arriba, este es un juego muy peligroso, para el propio candidato.
Porque como todos saben que no es sostenible en el tiempo, los que puedan se van a ir anticipando al final del juego, y ese anticipo de las decisiones termina en más demanda de dólares y en más inflación antes de lo pensado.
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El ministro intentó un pseudo-ajuste cambiario sin plan, y el candidato trata de retrotraer la situación al momento previo a la devaluación.
Pero no tiene el Delorean de Volver al Futuro y, por lo tanto, corre el elevado riesgo de quedarse sin la torta de algunos dólares para una transición no traumática y sin el pan de una mejora en la situación de sus votantes.
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