Estados Unidos, 250 años después

La democracia más influyente del mundo conmemoró su independencia en medio de dudas profundas sobre su identidad y su papel global

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Festejos por el 250° aniversario de la independencia de Estados Unidos
Festejos por el 250° aniversario de la independencia de Estados Unidos

Pocas veces una potencia celebra un aniversario tan importante mientras duda de sí misma. Estados Unidos cumple 250 años como la democracia más influyente del mundo en medio de una profunda discusión sobre su identidad, su papel internacional y el significado de los principios sobre los que fue fundado.

Lo que se firmó en 1776 no fue solo la independencia de trece colonias, sino una apuesta filosófica: demostrar que un pueblo podía gobernarse sin rey, que la legitimidad del poder provenía del consentimiento de los gobernados y que la libertad individual podía convertirse en el principio organizador de un Estado.

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Dos siglos y medio después, esa apuesta sigue en pie. Pero llega a su aniversario más dividido que unido.

Paradójicamente, el país que convirtió la alternancia democrática en una de sus mayores fortalezas atraviesa uno de los momentos de mayor polarización política desde la Guerra Civil. La desconfianza hacia las instituciones crece, los partidos parecen hablar idiomas distintos y buena parte de los estadounidenses ya no discrepa únicamente sobre cómo gobernar el país, sino sobre qué significa ser estadounidense.

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No es la primera vez que Estados Unidos atraviesa una crisis de identidad. Tampoco será la última.

En realidad, la historia estadounidense puede leerse como una sucesión de tensiones entre principios igualmente fundacionales. Lo extraordinario no es que esas diferencias hayan existido, sino que durante dos siglos y medio el sistema político logró absorberlas, transformarlas en instituciones y evitar —con la excepción de la Guerra Civil— que derivaran en una ruptura del sistema constitucional construido por sus fundadores. La gran incógnita es si ese mecanismo sigue funcionando.

George Washington advertía sobre el peligro de las “alianzas enredosas” y proponía una república prudente, concentrada en sus propios intereses. Apenas un siglo después, Theodore Roosevelt inauguraba una etapa completamente distinta, convencido de que la seguridad estadounidense exigía intervenir activamente más allá de sus fronteras. Esa discusión nunca desapareció. Solo cambió de escenario. Hoy reaparece en los debates sobre Ucrania, Irán, el Medio Oriente y el papel que Washington debe desempeñar frente al ascenso de China.

La economía tampoco escapó a esas tensiones fundacionales.

Benjamin Franklin imaginaba una nación abierta al comercio internacional. Alexander Hamilton, en cambio, entendía que ningún país podía convertirse en potencia sin proteger primero su industria. Durante décadas pareció imponerse el consenso librecambista construido después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la competencia estratégica con China devolvió al centro de la escena políticas industriales, subsidios, aranceles y controles tecnológicos que recuerdan mucho más al pensamiento de Hamilton que al mundo globalizado de fines del siglo XX.

Quizás la tensión más profunda sea la tercera, porque atraviesa la vida cotidiana de los estadounidenses.

Thomas Jefferson concibió una república fundada sobre la expansión de las libertades individuales. John Adams desconfiaba de que la democracia pudiera sostenerse sin instituciones fuertes capaces de contener las pasiones populares. Dos siglos y medio después, esa diferencia filosófica sigue viva detrás de prácticamente todas las discusiones contemporáneas: inmigración, aborto, libertad de expresión, control de armas, educación o el papel del Estado en la sociedad.

Son debates modernos con raíces del siglo XVIII.

Precisamente por eso resulta un error interpretar la polarización actual únicamente como una consecuencia de Donald Trump o del Partido Demócrata. Ambos son, en buena medida, síntomas de fracturas mucho más antiguas. La política estadounidense siempre convivió con tensiones profundas; lo novedoso es que hoy esas diferencias ya no encuentran espacios de síntesis.

La influencia de aquella revolución, además, nunca quedó confinada a Norteamérica. Su lenguaje sobre soberanía popular, división de poderes y derechos individuales cruzó el Atlántico, alimentó a la Revolución Francesa y terminó inspirando buena parte de los procesos de independencia latinoamericanos. De algún modo, las repúblicas americanas que nacieron durante el siglo XIX también son herederas de aquella experiencia iniciada en Filadelfia.

Sin embargo, el mayor desafío que enfrenta Estados Unidos probablemente no sea interno.

Durante buena parte del siglo XX, el atractivo del modelo estadounidense era evidente. Democracia liberal, economía de mercado e innovación tecnológica parecían reforzarse mutuamente. El colapso de la Unión Soviética reforzó la sensación de que la historia había resuelto definitivamente esa competencia.

Hoy esa certeza ya no parece tan indiscutible.

China ya no representa únicamente un rival económico. Ofrece un modelo alternativo de organización política basado en un Estado fuerte, planificación estratégica, control tecnológico y estabilidad sin liberalismo político. Por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, una parte importante del mundo observa dos caminos distintos hacia el desarrollo.

La competencia ya no es únicamente por el liderazgo económico o militar. También es una disputa entre modelos de organización política, económica y tecnológica.

Al mismo tiempo, la inteligencia artificial promete transformar la economía con una velocidad desconocida. La concentración del poder económico y tecnológico en un reducido grupo de empresas plantea preguntas que los Padres Fundadores jamás pudieron imaginar. ¿Qué ocurre cuando corporaciones privadas acumulan información, desarrollo tecnológico e influencia comparables a las de muchos Estados? ¿Puede una democracia liberal preservar el equilibrio institucional pensado para un mundo donde ese poder simplemente no existía?

Es allí donde el aniversario adquiere una dimensión mucho más amplia que la historia estadounidense. Porque, guste o no, buena parte del orden internacional construido después de 1945 sigue descansando sobre la estabilidad política de Estados Unidos. Cada crisis de confianza en Washington repercute, con distinta intensidad, en Europa, en el Medio Oriente, en el Indo-Pacífico y también en América Latina.

En ese sentido, lo que ocurra en Washington excede a los propios estadounidenses. La capacidad de Estados Unidos para sostener sus instituciones y renovar el consenso sobre el que construyó su liderazgo también incidirá en la cohesión de Occidente y en la fortaleza de las democracias liberales frente a modelos autoritarios cada vez más competitivos.

La gran pregunta de los próximos años ya no será únicamente si Estados Unidos conserva la primacía internacional, sino si la democracia liberal seguirá demostrando que constituye el modelo político más eficaz y atractivo frente a alternativas autoritarias que ofrecen crecimiento, estabilidad y planificación estratégica a cambio de mayores niveles de control estatal.

Hace 250 años, Estados Unidos desafió al imperio más poderoso del mundo proponiendo una idea revolucionaria: que la libertad podía organizar una nación mejor que cualquier monarquía.

Hoy el desafío es diferente. No consiste en demostrar que una democracia puede sobrevivir. Esa prueba ya fue superada. El verdadero interrogante es si ese mismo modelo conserva la capacidad de adaptarse a una nueva revolución tecnológica, competir con potencias autoritarias y seguir ofreciendo respuestas convincentes para el siglo XXI.

Durante los últimos dos siglos y medio, Estados Unidos escribió buena parte de la historia del sistema internacional. El resto, seguiremos observando cómo escribe su próximo capítulo.