
¿A qué se destinarían los impuestos si los contribuyentes pudiéramos elegir exactamente cuáles son las prioridades?
Podríamos decir, casi con total certeza, que los destinarían a aquellas áreas que más les preocupan: salud, seguridad y educación. Mas fácil aun es predecir a dónde jamás destinarán el fruto de su trabajo: burocracia, corrupción y un sinfín de gastos innecesarios que, hoy por hoy, nuestro ostentoso Estado realiza como si los niveles de pobreza no estuvieran por las nubes.
Vaya donde vaya, cuando hago esta pregunta, son muchísimas las personas que responden que de existir un sistema de mecenazgo educativo, elegirían destinar un gran porcentaje de sus impuestos a la mejora del sistema educativo. Hoy ya existen en la ciudad leyes de mecenazgo que permiten a empresas hacer aportes directos al desarrollo de la cultura y el deporte a cambio de exenciones impositivas. Es una situación en la que ambas partes salen beneficiadas, por un lado los ciudadanos cuentan con una mayor libertad a la hora de elegir a dónde van sus impuestos. Y por el otro, la cultura recibe un mayor presupuesto sin aumentar la presión fiscal de los ciudadanos.
A siete años de que se aprobara el proyecto de mecenazgo cultural, la política le sigue escapando a la posibilidad de hacer lo mismo con nuestra educación. Mientras tanto, nuestro sistema educativo pierde la posibilidad de aumentar su presupuesto notablemente, condenando a nuestros jóvenes, sobre todo a los provenientes de familias vulnerables, a una educación que cada día se aleja más de sus necesidades. Como consecuencia, estos estudiantes siguen habitando escuelas con problemas que van desde la precaria infraestructura y falta de tecnología, a la carencia de un equipo profesional de psicopedagogos y asistentes sociales que puedan brindar a estos chicos un acompañamiento transversal. Todas problemáticas que podrían mejorar notablemente con un aumento significativo en el presupuesto sumado a una administración inteligente.
Para tener una mayor noción del impacto real que puede tener este tipo de relaciones entre el sector público y el sector privado, solo en 2022 se recaudó a través del mecenazgo cultural $1.859 millones, destinados a financiar 1.158 proyectos culturales. Un año antes, se otorgaron un total de $1.259.653.884 correspondientes a 1363 proyectos culturales. Esto representó un 13% del total del presupuesto del Ministerio de Cultura de CABA de aquel año. ¿Se imaginan esos números trasladados a proyectos educativos orientados a los chicos que menos tienen? El mecenazgo educativo podría verdaderamente transformar nuestro sistema educativo y con él, la vida de cientos de miles de jóvenes que hoy están marginados ante la incapacidad del Estado.
Los ejemplos en el mundo sobran, y ni siquiera hay que ir muy lejos. En Uruguay por ejemplo, funciona hace ya varios años el Liceo Impulso. Una escuela no arancelada para sus estudiantes, pero de gestión privada. Impulso se financia con el aporte de varios particulares y empresas, y se ubica en Casavalle, un barrio marginado en el cual el porcentaje de chicos que terminaba el secundario era menor al 1%. Hoy, gracias a este gran esfuerzo de la Fundación Impulso, esta realidad está cambiando, sus alumnos no solo se egresan sino que además el rendimiento y nivel de enseñanza es comparable con las más prestigiosas instituciones del país.
Todo el tiempo escuchamos que los recursos públicos no alcanzan, que se necesita mayor infraestructura, mejor capacitación docente, salarios más altos, más tecnología y estoy de acuerdo. Pero para no cubrir estas necesidades, los gobiernos se escudan en que esto requeriría aumentar los impuestos. Aprobar una Ley de Mecenazgo Educativo, permitiría aumentar el presupuesto educativo considerablemente, sin que esto represente una mayor presión fiscal en los porteños. Con mecenazgo educativo ganamos todos.
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