
Las PASO en los años de elecciones presidenciales suelen ser una fuente de sorpresas. En 2019, nadie esperaba que la distancia entre los votos de Alberto Fernández, que alcanzaron un 47,19 % del total de ellos y los de Mauricio Macri, que sumaron el 31,80 % del total de los sufragios válidos, fuera tan grande. Ese resultado fue un cataclismo político. Aunque Macri no se amilanó y realizó una excelente campaña que le permitió arribar al 40,28%, la suerte estaba echada: un presidente títere llegaba a la Casa rosada con el 48,24 %. de los votos, arropado por fanáticos y por ingenuos que pensaron que venía un moderado que haría un kirchnerismo de buenos modales.
No menos impactante fue el resultado de las PASO del domingo pasado. Se suponía que Javier Milei haría una buena elección, pero nadie imaginaba que pudiera superar el 30% de los votos, sobre todo luego de que los candidatos a los que apoyó en las elecciones provinciales previas habían obtenido una magra cosecha. Ello sin perjuicio que no podemos soslayar que aquellas elecciones responden siempre a realidades locales.
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Las cifras de estas PASO constituyen un punto de inflexión en el escenario político tal como lo conocimos en los últimos años. La Argentina era hasta ahora una rara avis en Latinoamérica. A diferencia de otros países de la región, que gozan de una envidiable estabilidad económica pero viven sumidos en la inestabilidad política (Perú es el ejemplo emblemático), nuestro país no logra superar la alta inflación y otros desequilibrios macroeconómicos recurrentes, pero tiene cierta estabilidad en el terreno político, con dos coaliciones protagónicas y con presidentes que, por lo menos en las formas, podían cumplir sus mandatos normalmente.
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El sorprendente triunfo de Milei abre un signo de interrogación en cuanto a la permanencia y solidez de ese panorama. Su eventual llegada a la presidencia (un hecho improbable hasta el domingo y ahora posible) estaría marcada, más allá de la vocinglería del candidato, por una fuerte vulnerabilidad. Milei empieza y termina en él. No tiene detrás un partido ni otros puntos de apoyo en la compleja dinámica del poder. Sus legisladores serían muy minoritarios en ambas Cámaras. Por lo demás, todo su “encanto” para quienes lo votaron radica en un discurso simplista e intransigente, que apunta como enemigos a todos los demás sectores políticos, a los que descalifica sin matices como “casta”, de la misma que él y sus precandidatos electorales vienen participando hace tiempo.
En ese contexto, le sería muy costoso para su imagen aceptar negociar con aquellos. De ahí que, si fuera presidente, tendría muchos incentivos para sortear los procedimientos parlamentarios y gobernar de un modo decisionista, al margen de las previsiones constitucionales, ¿Un Fujimori argentino?
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El voto de Milei es heterogéneo: una parte es ideológico, pero otra (acaso la más importante) se explica porque canaliza a través de él la frustración de muchos años. Es un voto de indignación y en algunos casos un voto antisistema, al que no le preocupan las formas de la democracia republicana. Es probable que muchos de los que sufragaron por Milei coincidan bastante poco con el liberalismo económico extremo del ex asesor de Daniel Scioli. Están enojados. Su voto es profundamente emocional. Como tal, es difícil que sea una adhesión fiel. En definitiva, aunque hablemos de triunfos y derrotas, las PASO son solo un método de selección y no de elección de candidatos. No se eligió ningún cargo nacional. Es más bien una gran encuesta a cielo abierto, que permite dar rienda suelta a las emociones más que en aquellas elecciones que definen cargos públicos.

El caudal de Juntos por el Cambio fue menor al esperado. Sin embargo, debe destacarse la clara victoria de Patricia Bullrich. Ella será ahora la encargada de representar a toda la coalición. Tiene las condiciones para hacerlo: talento, experiencia y coraje. Tiene también detrás partidos con dirigentes muy valiosos y equipos idóneos. Y una coalición que ya lleva ocho años de rodaje y que atravesó incólume varias situaciones adversas. La unidad está garantizada.
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A medida que se acerque la hora de las definiciones en serio, lo emocional cederá paso en el electorado a lo racional. Juntos por el Cambio es hoy la única herramienta para lograr un cambio verdadero, realizable, que no se quede en la enunciación de consignas. Y que sea un cambio en democracia, con sentido republicano, sin personalismos mesiánicos ni desprecio por las instituciones.
El kirchnerismo está en su hora crepuscular. La sociedad ha castigado sus pésimos gobiernos. Pero no se debería subestimar su vocación de usar en su provecho los recursos más deleznables y de obstruir cualquier iniciativa de otro signo político. Por tal razón, si las PASO en las que sólo votó el 69 % del electorado fueron un grito de bronca, las elecciones del 22 de octubre deben ser el momento de construir una mayoría que pueda afrontar con determinación los graves problemas de la Argentina.
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Solo Juntos por el Cambio está en condiciones de hacerlo. Los gritos y los gestos destemplados a menudo esconden una notable debilidad. El cambio debe ser en serio, sólido y permanente. Sin gobernabilidad no habrá cambio posible, sino tan solo una nueva y dolorosa frustración.
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