
Desde una perspectiva económica, el enfoque prevaleciente sobre el rol empresarial se ha desarrollado en torno al sujeto o agente que identifica una demanda efectiva -actual o potencial- insatisfecha por parte de consumidores o usuarios, y tiene la capacidad de organizar de manera institucional la oferta de factores productivos para satisfacerla.
Estos factores son el capital en sus diferentes formas (entre ellas la naturaleza y el conocimiento) y el trabajo con sus diversas capacidades, que incluyen también el conocimiento (así mismo se lo puede incorporar alternativamente -como se viene de mencionar- dentro de la categoría de “capital humano”), según la óptica que se adopte.
Este agente empresarial, al aplicar tecnología de manera eficiente y eficaz, combina los factores de producción. Para ello, debe seleccionar y remunerar adecuadamente dichos factores, cuidarlos, reponerlos y fomentar su mejora en términos de calificación.
Además, en lo posible y deseablemente, debe buscar incrementarlos si la oferta adicional resultante tiene la posibilidad de ser absorbida por la demanda. Todo esto ocurre dentro de un proceso de creación o agregado de valor en forma de bienes o servicios (en cantidad, calidad y precios competitivos) y que -para algunos- solo se trata de creación de utilidad.
En el contexto de un sistema capitalista basado en la propiedad privada, el énfasis recae en el factor capital y se busca principalmente maximizar el excedente económico o lucro para los propietarios. No obstante, es importante señalar que a lo largo de la historia han surgido otras experiencias y enfoques alternativos.
Al respecto cabe destacar la figura de Robert Owen, empresario y reformador británico que llevó a la práctica en 1800 sus ideas reformistas en su fábrica de New Lanark (Escocia) y luego en las colonias de New Harmony en Estados Unidos y de Harmony Hall en Gran Bretaña. Según Karl Polanyi, Owen “fue el único capaz de discernir, tras el velo de la economía de mercado, la realidad a punto de nacer: la sociedad, aunque sus puntos de vista fueron olvidados durante un siglo”.
Tres pilares
Desde una perspectiva contemporánea de la administración, los enfoques sobre el rol empresarial son diversos, aunque en general confluyen en lo que Henry Mintzberg considera los ineludibles enigmas de la gestión. Para afrontarlos, propone tomar en cuenta tres aspectos primordiales: la información, las personas y la acción.
Mientras que, en la esfera de la información, los administradores reúnen y difunden datos para brindar apoyo a su equipo y facilitar la toma de decisiones, en el plano de las personas, lideran a los miembros del equipo para que funcionen de manera más efectiva y establecen conexiones con personas externas en beneficio de la organización.

En el campo de la acción, los gerentes hacen y negocian. Esto significa que, hacer en lo interno supone involucrarse en proyectos y manejar problemas, mientras que externamente, implica realizar acuerdos con personas ajenas, como proveedores, financiadores y socios.
La complejidad de cada uno de estos aspectos y la necesaria comprensión de los dilemas de la gestión conducen al interrogante acerca de cómo planificar, elaborar estrategias y pensar hacia el futuro. Se trata de un ámbito en el que pueden tener cabida las buenas prácticas de gestión.
Respecto de esto último cabe destacar que, desde mediados del siglo XIX, surgen una serie de iniciativas que exceden la búsqueda de la máxima ganancia, en especial la de corto plazo.
Se pueden mencionar las que postulan las mejores prácticas de la calidad como es el caso de las normas ISO (posteriormente las del modelo EFQM), y en EEUU el enfoque de la “responsabilidad social empresaria”.
Al respecto la Comisión Europea utilizó esta expresión, para involucrar a los empresarios en una estrategia de empleo generadora de mayor cohesión social frente a problemas como el desempleo de larga duración y la exclusión social que esto implica.
Posteriormente, en 1999, el secretario general de la ONU durante el Foro Económico Mundial de Davos pidió al mercado mundial la adopción de valores con rostro humano, y hasta el presente hubo avances en esta dirección, aunque en muchos casos predomina la brecha entre el propósito declarado y las acciones tangibles para lograr resultados significativos.
Existen también valiosas experiencias como las empresas B o de triple impacto, las del movimiento de economía de comunión, las de la economía del bien común, o las resultantes del ecologismo y del cooperativismo. En este último caso, sobresalen algunas prácticas como las del grupo Mondragón en España, o en Argentina las de diversas cooperativas nucleadas en la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA).
El rol del cooperativismo
Para vincular los dilemas de la gestión, antes mencionados, y las estrategias para pensar en un futuro sostenible, ACA a través de la Fundación Nodos, impulsó y acompañó el desarrollo de prácticas de gestión que ilustran un tipo de respuestas posibles, inteligentes y eficaces frente a los desafíos del sector.
Estas prácticas, desarrolladas especialmente por 16 cooperativas, se estructuran en base a diversos ejes temáticos y se pueden diferenciar según su orientación y énfasis en los aspectos siguientes:
• La eficacia de la gobernanza y la relación con el ecosistema cooperativo;
• La gestión ambiental y la estrategia de innovación y mejora continua;
• El desarrollo de comunidades;
• Los nuevos negocios, la gestión de personas y equipos y la gestión comercial de asociados y clientes.
De lo anterior se desprende la posibilidad de implementar estrategias de cocreación de valor, entendidas como una palanca de competitividad que amplía las fronteras de la innovación en su búsqueda de nuevas fuentes y modalidades de eficacia.
Los distintos cambios tecnológicos, en particular en el sector agropecuario, también implican a distintas partes interesadas, con un mayor poder sobre el proceso de creación de valor. Sus necesidades y sus demandas se han convertido en muchas de estas experiencias en generadoras de ideas de las buenas prácticas empresariales.
Por ello se destaca la importancia que resulta de un ecosistema favorable, donde se estimula el emprender, la innovación, la formación continua y el trabajo en equipo.
Más allá de las experiencias individuales, las diferentes políticas públicas -en particular la política económica y la educativa- deberían contribuir en este terreno, por lo que sería deseable que las normativas y acciones desde el Estado se articulen virtuosamente con estas iniciativas.
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