
A mí se me hace cuento que nació Gildo Insfrán: lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.
Es en gran medida la idea de eternidad en la figura de Gildo Insfrán, de modo que bien vale arruinar apenas el poema de Borges para tener el valor histórico del gobernador, protector, restaurador y benefactor de la provincia de Formosa.
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Mi entusiasmo es grande: en nuestro país, sitio de Hispanoamérica cuya extensión es la octava en dimensión- enorme-, se dan crisis permanentes, existe la estupidez o la mala fe de los líderes, los ciudadanos promedio en baja ostensible de inteligencia y comprensión. Se estima que un argentino de generaciones recientes alcanza un vocabulario de cincuenta palabras, sobreviene una asfixiante inestabilidad y miedo al futuro fundamentado en el presente, una manera de vivir difícil de sostener. Allá donde te encuentres trabajando, estás tú y todo es equilibrio y sabiduría.
No es que sea un país que está del todo yermo en material humano: el Papa, Messi, Milstein, Leloir, el ya citado y ultrajado Borges de las primeras líneas, pero la diaria, la general, es descorazonadora, no se hace pie. Miles de leyes incumplidas como sistema hace a la Argentina en esa zona sea un país ilegal, donde todo se puede, la trampa se aplaude y los niños ya no quieren ser bomberos, policías, princesas, médicos, héroes del deporte: si se les pregunta el viejo ‘qué querés ser cuándo seas grande’, sin revelarlo piensan “corrupto”. Se ha construido una nueva exploración vocacional: no se debe ser un buen oficio en lo que se haya, no es necesario estudiar, leer, investigar, crear. Ojo: no hay inconveniente en hacer todo eso, pero lo importante es la oportunidad de corromperse y forrarse para sí y sus descendientes.
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Solo tú, Gildo-disculpen la campechanía- permites dar ese asunto por descontado –al menos dicen los criticones que nunca faltan- un ejemplo para emplear tu método, cuya regla central consiste en que ganes siempre y nadie tenga que sobresaltarse. Brillante.
Porque, Gildo, en el enredo de constituciones y papeleos que impidieron presentarse Uñac, en San Juan, y el simpatiquísimo médico Manzur en Tucumán: tarjeta roja mira tú. Agacharon el lomo, no patalearon- mira si te hubieran desafiado a ti, Gildo, la lección que se hubieran llevado- , porque en tu monarquía democrática rige una Constitución que autoriza a presentarse como gobernador cuantas veces puedan decidirlo. Qué genio, Gildo, todo previsto, todo perfecto. Así se gobierna. Con perdurabilidad, con la realización de obras que beneficien a los habitantes y mejoren sus condiciones. Haz empezado ya hace tanto tiempo, Gildo, por los módulos de hábitat, unas bonitas madrigueras con techo de plástico negro y un baño, con la determinación de no otorgarles a quienes reciben el beneficio escritura ni documento que se asemeja a una propiedad. Muy bien, Gildo: los hombres son buenos, pero si se los vigila son mejores. Aprendan.
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Es de una gran belleza y un faro de serenidad, ahora que la elección decisiva se acerca no podemos saber qué ocurrirá con el país, con nosotros, pero tenemos la certeza de que tú, Gildo, estarás. Por algo el presidente ha dicho que tú, Gildo, eres la encarnación del gobernador ideal. Tomen, critiquen. Tú, firme.

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Es probable que tu constancia y entrega provenga de tus años en la facultad de veterinaria, con la disciplina del conocimiento y el esfuerzo de la aprobación. No consta- no se sabe- si ejerció por el llamado de la política, aunque puede ser, tanto de animales chicos como de animales grandes. Como con toda justicia hay muchos animales grandes, casi todas de tu propiedad, como corresponde al pueblo alborozado, será ocuparse de la sanidad de las haciendas. Un ser múltiple, grandioso. Poco a poco los que se ocupaban del campo optaron por la capital de la provincia, donde observan tu generosidad: el 70% de los empleos provinciales son dentro del estado, en tu regazo cálido, Gildo: te quedarán todos para siempre. Hay algunos jóvenes que dejan la querencia, y casi todos se convierten en gendarmes, La bravía Fuerza cuenta con una cantidad llamativa de formoseños. Se la debe a ti, Gildo.
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Con realismo formidable has enfocado la cuestión de los pobladores originarios, cuyo estado y subsistencia es muy difícil y en condiciones espantosas - ¡mienten!-: te has dado cuenta con gran perspicacia que lo que ocurre es que no quieren trabajar y acceder a la modernidad en lugar de ocuparse de la caza y de la pesca. Todo hay que decirlo, ¿no, Gildo?
Queda pues el reconocimiento y la tarea, Gildo. ¿Se trata de la provincia con mayor analfabetismo? Calumnias, seguro. Aunque se evita leer demasiado porque altera la mente, como le pasó a Quijano para autopercibirse Quijote, por tanto libraco.
Los hombres providenciales como tú, Gildo, iluminan a los pueblos felices.
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