
Los chaqueños realizaron una marcha tan masiva como conmovedora en Resistencia pidiendo verdad y justicia por Cecilia. Si bien el cuerpo aun no aparece, los amigos y familiares de la víctima dicen saber que este femicidio fue perpetrado por el hijo de Emereciano Sena, el dirigente social sostenido por el oficialismo chaqueño que pasó de albañil a millonario de manera intempestiva.
Más allá de la fatalidad inenarrable y del dolor de esa madre que trata de decir lo inexplicable del dolor por la desaparición de una hija, hay muchas preguntas que la sociedad argentina no logra responder. Es un caso que, según algunos, recuerda mucho al de María Soledad Morales en Catamarca. Sin embargo tiene, a mi juicio, algunos ribetes aún más macabros.
La noche de la marcha, las remeras decían «Verdad y Justicia para Cecilia». Verdad y justicia son términos utilizados generalmente en relación con los crímenes de lesa humanidad. Quizá el caso de Cecilia sea un delito de lesa humanidad porque daña a la humanidad en su conjunto por lo aberrante que pareciera ser y por que está agravado por haber sido contra una mujer por el hecho de ser mujer y, según parece, por saber.
Mujer y saber parecen, entonces, ser los motivos por los que el hijo del poder del Chaco, cuyo padre es apañado por el gobernador Capitanich, torturaron y asesinaron a una mujer. Mujer y saber son también los motivos por los que ni el gobernador de la provincia, ni la defensoría de la mujer, ni la de derechos humanos, ni los colectivos feministas más altisonantes, han dicho una sola palabra. Lo más angustiante de este crimen es que, a diferencia del de María Soledad, las oficinas supuestamente progresistas que velan por los derechos de la humanidad, y de las mujeres en particular, callan. Ese silencio ensordecedor del poder, acaso incluso del Presidente de la Nación, duele. Es darle una muerte más a Cecilia, la muerte sobre la que los que tienen responsabilidades de gobierno no se pueden o no se quieren pronunciar.
¿Por qué escribir sobre Cecilia? Más allá del caso singular y del abrazo infinito a los amigos y los familiares, con estas palabras quiero decir que Cecilia somos todas las mujeres que sabemos que no queremos un país en el que el silencio o la palabra sean monopolizadas por el poder de turno. Cecilia somos todas las mujeres que necesitamos hablar más allá de que nuestra palabra lastime a algún poderoso. Cecilia somos todas las mujeres que queremos un país decente, un país en el que las mafias no estén enquistadas en el poder, que los delincuentes y asesinos no gobiernen las provincias, que nuestro país sea igualitario y que no existan provincias feudales.
Esto es posible, si y sólo si, se cumple lo que pedían en la marcha pacífica de Resistencia: que haya verdad y justicia. Hace ya muchos años que convivimos con el engaño y la mentira, con la corrupción y la complicidad, con la injusticia y el dolor. Es urgente que el grito por Cecilia nos convoque para decir las palabras que siguen al pedido de los familiares: Nunca más.
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