
Nuestra patria, entre tantas peculiaridades, tiene dos fechas asociadas a la libertad. Tal vez sea la mejor demostración de que ella no es una estación de llegada sino un viaje, un trabajo permanentemente en progreso.
Tradicionalmente -y la escuela del siglo XX tuvo mucho que ver en esto-, el 25 de Mayo es un punto de encuentro nacional, una “excusa” para la unidad, para incluir y compartir, para que todos se sientan a bordo, desde el vocal de la Primera Junta hasta el mazamorrero.
Lamentablemente eso ya no es así. El kirchnerismo -como todo populismo- intenta apropiarse de los logros y valores de todos los argentinos, desde las gestas de la independencia hasta los goles de Maradona. Su fórmula es sencilla: lo que provocó alegría y bienestar es nuestro, y a los que no comulgan con nuestras ideas y valores los demonizan, los asociamos a los peores horrores de nuestra historia. Así han hecho cada 25 de Mayo y cada 9 de Julio. Quieren terminar con el país que se jactó de ser crisol. En realidad, los que declaman inclusión quieren teñir la realidad con un único color y bajar del barco al que no tiene al día el pasaporte K.
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Así vuelven a hacerlo hoy, en un acto infame y sectario, dándole la espalda a este presente del que han sido sus modeladores. No asumen responsabilidad alguna en cuanto al aumento de la pobreza, a la inseguridad desatada, de la pérdida de control de sectores del territorio por parte del Estado argentino, de las escuelas que no logran enseñar a leer y a escribir, de las prestaciones de salud cada día más deficitarias, de la indigencia incomprensible al mismo tiempo del persistente ataque a la productores de alimentos, de la administración pública convertida en aguantadero militante, de la inflación que se comen el esfuerzo de todos los argentinos.

Este mayo tiene varias cosas en común con aquel. En definitiva, los habitantes de este lugar necesitan más ciudadanía, integrarse al mundo libre y dejar atrás dogmas que solo se sostienen en la aldea colonial. Anhelan prosperidad, poder sostener un objetivo, ver crecer a sus familias sin la sentencia de la separación forzada de los hijos; vivir en un país normal, una sociedad horizontal, donde cada uno pueda ser el artífice de su propio destino y que ningún virrey cambie la suerte de un plumazo.
Sabemos cómo hacerlo porque la receta ya funcionó. Volver al orden -ingrediente indispensable de la libertad-, a la efectiva presencia del Estado inteligente y moderno, al cumplimiento de la ley, a la defensa de los que crean trabajo y de los que trabajan. Necesitamos volver a ser la Nación que los jóvenes elegían para arraigarse. Este modelo kirchnerista decadente, los está obligando a mudar su proyecto vital, paradójicamente, a las “madres patrias”.
Son dos modelos de país absolutamente opuestos, sin vasos comunicantes, los que se ponen en juego en las elecciones de este año. Es más que importante, es decisivo abroquelar la posición del PRO como alternativa a la continuidad del populismo. Algunos se encargaron de instalar fuertemente que tener y ofrecer varios candidatos capaces de disputar las mayores responsabilidades y resolverlo democráticamente es un inconveniente. No lo es. Ya nuestros compatriotas de 1810 habían descubierto que el problema era lo que por entonces llamaban absolutismo, hoy le decimos autocracias. Es el mismo escollo, el que el espíritu del 25 nos insta a superar.
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