Las últimas tensiones en el mercado cambiario sellaron una realidad insoslayable: el esquema económico planteado por el kirchnerismo está llegando a su fin. Independientemente de las internas del gobierno y sus recientes implicancias, el rumbo de la Argentina es peligrosamente incierto.
Un dólar en valores nominales récords, la inflación que no detiene su marcha, un esquema cambiario diferencial –definido como “dólar agro”– que se encamina hacia el más rotundo fracaso-, las calles invadidas por piqueteros y delincuentes y un gobierno que no parece tener intenciones de reaccionar son la descripción de la triste decadencia argentina.
El populismo parece estar en su ocaso final, al menos en los tiempos que parecen aproximarse. El 104,3% de inflación anual parece ser la foto final de una clase política que le ha sido esquiva a las más básicas leyes económicas. Se han dilapidado cada uno de los recursos disponibles en pos de defender derechos infinitos mientras las obligaciones siempre resultaron insuficientes.
La política del pobrismo ha logrado dinamitar el futuro. Con el objetivo de sostener una bandera nacional y popular se han evaporado cada uno de los recursos que el camino presentaba: se destruyeron las jubilaciones privadas, se jubiló a todo aquel que sin merecerlo ni necesitarlo requirió un haber jubilatorio, se estatizó YPF y Aerolíneas Argentinas solo para transformarlas en grandes bolsas de empleo militante, se destruyó el superávit energético, se pulverizó el nivel educativo –el que en algún momento nos había enorgullecido–, se consumieron 175.000 millones de dólares en retenciones a las exportaciones agropecuarias, se han malgastado las relaciones con el mundo moderno defendiendo dictaduras como la que reina en Cuba, Venezuela o Nicaragua y hasta nos gobiernan funcionarios condenados por corrupción: todo esto lo hemos hecho en apenas 20 años.
Hoy la Argentina se encuentra hundida en la miseria más absoluta: 19 millones de pobres, casi 4 millones de indigentes, el 43% vive en la informalidad, los niveles de desocupación se disfrazan detrás de planes sociales que resultan imposibles de controlar, los salarios se desploman mes a mes producto de la inflación y la falta de inversión, y la deuda pública parece garantizar un cimbronazo para muchos inevitable en un futuro que parece que no tardará en llegar.
Mientras el dólar llegó a 440 pesos el país se encamina a adquirir 250 millones de billetes de 1.000 pesos en el exterior por los que pagará cerca de 32 millones de dólares. Importamos pesos que nos sobran que pagaremos con dólares que no tenemos: el desorden parece total. Además los pocos que aún no lo han hecho, hoy se están dolarizando contribuyendo a marcar el final de una moneda que ya no vale nada.
Este fin de ciclo no es más que el desenlace inevitable para un populismo agotado y rancio, cuyas consecuencias demandaran todavía más esfuerzos: está llegando el momento de pagar la cuenta de la gran fiesta que muchos no pudieron disfrutar.
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