
A la muerte de María Kodama, de 86, no solo la tristeza que me produce sino también el temor de que su valiente y constante tarea, conseguir que, como nos parece, y parece a todo el mundo, Borges vive y es leído, estudiado, revisado, asombrado y gozado, siga con su amorosa tarea.
Si existe un clásico que parece de ayer, de hoy -Borges- es por la obra de María Kodama, con quien mantuvimos una amistad de medio siglo. En el 21 se publicó “María Kodama, esclava de la libertad”, Ediciones de la Flor. Fueron largas reuniones y comidas bilaterales realmente agradables, divertidas y reveladoras. Era fantástico hablar con María. Licenciada en Letras, traductora, dueña de varias lenguas entre las que no contaba el japonés -el padre, nacido y educado en Japón juzgó más útiles otros caminos-, y estaba estudiándolo en los últimos dos años con una amiga, un profesor con sombrero (me contaba) y mucha dedicación.
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Borges y María Kodama tropezaron en la vereda al salir cada uno a sus cosas a la salida de la Facultad de Filosofía y letras, la de Viamonte. Borges se disculpó y en el mismo momento le preguntó: ”¿No quiere estudiar inglés antiguo?” Todavía podía ver. Poco, pero veía. Ella de 16. Borges al borde de los sesenta. Fue el principio de un amor definitivo aunque siempre en casas y camas separadas: ”No podría dormir con un dios griego que a la mañana tambaleara hacia el baño en calzoncillos”. Era muy divertida y muy suya, María Kodama. Formada por el padre - se separaron-, la madre una pianista brillante pero infantil y de gran atracción: “Muy parecida a Gwyneth Paltrow. Todos mis amigos estaban locos con ella”. Solo que ella estaba más en el foco de Borges y María: “No me gusta esa idea. Sos muy chica”. El padre lo aceptaba, cortés y lacónico. María fue a dar a la casa de la abuela, pía y santurrona – no es lo mismo que religiosa- : ¿ Por qué fue expulsado el ángel de mayor hermosura? No lo entiendo. Y la abuela: “Te condenas. Irás al infierno”.
Compartieron con Borges juegos poniéndonos nombres de cuentos, reían, disentíamos: “El Aleph me parece banal, Borges”. Siempre de ”usted”, por cierto, seguramente como una forma elegante de dirigirse. Borges le propuso muchas veces casarse: “¿Se imagina una tarjeta María Kodama de Borges?” “De ninguna manera, Borges. Yo no soy de nadie. Nunca me proponga aprisionar mi libertad”. “Pero María, usted es entonces esclava de la libertad” (De allí el título del libro mencionado al principio).
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Ya herido por la enfermedad, el esteta, editor y aristócrata Franco María Ricci le rogó a solas, en Parma, que aceptara: “Él no quiere otra cosa, por favor.” Y se hizo el casamiento, después de tanta resistencia al bajar la bandera de vivir en libertad.
Los años del odio
La unión consolidada de los dos, hizo el pico de odio que rechazaba, menospreciaba y calumniaba un cerco de amigos antiguos que juzgaban a Borges de su propiedad y en medida importante de su clase. Juicios, falsedades, versiones infames –como una oportunista que lo había capturado para su provecho-, tres décadas de denuncias y falsedades sin duda empujadas por los celos y el resentimiento. Al verse de verse oprimida por tanto ataque, y reconocida por su generosidad, esfuerzo, valor, inteligencia y amor que preserve ni distorsione la obra, sintió una gran liberación luego de treinta años de conflictos. Se trataba de un grado de injusticia tal que no supieron ver que iba a ser más fuerte la felicidad de los dos, la llegada a los ochenta del narrador, poeta narrador y pensador con viajes- en globo, por ejemplo- , lugares de maravilla, la gran jugada de los días que le dieron una libertad sin límites.
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El escribir María “La divisa punzó” junto Claudia Farías Gómez, no hubiera sido una sorpresa para él: Borges aborrecía a Rosas, y argumentaban de los lados muchas veces. Lo hacían con puertas cerradas, en la intimidad. De paso, no se pueda eludir la interrogación acerca de si incluía una vida sexual. Y la incluía, como creación de los dos, y con su vida común aunque no se tratara de una convivencia clásica, queda dicho. ”De otro modo no sería un matrimonio, ¿no?” Por cierto, María señalaba a Bioy como instigador mayor en el desprecio y agravio, sin excluir a María Esther Vázquez: “Siempre soñó con Borges.”
Cuando un gran médico – me consta- le dijo a Borges que ya no había mucho que hacer, él dijo de inmediato “nos vamos a Ginebra, María”. Fue su decisión. Antes, una gira enorme por Europa con presentaciones y conferencias. En España, en un sillón de hotel, alguien se hincó para decirle: “Maestro, leo siempre su obra y me emociona verlo”. ¿Ah, quién es usted? “Me llamo Mick Jagger, soy músico”. Claro, Jagger, me gusta lo que tocan los Rolling Stones. Sí, Jagger siempre fue un lector de Borges y un admirador de tiempo completo. En el film Performance, con Jagger- feroz- se alude a Borges varias veces.
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De manera, pues, que has partido: “Morir es una costumbre que sabe tener la gente”, urdió la milonga del poeta. Buenos Aires está en sombra.
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