
“La historia es un cementerio de elites”, dijo Vilfredo Pareto. La distribución del talento suele ser caprichosa. En los últimos tiempos aportamos a la humanidad un Papa -uno de los hombres más importantes del mundo-, un músico de la dimensión de Daniel Baremboin -gestor de una orquesta que integra palestinos e israelíes-, pianistas de la dimensión de Marta Argerich y deportistas dignos de admiración. Contra esos honores, no surgió entre nosotros un político que merezca respeto o que desnude la pobreza de esa frase “el pueblo tiene la dirigencia que se merece”, tan oscura como falsa, porque tiene la dirigencia que le ofrecen. Y, entre nosotros, la competencia por las cajas y los acomodos, los negociados y el enriquecimiento mal habido, el triunfo de la viveza sobre toda manifestación de talento y formación, esas miserias son las que explican nuestras dolencias. Las complicidades sustituyeron al patriotismo y a la misma solidaridad.
Insisten en inventar una concepción de los derechos humanos que imponga los diez mil desaparecidos por encima del cincuenta por ciento de empobrecidos. A los desaparecidos necesitan triplicarlos, a los empobrecidos ni siquiera los mencionan. Toda la democracia fue decadente, empobreció y endeudó, algunos por ignorancia, otros por ideología.
Intentan olvidar que la guerrilla buscó el enfrentamiento, contó con miles de héroes que entregaron sus vidas, pero tuvo una conducción tan equivocada que aun hoy se vuelve imposible visualizarlos, razón por la cual se la sustituye por los deudos, madres y abuelas que convirtieron su dolor en dignidad, mientras no pueden ni deben justificar aquella demencia. Esa guerrilla todavía nos debe una explicación, no solo por el asesinato del compañero José Rucci, sino por todas las traiciones con las que sometieron a la política y en especial al peronismo que los supo integrar. Nada justifica la agresividad de su demencia suicida.
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Los golpistas fueron los asesinos de siempre, que derrocaron todo intento democrático, que jamás dudaron de matar en nombre de sus perversos intereses. Pero en aquel 24 de Marzo, la guerrilla ponía bombas y asesinaba para convocar al golpe, a una confrontación que en su ignorancia imaginaba sería posible vencer. Reivindicaban al mundo socialista, no al peronismo. La dictadura expresaba la concepción colonial de siempre, y en su nombre asesinaba con la excusa de que todos éramos marxistas.

La dictadura y la guerrilla eran dos variantes de la antipatria, sólo la democracia expresaba los intereses populares. Ambas violencias coincidían en negar nuestro derecho a ser libres, para ellos quien no era guerrillero participaba del mundo de los opresores. Dicen treinta mil para reivindicar la violencia guerrillera por sobre el gobierno popular. Y la dictadura, dice setenta años para negar que la destrucción se inicia en el último golpe e intentan culpar al peronismo, en rigor a la legítima soberanía de los votos. Fueron diez mil los desaparecidos, y merecen tanto respeto como el pueblo empobrecido por ese mismo golpe.
En Uruguay, Pepe Mujica convirtió la violencia guerrillera y la cárcel en sabiduría democrática y aporte a la unidad nacional. Entre nosotros no quedó ningún cuadro sobreviviente que replantee aquella violencia en fuerza pacificadora. Sólo deambulan oscuros operadores que en tiempos de dictadura fueron jueces o informantes y hoy están trasvertidos en revolucionarios sin pasado, al igual que Néstor y Cristina. Insisten con la falsificación de los treinta mil, como si un dogma salvara un error histórico imperdonable, más allá de la dignidad de los caídos.
La herencia del golpe son veinte millones de empobrecidos, esto no niega el dolor de los deudos, pero instala en su verdadero lugar el daño sufrido por la invasión enemiga que aquella dictadura significó. La destrucción de la patria, defendida por los trabajadores y el gobierno legítimamente elegido, fue ejecutada en cruel coincidencia por los socialistas de un lado y los fascistas del otro. El kirchnerismo intentó desfigurar al peronismo atribuyéndole una memoria absurda donde la violencia de la guerrilla se convertía en accionar virtuoso cuando en ningún momento mereció el respeto de los sectores verdaderamente democráticos. Es indudable que la derecha es peor, claro que no por ello esta supuesta izquierda merece ocupar el lugar del movimiento popular.
Demasiados daños de aquel 24 de Marzo no han sido curados por las democracias que lo sucedieron. Que alguno haya sido peor y nos endeudara sin sentido no alcanza para encontrar méritos donde no los hay. Aquel país que ocupó la dictadura no tenía un solo subsidio -no era necesario- ni la menor inseguridad, ni deuda externa. Sólo hubo inflación, que en aquel contexto no dejaba de ser un mal menor. El neoliberalismo suele ser peor que la izquierda, que no por eso merece ser reivindicada. Desde Celestino Rodrigo que nuestra sociedad concentra la riqueza cada vez en menos manos y la codicia de los ganadores ignora las miserias a las que somete a los vencidos.
Impedir la concentración es hoy el eje de toda política que defienda a los desesperanzados sectores populares. Solo la unidad nacional nos devolverá un destino digno de ser vivido. Y esa esperanza no está todavía entre los candidatos a ser electos. Por supuesto, es lo que más lastima. Como supo decir el General, “El siglo XXI nos encontrará unidos o dominados”. Duele asumir que estamos dominados por lo peor.
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