
Una vez más, un gobierno con tres años consecutivos de desaciertos en materia de políticas y relaciones sectoriales con grupos relacionados a bajos ingresos, las oposiciones y las artes y la cultura, nos muestra un camino que no debemos repetir este año. En 2023, por si fuera poco, se cumplirán 40 años de democracia pero no hemos aprendido que no se deben gerenciar ciertos aspectos dado que solo reproducen tendencias negativas para la sociedad. La clara enseñanza del 2022 fue que pudieron gerenciar la pobreza pero no la política ni la cultura.
Hay dimensiones sociales que deben ser objeto de las relaciones sectoriales y su dinamismo y no de las gubernamentales de corto plazo o nula reacción ante el cambio continuo y acelerado de esta década. La administración no puede dar respuesta ante la innovación social.
El actual gobierno nacional, aún más que el período de Cristina y Néstor Kirchner, ha errado de manera consecuente y consistente en todas y cada una de las medidas que buscó generar consensos. Es decir, los únicos momentos de consensos temporales fueron por condiciones externas impuestas a todos los actores de la sociedad, como la época de pandemia, pero después todos los intentos de acuerdo y consenso activados desde la mesa chica del gobierno nacional fracasaron, solo fueron nuevos disensos en la agenda pública y no continúan hasta hoy, por ejemplo, el caso testigo de: la mesa del hambre urgente.
Y podemos afirmar que, en todos los casos, así de simple y de modo extenso, en tanto no hay a la fecha políticas implementadas que estén en funcionamiento y den resultados con reconocimientos de las oposiciones representadas en el Congreso de la Nación o por sectores económicos, Ongs, individuos, referentes o influencers. Nada se institucionalizó, nada del poder quedará reificado como un recuerdo feliz de esta época de gobiernos nacionales y provinciales.
Desde todos los puntos de vista y sectores que evalúan al gobierno nacional no hay más que críticas y corrimientos que muestran cómo la pérdida de los apoyos que antes daban garantías y seguridad al presidente y la vicepresidenta.
Sólo quedan como garantes del actual modelo los ultras, los que no pueden no mantener el relato salvo que corten la rama de la que se sostienen. Otros, como los casos de las últimas renuncias en el gabinete muestran el oportunismo de siempre no rindiendo de cuenta de sus actos pero retirándose a tiempo para despegarse de los pobres resultados.
Y esto queda expuesto en tres dimensiones:
1 - La pobreza se gerencia mediante partidas presupuestarias nacionales y estructuras que han superado largamente a las sindicales y partidarias. Han construido un sector social en paralelo al estatal y sindical que en muchas ocasiones cumple funciones que la administración pública delegó o no puede hacerse cargo por sus complejas magnitudes. Han demostrado que se puede administrar la pobreza, rutinizarla, y es una realidad triste pero no puede esconderse ni solaparse ante el deber ser y la ley.
Y por si fuera poco, también crearon sus nuevos gerentes que golpean la puerta de los ministerios exigiendo mejoras en las condiciones de las políticas de hambre, emergencia, pobreza extrema, para que la movilización no se les vaya de las manos y siga siendo un acto de gestión de la demanda insatisfecha. Eso gestionan, la insatisfacción y no la superación, y lo hacen de modo rutinario semana a semana con lo cual no pueden tomar por sorpresa a nadie los indicadores de pobreza e informalidad.
Esta dimensión es alarmante dado que de volverse un lugar común y parte de la vista cotidiana estaremos ante una caída social sin precedentes para la historia económica de nuestro país. No podemos habilitar la posibilidad de volver viable una vida entera predestinada y gestionada desde planes sociales salvo una desgracia o condicionamientos irremediables para una persona. Pero esto último, es un hecho excepcional que sí habilitaría a la solidaridad y políticas de bienestar para alcanzar la vida digna a pesar de los infortunios que puedan sufrirse. Hemos dado vuelta el sistema, lo excepcional se rutiniza.
2 - La otra dimensión es la política y muestra, cómo también se lo demostró al gobierno de Juntos por el Cambio, que la política no es cosa de gerentes sino de servidores públicos con timing ante la opinión pública, adecuación a humor de contexto social y capacidad de ejecución efectiva 24 x 7, en un país que se cae a pedazos día a día.
No hay tiempo para descansos, sólo tiempo para pactos o acuerdos legislativos y de gobernabilidad, eficacia en mejora de indicadores críticos y mayor calidad en políticas de asistencia pero también de promoción y sostén del trabajo formal.
El dato dramático es que en nuestro país el trabajo en blanco está literal y nominalmente frenado en sus indicadores desde los años 80 y hoy somos al menos 17 millones de habitantes más. La política no mejora las leyes de empleo pero tampoco baja la presión impositiva y sólo aumenta la cobertura en los planes de asistencia social con emisión monetaria: ¿qué puede salir mal?
3 - La dimensión de la cultura en donde hay al menos otros tres temas importantes. Primero, el querer sesgar la interpretación de los hechos históricos y culturales no dando lugar a la crítica y pluralidad de voces. La cultura es dinamismo, es ruptura, es crítica y contrasentido, no se resume en un mural, en un museo o en un texto escolar o pc y soft oficial. Hay mucho más que eso afuera y está en franco empeño por deconstruir el sentido común.
Segundo, la de querer sólo promocionar un staff de artistas politizados en desmedro de los apolíticos o los que exhiben una visión contraria a la versión de gobierno. Este punto es realmente inquietante en tanto se mezcla el arte que ante la política no puede más que doblegarse.
Recordemos que, cultura oficial o en alguna épocas la llamada alta cultura, era una actividad propia de los nacionalismos de principios del siglo pasado y ya son parte de la historia de las actitudes conservadoras, pro status quo, petrificante de valores e interpretaciones del pasado que condicionan las lecturas del presente y limitan las del futuro.
Es raro dar cuenta de esto, si quienes piensan y ejecutan políticas dicen ser progresistas. De ser esto así, poco tiene que hacer en esta materia la política y los fondos públicos y mucho más responsabilidad tiene los sectores privados o sectoriales por el sostén y la diversidad cultural.
Y el tercer punto, es el acto de querer apropiarse de hechos excepcionales como la obtención del tercer campeonato del mundo en fútbol. Esto, no sólo es de oportunistas con mal timing sino además es un forma evidente de lavado de imagen vía sportwashing que va contra toda lógica de acrecentamiento de la reputación y aprobación en un contexto de descontento social y cada vez mayor crisis de representación política. El fútbol excede al deporte, es cultura en estas tierras.
Los diferentes públicos y audiencias en cada una de los canales de comunicación y redes sociales lo comenzaron a reprobar ni bien se dieron a conocer las primeras noticias que anunciaban la posibilidad de que la política podría sacar rédito de un esfuerzo individual como parte de un equipo que no depende de los vaivenes de la argentina. La Casa Rosada no es un símbolo que los enorgullezca, es más, su éxito profesional de élite en el deporte en buena medida es gracias a su desarrollo fuera del país que se conduce desde ese lugar.
Por esto, los tres puntos anteriores muestran aspectos que no deben dejar de lado los actores del 2023 que pugnen por cargos electivos nacionales y locales y los que asuman cargos administrativos con responsabilidad y vocería política como ministros, secretarios, directores y legisladores.
Y sólo enunciamos tres, para que el período 2020-2022 no nos siga mostrando más indicadores negativos del país analizados desde la perspectiva de los ODS 2030 de Naciones Unidas. El desafío para 2023 en relación a la mejora en los indicadores de la Agenda 2030 son francamente monumentales.
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