
Mientas algunos políticos se entusiasman con establecer una moneda del Mercosur, el Presidente dice que la inflación es autoconstruida por la gente. Que la gente remarca los precios por las dudas.
No existe tal cosa como la inflación autoconstruida, existen las expectativas inflacionarias que se dan en gobiernos incompetentes que generan desbordes fiscales de tal magnitud, que derivan en emisiones monetarias que generan huida del dinero.
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Cuando Alberto Fernández habla de inflación autoconstruida no sabe que eso se llama expectativas inflacionarias, y cuando hay expectativas inflacionarias se produce la huida del dinero, la gente se saca de encima los pesos más rápidamente que en condiciones normales porque considera que mañana podrá comprar menos bienes y servicios. Esas expectativas inflacionarias se construyen a partir de la emisión de moneda que la gente no demanda.
Desde el 10 de diciembre de 2019 la expansión del circulante, tomando solo la base monetaria, fue del 236% y la inflación se ubicó en el 315%. Una parte de la inflación se explica por la emisión, otra parte por la huida del dinero y la otra por la menor oferta de bienes y servicios. Más pesos circulando, menos bienes ofrecidos y huida en la demanda de moneda es el coctel ideal para generar el agudo proceso inflacionario del cual el Presidente no quiere hacerse responsable del desborde fiscal, y parece querer decir que la culpa es de la gente que no tiene inteligencia y, equivocadamente, autoconstruye la inflación.
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De los controles de precios vía La Cámpora, AFIP, intendentes y ahora piqueteros y patota sindical, pasamos a la guerra contra la inflación y de ahí a un problema psicológico de la gente. En otras palabras, debería reemplazar a los controles de precios por psicólogos y psiquíatras según sus insólitas elucubraciones, dado que la inflación, según sus dichos, sería, algunas veces un problema bélico (“el viernes empezamos la guerra contra la inflación”), otras veces sería un problema de los que ganan mucho; y ahora tiene un origen freudiano.

Mientras tanto, surge la idea de crear una moneda del Mercosur como si tal cosa fuese “soplar y hacer botellas”.
Desde que, en 1971, cuando Richard Nixon decidió abandonar la convertibilidad del dólar al oro, todo el sistema monetario del mundo funciona en base a confianza en unos papeles que emiten los gobiernos. La gente confía o no confía en que esos papeles mantendrán su poder adquisitivo a lo largo del tiempo y, por lo tanto, los demanda o se los saca de encima rápidamente por más que tengan curso forzoso.
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El respaldo del dinero que emiten los gobiernos está dado por la calidad de las instituciones jurídicas, políticas y económicas de cada país.
Más de uno guarda dólares en una caja de seguridad en vez de pesos, aunque jamás entró al sitio de la Reserva Federal a ver qué hay respaldando cada dólar que circula por el mundo. Es solo confianza. Las personas consideran que EE.UU. puede cometer errores políticos y económicos, pero no tantos como para destruir su moneda. En otras palabras, la gente confía en que las instituciones norteamericanas le pondrán un límite a los desbordes que puedan cometerse en EE.UU. por parte de los gobiernos.
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En cambio, en Argentina, la gente no confía en el peso porque la dirigencia política ha dado acabadas muestras de su capacidad para destruir la economía y las instituciones no funcionan como dique de contención al populismo desenfrenado que solemos tener.
Proponer que el peso sea convertible al real luce un poco extravagante como idea económica. No se percibe que la gente publique sus propiedades en reales, ni guarde reales en las cajas de seguridad o los medios informen permanentemente sobre la cotización del real.
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El argentino ya eligió como moneda el dólar. Es más, cuando se estableció la convertibilidad en 1991, el peso no era la moneda, era el dólar y el peso era un simple recibo de los dólares que el BCRA le entregaría a los tenedores de esos papeles llamados pesos. Bastó que se saliera de la convertibilidad para que estallara el mercado de cambios y la gente huyera del peso hacia el dólar.
El antecedente del euro
Si se quiere copiar el euro para hacer la moneda del Mercosur, las autoridades deberían recordar que antes se firmó el tratado de Maastricht, en febrero de 1992, el cual entró en vigencia en noviembre de 1993, o sea casi dos años después, con metas económicas que debían alcanzar los países que quisieran formar parte de la moneda común, como límites de déficit fiscal, relación de deuda/PBI, tasa de inflación máxima, etc. En otros términos, establecer disciplina económica para un punto de partida homogéneo.
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Para lograr una moneda única del sur, los países deberían poner orden en sus economías, en particular Argentina, que tiene un fenomenal desborde fiscal, cuasifiscal, de regulaciones, carga impositiva, escasa integración al mundo, atraso tarifario, etc.
Todo parece indicar que algunos políticos prefieren el real como moneda de conversión porque creen que Brasil sería más flexible con el cumplimiento de las metas económicas. Es como querer elegir al profesor más bueno para rendir un examen.
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Dado que Argentina no tiene la capacidad de generar su propia moneda creíble hasta tanto no lleve adelante diversas reformas estructurales y las mantenga en el tiempo, querer impulsar una moneda común regional no tiene sentido. Y si se está dispuesto a hacer reformas estructurales, es más lógico quitarle el curso forzoso al peso y dejar que la gente determine qué moneda quiere utilizar: el peso, el real, el dólar o el euro.
Francamente parece poco serio que el Sur o como quieran llamar a la moneda del Mercosur tenga como respaldo el populismo del kirchnerismo, de Evo Morales y de Lula. No fue así como se creó el euro y no es así como se genera confianza en un pedazo de papel impreso que tiene las pretensiones de llamarse moneda.
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