El gobierno de Javier Milei dejará un país con problemas estructurales que no pueden ocultarse detrás de un dato de inflación o de un supuesto equilibrio fiscal. La estabilidad financiera es importante y necesaria, pero debe llegar al bolsillo de las familias, que hoy están siendo golpeadas por un ajuste torpe y brutal. Un país no está verdaderamente ordenado cuando las cuentas públicas cierran, pero las familias viven cada vez más endeudadas, las empresas venden menos y el empleo se deteriora. En esta línea, el presidente, cuando deje el cargo a finales de 2027, dejará 3 problemas graves:
- Un problema económico profundo. Nos quieren convencer de que la macroeconomía está ordenada, cuando la realidad cotidiana muestra otra cosa. Las empresas producen menos, los comercios venden menos y las familias consumen menos por lo que la economía no despega. La estabilidad debe ser el punto de partida de un proyecto de desarrollo, nunca su objetivo final.
- Un problema de infraestructura. Mientras el mundo invierte para ganar competitividad, la Argentina paralizó rutas, obras energéticas, infraestructura hídrica y proyectos de conectividad. No existe desarrollo sin inversión. Cada obra que se detiene representa pérdida de empleo y oportunidades que no llegan.
- El tercer problema será el trabajo. La desigualdad como punto de máxima preocupación y un interior vuelve a quedar relegado, es la real escena que nos dejan. Sin trabajo no hay movilidad social, no hay crecimiento sostenible ni posibilidad de construir un proyecto de vida. Las economías regionales, la minería, la agroindustria, el turismo, la energía y la industria necesitan reglas claras, planificación, previsibilidad y un Estado que acompañe el desarrollo en lugar de resignarse al estancamiento.
De estos tres problemas surgen, además, dos consecuencias profundas. Una gran crisis social, por el enfrentamiento constante al que nos somete el gobierno nacional. Cuando faltan oportunidades, aumentan la incertidumbre, la pobreza y la desesperanza. Una sociedad que pierde expectativas comienza a naturalizar aquello que nunca debería aceptar. Y se suma, una crisis moral. El insulto reemplazó al diálogo. La descalificación desplazó a las propuestas. La agresión pasó a ser una forma de ejercer el poder. La violencia simbólica con la soberbia constante. Se instaló la idea de que quien piensa distinto es un enemigo. Una sociedad enfrentada discute entre sí, mientras los verdaderos problemas permanecen sin resolver.
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Frente a este escenario, sería muy cómodo solo describir los problemas. Es momento de proponer soluciones. La Argentina necesita tres grandes revoluciones. Una revolución económica. Combinar orden fiscal con orden familiar. Equilibrar las cuentas públicas es imprescindible, pero también lo es recuperar el equilibrio en la vida cotidiana de las familias, que hoy están ahogadas en cuentas por pagar. Este gobierno trasladó el déficit propio a todos los argentinos, una vez más. Y la gente lo sufre en el día a día. Debemos transformar definitivamente la matriz económica del país, con un plan propio de por regiones. Generar estabilidad con crecimiento, crédito, producción y previsibilidad para quienes invierten y trabajan.
Una revolución en infraestructura. Tenemos que reactivar las obras que el país necesita, si no jamás llegará el verdadero desarrollo. Rutas, puertos, energía, conectividad. La infraestructura no tiene ideología ni partido político: es la base sobre la cual se construye cualquier nación moderna.
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Una revolución del trabajo. Necesitamos un gran programa nacional de incentivos para la creación de empleo privado, fortaleciendo a quienes producen, invierten y generan oportunidades. El futuro del país pasa por recuperar la cultura del trabajo y por convertir al sector privado en el gran motor del crecimiento. Cada región de nuestra Argentina tiene potencial para crecer. El interior argentino no puede seguir mirando con la ñata contra al vidrio. Necesitamos un gran acuerdo nacional que reúna al Estado, las provincias, los trabajadores, las universidades, los empresarios y los sectores productivos para definir un proyecto común. No propongo volver al pasado. Propongo construir una Argentina distinta. El país no puede construirse desde el insulto ni desde la revancha permanente. Necesitamos una Argentina que produzca más, que invierta más, que exporte más y que genere más trabajo. Un país donde el equilibrio fiscal conviva con el desarrollo familiar; donde la infraestructura vuelva a ser una política de Estado; donde el trabajo recupere el lugar que nunca debió perder; y donde el diálogo vuelva a imponerse sobre la confrontación.
Si este gobierno deja tres grandes problemas, nuestra responsabilidad es impulsar tres grandes revoluciones para resolverlos. Porque la verdadera discusión no es quién grita más fuerte. Hoy la verdadera discusión es quién puede hacer que los argentinos vivan mejor. Porque el futuro no se espera. El futuro se construye.
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