
Corrían los primeros días de enero de 1983 -hace exactamente cuatro décadas- cuando el último gobierno militar se acercaba a su fin y se asomaba la democracia en la Argentina. Pero, ¿cómo transcurrían aquellos días en medio de la Primavera Democrática que siguió a la derrota militar en Malvinas?
Acaso como signo de la época, una semana antes de la Navidad, una multitudinaria manifestación se había concentrado exigiendo la “aceleración de la apertura democrática”. Poco después la deshilachada dictadura convocaría a elecciones generales.
Tan sólo habían transcurrido meses desde la tragedia del Atlántico Sur. La cuestión de Malvinas seguiría ocupando a los argentinos. Pero a pesar de la humillación bélica, la Argentina había conseguido un éxito diplomático notable semanas antes, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución que instaba a la reanudación de las negociaciones sobre la soberanía de las Malvinas. El embajador argentino en la ONU era Carlos Muñiz.
Malvinas volvería a ser el centro de atención cuando, en aquellos días, Margaret Thatcher visitó sorpresivamente las islas. Mezclando el orgullo y la altanería, la premier afirmó: “somos un pueblo que no puede vivir sin libertad y justicia” y “estaremos aquí por mucho tiempo”. El canciller argentino, Juan Ramón Aguirre Lanari, protestó diciendo que la visita constituía “un acto de provocación y soberbia”.
Alborozados, los kelpers la recibieron con carteles que rezaban: “She is our Churchill”. Thatcher aceptó gustosa el homenaje. Más tarde capitalizaría políticamente el resultado de la guerra cuando fue reelecta ampliamente. Involuntariamente, el torpe gobierno militar argentino había alargado su vida política.
La política exterior conservaba centralidad. A mediados de enero, el general Reynaldo Bignone -quien había asumido la Presidencia en junio de 1982- se entrevistó con su par del Brasil Joao Figuereido en Foz de Iguazú. Bignone recibiría con agrado las palabras del Jefe de Estado brasileño, quien le aseguró que apoyaría a la Argentina en la búsqueda de una negociación por Malvinas.

En tanto, el canciller representó al país en la reunión del Bureau de Coordinación de No Alineados (NOAL) que sesionó en Managua. La reunión era preparatoria de la cumbre de jefes de Estado que tendría lugar dos meses más tarde en Nueva Delhi (India). En la sesión inaugural, en el teatro Rubén Darío de la capital nicaragüense, el líder sandinista Daniel Ortega Saavedra hizo una fuerte condena al “intervencionismo imperialista de los Estados Unidos”.
Meses antes, en Nueva York, el canciller Miguel D´Escoto se había presentado ante Nicanor Costa Méndez y le había dicho “mi país está a disposición de lo que la Argentina necesite”. Ahora le tocaba a Aguirre Lanari inaugurar la conferencia en nombre de América Latina.
En su obra “La Argentina no alineada” (2004), Marisol Saavedra señaló que el canciller argentino fue invitado a hablar en la apertura de la cumbre por considerar que nuestro país era la última “víctima de las potencias colonialistas”. Y reseñó que dentro de la Cancillería y en las FFAA no existía unanimidad respecto al rol que se debía jugar dentro de NOAL y que el propio Aguirre Lanari había viajado una vez que se entendió que no hacerlo implicaría una pérdida de apoyo de los países miembros al reclamo de soberanía.
La política doméstica, a su vez, comenzaba a adoptar el ritmo electoral. El 18 murió el ex presidente Arturo Illia. En septiembre de 1981 había fallecido Ricardo Balbín. Por su parte, quien se perfilaba como candidato por la UCR, Raúl Alfonsín realizó una gira por Europa que permitió esbozar algunos trazos de lo que sería su gobierno. El día 25, La Prensa reprodujo declaraciones formuladas en Madrid en las que afirmó: “Un gobierno democrático puede negociar... La ocupación de las islas había sido un error... Entiendo el escaso deseo británico de entregar sus ciudadanos a una dictadura...” Días después declaró en Roma su “profundo desagrado” por las últimas manifestaciones de la Primera Ministro. Sostuvo que “nuestro programa -como el de todos los argentinos- es el de seguir luchando por recuperar nuestras islas Malvinas en todos los foros internacionales. Y vamos a recuperarlas..” Pero advirtió que “lo que pasó el año pasado fue una aventura incalificable”.
La situación de los derechos humanos no estuvo ausente. En París, en el Instituto de América Latina, efectuó un balance sin concesiones de lo actuado desde 1976, y acusó la práctica repugnante de las desapariciones. En Roma, Pablo Giussani y Julia Constenla organizaron un encuentro con unos cincuenta argentinos. Alfonsín se comprometió a juzgar a los comandantes, aunque reconoció los límites de la regla de la obediencia debida.
En La Semana, el 6 de enero, James Neilson había conjeturado sobre un binomio Alfonsín-De la Rúa como “la fórmula clásica donde los dos representan corrientes distintas, atraen a grupos de simpatizantes diferentes y tienen sus propios caudales electorales”. Neilson afirmó que “De la Rúa podría serenar a los que temen que Alfonsín sea un poco demasiado izquierdista”.
Sin embargo, Alfonsín cosechó nuevos apoyos internos. El titular de la Línea Nacional (balbinismo) Juan Carlos Pugliese adhirió a su candidatura. “La interna era una tontería”, admitió tiempo más tarde en una entrevista en Redacción (septiembre de 1984) “porque si no se reconocía la avalancha que significaba Alfonsín en todo el país, entre la juventud y todos los sectores, era porque estábamos ciegos”.
Alfonsín terminaría de consolidarse como favorito cuando hábilmente supo convertirse en la contracara del Proceso. Un acierto que lo catapultaría a la Presidencia tras lograr lo que parecía imposible: derrotar al peronismo en elecciones libres.
Lo haría al encontrar un hallazgo discursivo. Encerrado en una frase sugerida por Ricardo Yofre, consistente en la denuncia de un “Pacto Sindical-Militar” que presuntamente encarnaba su contrincante del PJ, Ítalo Argentino Luder.
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