Tuve un sueño

Una noche con imágenes y voces, juramentos por la Patria y por Dios, felicidad y miedo, como una compaginación de cine sin una cronología ordenada y sucesiva

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Acampe en 9 de Julio
Militantes de la Unidad Piquetera acamparon sobre la avenida 9 de Julio, frente al Ministerio de Desarrollo Social (NA)

Una noche con muchas imágenes y voces, caras de mujeres y de hombres, caballos, juramentos por la Patria y por Dios, felicidad y miedo, como una compaginación de cine sin una cronología ordenada y sucesiva. Así son los sueños… Soñé que las muchedumbres reclamaban a menudo, desprovistos de un objetivo claro por los que las integran en las calles. Ruido, mucho ruido. Soñé gobiernos del lugar derrocados por golpes de estado militares que se llamaban revoluciones y me daban gran contento porque esos días no había que ir al colegio. Pero, a la vez, el hilo zigzagueante de la noche aportaba días de aprendizaje entusiasmado y libros, y chicas inolvidables (que he olvidado por completo).

Se veían suburbios tenebrosos y avenidas con flores azules, barrios formados por la miseria y la supervivencia, techos de plástico negro, campos de gran belleza en producción bajo cielos donde las nubes se extienden, se estiran, cambian de formas; bandadas de aves migratorias… Todo a la vez, como un barco que se mueve sin parar, pero no se hunde.

Estaban los sesenta, Onganía y el Di Tella, la Galería del Este, excitación, alegría, innovación, dictadura oscura y clerical en la misma cama tendida por la historia. Los sueños surgen de alguna parte y no tienen un guión, quedaba clarísimo. Dormí con sueños de una tierra promisoria y la llegada de los inmigrantes, con el alud de los años para arrasar con ellos por la sangre constante y las divisiones que ocuparon guerras sin fin, degolladores profesionales por el cuello y por la nuca con cuchillo mellado para mayor humillación y crueldad.

Estaba Perón. Estaba uno cuando veía votar a Cámpora y Solano Lima con un soplo premonitorio que derivaría en violencia extrema, para saltar hacia atrás en las batallas de caudillos celebrados por zambas de homenaje con música inspirada. Interior y puerto. Se veía a Perón furioso y final, las manos levantados, una frase poética con un prefacio de desencuentro trágico.

Estaba Illia tironeado de una oreja para echarlo del gobierno, y sin casa para vivir hasta que sus amigos y gente de su pueblo, en Córdoba, le compraron una. El contrabando, la muerte de Laprida después de declarar la Independencia en Tucumán, donde estaban todos quienes juraron un futuro libre y grande, sin privarse de las empanadas, el vino Carlón llegado desde España y se unían hembras y varones bajo los jazmines para que nacieran argentinos nueve meses después. Estaba Rosas, estaba Sarmiento, estaba el primer país de América Latina en erradicar el analfabetismo, aunque se presentaba de golpe la realidad de hoy con argentinitos que terminan la primaria sin saber leer ni escribir.

En el sueño participaban, desde la noche revuelta, los motochorros, los asesinos, los fanáticos, el miedo de perder la democracia y la libertad por sus tropiezos y trampas para acorralarla. El sueño trajo un sentimiento de aislamiento y cortedad mental. Se hacían nítidos que los piquetes y los campamentos donde se duerme en la calle como protesta, un bluff a repetición, se anuncian por los medios cuántos habrá ese día y por dónde evitar las banderas, los cochecitos de bebés, los firmes troscos. Cansancio porque la aguja de la pobreza y la decadencia en el idioma, la hosquedad en las calles no se detenía.

Una noche en un lugar donde se sentía que nadie gobernaba y que hay un desorden, quizá, programado, que duplica el desaliento y el abatimiento para que todo pareciera igual. En el sueño se había dejado de pensar. La gente no pensaba: obedecía a tres frases y una historia recibida que no conocía ni sabía ni leía ni aprendía porque no era necesario: dominaba un pensamiento unilateral. Ninguna idea, ninguna chispa de lucidez. Envolvía el sueño un humor ácido y brusco. En colegios buenos y públicos los alumnos se adueñaban de ellos como protesta de algo vacilante. Los profesores estaban de acuerdo. Los padres también estaban, quién sabe si confundidos por sus recuerdos de cuando Daniel Ortega era bueno, y suponen que argumentar para exigir un pebete de jamón y queso es una patriada heroica. Los padres, aún en busca de que Ortega y los demás sean héroes, en rigor, sabían que las gestas tornaron dictaduras y prefieren el Canal Gourmet con una panza cervecera como remedio para nostálgicos. Las tomas de colegio eran las de cada año, emana del sueño de una noche de primavera.

Podía verse la penuria de la inflación en minutos de pesadilla. La cara huesuda de Videla, la dictadura feroz con torturas, desapariciones, campos secretos... Las organizaciones armadas. Las explosiones, los ‘70. El sueño me hacía volar hacia el incansable ir a venir de otro mar, de otra tierra, un montón de años. Aparecían diarios del ‘50, del ‘60, con títulos como los actuales: precios, dólar, vivienda, carne, fútbol con gracia y sordidez, hinchadas capaces de matar.

Al dormir esa noche de inquietud y palpitaciones se reveló -¿tienen un significado los sueños?- en gran medida que ese caldero es la repetición de la incapacidad, la autodestrucción. Fotos iguales una y otra vez en cualquier época.

Abrí los ojos. El viento dejaba ver por las ventanas los árboles al moverse.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

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