
Mafalda dijo, como el general Perón para sus seguidores, todo lo que se podía decir de la política. El inmenso Joaquín Lavado, Quino, agotó las ironías y genialidades que pueden aplicarse a la realidad del poder argentino. Y del mundo, cómo no. Todos nos acordamos de ella pensando en falsearle la traducción de U-Thant, el secretario general de Naciones Unidas de la época, para que no hubiera guerras si algún mandamás lo peleaba o buscándole los genitales al globo terráqueo para ver si así se lo entendía mejor.
Sin embargo, Quino, que empezó su Mafalda en 1964, anticipó en 4 cuadritos de la historieta lo que es la eclosión seguida de fracaso del Frente de Todos en 2022. Las derivaciones de interpretación, casi como un Nostradamus de la creación, son inevitables. Alberto le reprocha a Cristina: “Ya que no querés que sea presidente, formemos un triunvirato y listo”. Cristina le dice: “Debo consultar con Massa”. Cuando Alberto lo hace, Massa le explica a Alberto cómo conformaría el gobierno de tres y, rápido, Alberto le dice que podrían dejarla de lado a Cristina. Enterada de todo, Cristina grita: “Qué bonito. La idea de jugar al gobierno fue mía y ahora resulta que no me dejan ser presidente”. Nada más que agregar.




La anomalía política que gobierna (?) desde 2019 no tiene la menor gracia. Mafalda es el súmmum de la creatividad. Esto, el de la mediocridad y el egoísmo. Como ya se dijo en estas crónicas, Cristina bien puede atribuirse la autoría original de un gobierno para un sistema presidencial concentrado, destituido de hecho hoy por sus jaques desde su inicio, dinamitas en el ejercicio y fulminaciones en el último revoleo de ministros y nombramientos. Golpismo interno, para los que no gusten de eufemismo.
Entre tanto ruido, algunos, y ella misma en particular, quieren desdibujar lo irrebatible: este es el gobierno de Cristina, de Alberto y de Massa. Y de la Cámpora, de la CGT y de las organizaciones piqueteras de Pérsico, Grabois, Menéndez y compañía. Ellos y solo ellos deben hacerse cargo de la pobreza, inflación, inseguridad, destrucción de la educación y de todo horizonte razonable de expectativas positivas.
Cargarlo todo en el Alberto Manolito que anda preguntando cómo sería un triunvirato es o un arrojo de ignorancia o un intento de zafar de la responsabilidad por el peor gobierno constitucional desde 1983. La llegada de Sergio Massa no es más que el atisbo de Quino que encubre la traición. Massa, está en su naturaleza, se encuentra dispuesto a saltar del barco de sus socios antes anatematizados si consigue un mínimo resultado positivo que le sirva de plataforma personal para seguir su camino al sillón de Balcarce. Cristina, lo propio. Tiendo a disentir con los que creen que su único objetivo es limpiarse por izquierda de las causas judiciales que por derecha la prueban corrupta. Claro que quiere eso. Pero desea más. Va, otra vez, por todo. Por suceder o poner con su dedo a los sucesores. Es el deporte que mejor juega.
¿Cómo sigue el gobierno? Nadie puede, con una pizca de seriedad, animarse a un pronóstico. Si se recurre a la historia de los integrantes de su triunvirato interruptus, se repite en ellos la traición. Cristina al peronismo clásico, a Eduardo Duhalde y a la división de poder. Alberto, a todo y cada uno de sus dichos y presuntas convicciones que, es evidente, jamás existieron. Y Sergio Massa, a los otros dos con deliberación y alevosía.
Dos jubilados sentados en la plaza cercana a la casa de Mafalda se escandalizan porque ella los interrumpe en una conversación. Uno de los viejos le grita: “Qué mala educación. Eso es acabóse”. Mafalda queda dos cuadritos en silencio e insiste. “¿No será el continuóse del empezóse de ustedes?”. A ellos tres les habla hoy Quino, ¿no?
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