
Un ministro que entra. Media docena de funcionarios que salen del gabinete o se los reubica sin pudor. La funcionaria que llegó por un llamado desesperado de fin de semana y termina de viajar para generar confianza en el exterior, es despedida con grosería (¿despido machirulo?) y reubicada, con el mismo tono, en la cabeza del banco nacional, ocupada hasta entonces por un funcionario que estaba en una provincia ejerciendo el cargo sin que nadie le avisara de su salida.
Y así todo.
¿Y el presidente? Por la tarde del jueves circuló el rumor de una conferencia de prensa para explicar los cambios. Caída la noche, una funcionaria cercana a Alberto Fernández explicó en off: “No está en condiciones de hablar con la prensa”. ¿No puede hablar y puede tomar decisiones?
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¿En serio el presidente de la Nación no cree que tiene que salir públicamente a explicar lo que está haciendo porque eso está en sus funciones expresas, comprendidas en dar cuenta de sus actos? ¿Y la portavoz, vocera, intérprete o parlante del presidente? ¿Se dedica apenas a clasificar preguntas que corresponden o no, o a mandar de caminata aeróbica a los periodistas que notan aumentos de precios?
Resulta que Martín Guzmán fue un irresponsable por hartarse del maltrato de sus jefes y provocó caos con su renuncia y ¿no el presidente que quiere mandar en la nación más feliz del planeta que enmudece cuando le toman el gobierno y lo terminan de desplazar del poder?
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Porque no es destituyente escribir que Alberto Fernández no es más el poder ejecutivo en la Argentina. Lo que lo demuele es el golpismo palaciego que lo rodea y su incapacidad de encontrar alguna pizca de orgullo político.
Cristina terminó de revolear a los ministros y funcionarios que le molestaban. Ella desequilibra al Poder Ejecutivo ejercido -quince minutos- por quien eligió. Demuele al Poder Judicial definiendo como delincuente a los magistrados de la Corte y paraliza el Poder Legislativo con sus caprichos de número en el Senado. A los propios no les parece golpismo explícito. Es que andan ocupados haciendo onanismo académico con eso del lawfare y los grupos de poder desestabilizadores.
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Ni Batakis, ni Scioli, ni Béliz pueden expresar sorpresa. Les basta con mirar a Losardo, echada por televisión o a Felipe Solá, bajado en vuelo cuando ejercía como canciller. Alberto no cree en lealtades de ningún tipo. Probablemente porque no tiene una sola convicción a la que serle leal. Quizá tampoco las personas enrocadas o sustituidas.

¿Quién gobierna a esta hora? No es Alberto, una caricatura menos agraciada que la que nos contaba Astolfi respecto del rey Fernando VII, el que reinaba pero no gobernaba. ¿Es ahora Sergio Massa? ¿Alguien en serio cree que el actual ex enemigo, futuro vaya a saberse qué, de Cristina corta y pincha?
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La anomalía de la vice presidenta es novedosa. En eso, hay que darle propiedades adánicas. Creó un gobierno, ante el menor disenso lo sacudió con cartas a sus fieles vivientes desde su palacio, no para asumir el poder sino para pretender salir indemne de los desastres provocados. Notable. Pero ella pone pulgar hacia arriba o hacia abajo. ¿O no dijo en la tarde de ayer que el futuro presidente de la Cámara de diputados debe llevarse bien con la Cámpora y su heredero predilecto? Hará ostentación de pulgar, claro, también con Massa. En su meteórica carrera de abogado, el hombre habrá aprendido de los romanos que nadie puede alegar su propia torpeza.
Luce menos llamativa la falta de respeto por sí mismos de los que abren y cierran las mismas puertas para entrar o salir de escena en este vodevil de poder de poca monta. En realidad, esto ya luce como farsa amarga. Daniel Scioli volverá a invocar que él no tiene rencores y se montará en un avión para volver a ser embajador en el Brasil, puesto que dejó hace cinco minutos por razones épicas ya hechas trizas. Mercedes Marcó del Pont se llevará sus apuntes del cepo por ella creado y recalará en la secretaria de asuntos estratégicos (¡hay una secretaría de asuntos estratégicos!) Sin ponerse colorada. Silvina Batakis seguirá cobrando del 1 al 5 del estado. Como desde hace años. Como casi todos.
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Pero ahora sí. Ahora es el cambio. Los mismos que llegaron hasta aquí, de esta forma, son distintos. Se nota mucho. Y, sobre todo, se padece mucho.
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