
Por donde se mire, María del Socorro Tellado López, Corín Tellado, fue una mujer nacida en Asturias -1946-2009-, y creadora de la novela corta, rosa, donde el amor tenía tanto de reprimido como de caliente justo al borde del precipicio, pero con final feliz. Los hombres están a menudo representados como machos alfa de atmósfera dominante y gran estampa, aunque en absoluto el papel de las mujeres tuvieron el de sumisas y anhelantes enamoradas. Atractivas y dibujadas en las famosas tapas de la Editorial Bruguera, su lucero mayor hasta el fin de la actividad industrial: fue una suerte de feminista adelantada donde heroínas y galanes permanecían en sus papeles parejos en materia de género y sexo.
Hija de un maquinista de la marina mercante, vivió en Cádiz y en el País Vasco por la profesión paterna de muerte brusca. Vuelta a Asturias luego de asistir a un colegio de monjas, con vocación madrugadora, a los 16 escribió su primera historia: “Atrevida propuesta”. Un éxito. Luego, es cierto, no le siguieron otros. El tiempo que le esperaba iba a ser largo, persistió. Tomó la costumbre y el rigor de levantarse entre las cuatro y las cinco provista de su paquete de tabaco –uno tras otro- para armar cincuenta páginas en hora y uno de sus cada vez más ávidos folletines en una semana. El tirón fue largo porque Corín Tellado empezó con la censura implacable de la censura de la post guerra civil, fue la figura estelar dueña de la literatura de frotación y sueños, -nunca se le acercó con de las Marcial Lafuente Estefanía de cowboys sin haber salido de España, en la misma Editorial-: Corín se volvió un volcán en erupción después de otra aparición -5.000 con su Olivetti- y fue difundida por toda la lengua y aún en los Estadios Unidos, cuando internet ya gobernaba la Tierra.
Corín en llamas
Premiada en la Unesco debido a la inverosímil suma de ejemplares y la difusión del idioma, nunca quiso definir a sus folletines como literatura menor: “Mis obras son sencillas”, supo argumentar. Detrás hay cultura, lectura constante”.
De personalidad áspera, se casó vestida de negro como un desafío para divorciarse seis años. Sentía aversión por los periodistas y las entrevistas, no las permitía. “Con mi trabajo alcanza”. Y trabajó sin parar. Fue adoptada por el cine, un culebrón de calidad y una novela de gran aliento fuera del formato de bolsillo.
Católica, se resistió a los censores cuando el poder era compartido por Franco y la Iglesia, si nos atenemos al historiador inglés Hugh Thomas.
Al observar fotos de Corín Tellado poder verse a una tremenda fumadora que madura y triunfa con gesto alimonado. Quizás en su obra, no como un arte de indagación acerca del los humanos por fuera y por dentro, el sentido de vivirla, otros rastros de hondura y otros propósitos, sin creerla obra maestra, hay otra cosa. Otro orden se lee y, ni hablar, puede encontrarse no sólo por medio de la tecnología. Sino también en librerías de viejo, en un mercadito de Madrid o en Frankfort. En papel.
Capaces de escribir una historia de amor escondida en las triquiñuelas, desde su ocupación en los comienzos, fue girando en dirección de mayor audacia con la amistad de los corsés. Con dignidad levantó, se escudó en Asturias y no quiso entregarse ni admitir lo pequeño pero inmenso: vastísimo.
Al enviar a Mario Vargas Llosa desde Perú hasta Asturias -ella lo aceptó- el futuro Nobel concluyó después de la charla y varios ejemplares: “Justifica el hambre de irrealidad que todos tenemos”. Guillermo Cabrera Infante admitió beber en unos pocos de sus 500 millones de libros, para definirla como una pornógrafa modesta.
Por cierto, Tellado, después de los siglos, va detrás del Caballero de la Triste Figura mientras espolea el costillar de Rocinante.
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