
Desde siempre se ha enfatizado la construcción del conocimiento en la escuela y la de los valores en el hogar. Sin embargo, estos tiempos, cuando se ve tanta violencia, tanta intolerancia y tanto destrato al otro, nos piden a gritos que la escuela pueda ofrecer una educación mucho más integral a los alumnos. Esto es, no sólo enseñar la cabeza, sino el corazón también.
Un proyecto educativo actual no puede seguir enfocándose solamente en lo cognitivo, sino que debe también poder adaptarse a los tiempos y poner énfasis en cuestiones que van más allá de lo estrictamente académico.
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¿Qué rol social cumple la escuela si educar pasa exclusivamente por transmitir contenidos pero no por enseñarles a los alumnos a ser personas de bien, empáticas, solidarias, que puedan adaptarse a las circunstancias y a su entorno? Es decir, el crecimiento personal del alumno es tan importante como su crecimiento académico. Al hablar de un aprendizaje integral, sumamos al aprendizaje académico las competencias socioemocionales tales como la inteligencia emocional, el aprendizaje del servicio, las ciencias cívicas, y la educación del carácter. El aprendizaje socioemocional enseña a los alumnos a reconocer, comprender y autogestionar sus emociones, a sentir empatía por el otro, a automotivarse y construir y mantener relaciones satisfactorias.
En el pasado, el éxito del docente estaba estrechamente vinculado a los logros académicos de sus alumnos. Sin embargo, en la sociedad actual se han generado otras realidades que requieren de un mayor protagonismo de las habilidades socioemocionales, o habilidades para la vida, como el autoconocimiento, la autoestima, el manejo de la frustración, la cooperación, la resolución de conflictos, la superación personal, el trabajo en equipo, la comunicación, el manejo de presiones, etc.
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¿De qué le sirve a un niño saber la tabla de 9, las partes de una célula y dónde queda Saturno si no puede manejar su ira, o en un ataque de impulsividad, producto de su propia frustración, rompe en segundos una maqueta que le llevó dos semanas de preparación?
¿De qué sirve que un alumno sepa hacer cálculos combinados si no puede escuchar a un compañero y en vez de mejorar su propio argumento, termina descalificándolo?
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¿De qué sirve saber idiomas, si un alumno maltrata emocional o físicamente a sus compañeros?
Si bien el contenido es importante, por sí solo no ayudará a los chicos a tener mejores oportunidades en la vida, ni a relacionarse efectivamente con él mismo o con los demás.
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Históricamente el colegio ha formado estudiantes en lo cognitivo y en lo cultural. Los docentes hoy deben tomar el desafío de formar a personas, además, con herramientas sociales y emocionales que les permitan afrontar los desafíos de la vida. Al incorporar un programa de educación emocional en la escuela, no solo colaboramos con la salud mental de los chicos, sino que los ayudamos a desarrollar sus habilidades socioemocionales, lo que les sirve aún mucho después de salir de la escuela. Es decir, en su vida adulta.
Sin embargo, no alcanza con hablar del tema en el aula de vez en cuando o referirnos a la educación emocional cuando surge una situación que así lo requiera. Lo que no se diseña no se enseña, lo que no se enseña no se aprende y lo que no se aprende no se puede evaluar. Para trabajar de manera seria y a consciencia la educación emocional cada escuela debe desarrollar un programa sólido a cargo de un equipo interdisciplinario.
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Los sistemas educativos nacionales nacen en los albores de la Revolución Industrial, con el claro objetivo de formar mano de obra para el trabajo. Esa intención primaria, lamentablemente, sigue vigente y a contramano de los cambios del mundo actual. Seguimos dándoles mucho más crédito a las materias tradicionales que a otras, que tienen el potencial de cambiar vidas, por lo que la matriz curricular, es decir qué enseñamos y por qué enseñamos, debe poder adaptarse a estos tiempos.
Un ejemplo de esto es pensar en el arte. Incorporar el arte en la educación es fundamental. Esto no significa dos horas de arte (dibujo o música) en la semana. Significa hacerlo de manera transversal y sostenida en el tiempo. Hoy la biología nos confirma que el arte juega un rol predominante para un futuro académico, profesional, social y laboral sólido. Un buen programa de arte promueve diferentes habilidades esenciales para la vida, como por ejemplo: 1) Creatividad, 2) Resolución de problemas, 3) Confianza, 4) Perseverancia, 5) Atención, 6) Comunicación no verbal, 7) Recibir una crítica constructiva, 8) Colaboración, 9) Dedicación, 10) Responsabilidad.
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Hoy la escuela tiene un desafío tan grande como urgente. Es el desafío de abordar tanto lo académico como lo socioafectivo y esto comienza por el vínculo alumno-docente.
Varios estudios muestran que lo que más valoran los alumnos de sus docentes tiene que ver con el área socioafectiva, en especial su equilibrio emocional. No resulta sorprendente que esto sea así ya que ese estado del docente afecta directamente el equilibrio emocional de los alumnos. No se puede llenar la taza de los otros si la nuestra está vacía. Resulta fundamental la formación permanente de los docentes para que puedan trabajar en su propia educación emocional y confiar en sus habilidades para poder acompañar a sus alumnos en el desarrollo de su educación socioemocional.
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No se puede aprender si no se respeta a quien enseña. Como sociedad, debemos devolverle al docente el prestigio que alguna vez tuvo, y por supuesto, contar con buenos docentes. Como dijo Manuel Bartolomé Cossío, un destacado pedagogo español, hace más de cien años: “Gastad, gastad en los maestros. Dadme un buen maestro y él improvisará el local de la escuela sin falta, él inventará el material de enseñanza, él hará que la asistencia sea perfecta; pero dadle a su vez la consideración que merece”.
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