Política, ingeniería y economía

El atraso en la inversión en infraestructura explica la decadencia de la Argentina

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La ingeniería argentina, en todas
La ingeniería argentina, en todas sus múltiples y crecientes variantes, se ha destacado siempre en el contexto mundial y, mucho más aún, en el ámbito de Latinoamérica (Télam)

En la Argentina, junio es el “mes de la ingeniería” porque se honra, hace ya más de 150 años, en otro liderazgo precursor más de aquella pujante nación, como el “día de la ingeniería” al 6 de junio. Ese día de 1870 se graduaba en la Universidad de Buenos Aires (UBA) el primer argentino ingeniero Luis Huergo, junto a otros 11 egresados. Además, también se honra el 16 de junio, al cual se lo recuerda como el día del ingeniero porque ese día de 1865 se creaba en la UBA la carrera de ingeniería en el Departamento de Ciencias Exactas. Desde entonces, la profesión, en todas sus múltiples y crecientes variantes, se ha destacado siempre en el contexto mundial y, mucho más aún, en el ámbito de Latinoamérica.

Situación está, la de una relevancia académica, productiva y ejecutiva de la ingeniería argentina, que se habría mantenido plenamente vigente en nuestro país, pero ahora con una creciente y muy preocupante componente “solo latente”. Cada pocos años se incorporaban simultáneamente al stock productivo importantes puentes, túneles, auto vías, líneas férreas, aeropuertos, silos y puertos, etc., en la logística del transporte de las cargas y de las personas; asimismo diversas plantas de generación de energía, tanto convencionales como renovables, electroductos, gasoductos, oleoductos, redes de distribución de energía eléctrica; también nuevas antenas, mayores redes de fibra óptica en las comunicaciones y hasta satélites.

En suma, un creciente stock de infraestructura física, de dispositivos y de conocimiento e innovación tecnológica que, adecuadamente sostenidos, contribuía enormemente a una adecuada eficiencia de todos los sectores de la economía.

La muy fuerte declinación del stock del capital físico productivo argentino, un “output” por excelencia de la ingeniería, seguramente mediante una dinámica interacción de un efecto biunívoco de causas y de efectos, coincide temporalmente con la ya muy prolongada decadencia argentina global, que llevó de estar entre los países con mayor ingreso por habitante unos 100 años atrás, a estar en el medio de la tabla de la región y del mundo.

Para precisarla solo destaco que actualmente se produce una cuantía física anual de bienes y de servicios similar a la de hace más de una década atrás, pero con alrededor de una población 10% mayor (el muy valioso capital humano). Como consecuencia de ello, el PBI por habitante actual es más de un 10% inferior al que se registraba en 2011/12; grave decadencia que esta solo disimulada en el corto plazo, pero cada vez menos, por la elevada volatilidad de los sucesivos ciclos de las recesiones y de las recuperaciones posteriores, aunque estas últimas siempre resultan parciales, consolidando así la declinación en el largo plazo.

Utopías y distopías

Quizás describa mejor aún esta penosa situación, en términos de la crisis de crecimiento económico, refiriendo que el actual desafío podría consistir solamente en la muy modesta meta de crecer durante 2 años consecutivos, cuestión que no se logra desde hace más de una década.

Las urgencias de intentar quebrar a esa tendencia negativa cuanto antes, sin atender nunca a los inconvenientes estructurales, ha llevado a una continua y persistente búsqueda de “los atajos” y, con ellos, de las utopías. Lo cual ha conducido a una realidad de “distopías”, donde todo opera “sensu contrario” de los fundamentos de la argumentación técnica y de la racionalidad económica y financiera, generando ámbitos cada vez más divergentes al de la ingeniería.

Pese a esta creciente divergencia de la dirigencia política para con la ingeniería, como evidencia bastaría solo visualizar a las históricas integraciones de los directorios de las empresas públicas de agua potable, energía, transporte y comunicaciones, otrora compuestos solo por expertos; las “ciencias blandas” están recurriendo, y cada vez con mayor frecuencia y variedad, a los términos y a los conceptos provenientes de las “ciencias duras” de las ingenierías para explicar a los fenómenos sociales y políticos.

Se suceden así, en los diversos artículos e informes de los sociólogos y politólogos, términos tales como “tensiones, fricciones, solicitaciones, resistencias, inercias, shocks de roturas frágiles o deformaciones graduales, etc.”; pero entre todos ellos surge, con una muy particular aplicación optimista, el término de “la resiliencia”, proveniente de la física. Esto es la capacidad de un cuerpo de retornar a su morfología original, una vez que cesó sobre él la aplicación de la fuerza externa que lo deformó.

Desde la política, se toma el concepto de la resiliencia al pie de la letra, sin considerar que la ingeniería reconoce que esa capacidad es siempre relativa y que determinados materiales, sometidos a ciertas cuantías de tensiones y de tiempos de aplicación, bajo determinadas condiciones de temperatura, humedad, etc., pueden dejar deformaciones permanentes en los cuerpos. No se observan razones de peso por lo cual ello no pueda resultar también válido para los cuerpos sociales y políticos, de donde se derivaría que los prolongados apartamientos de los contextos institucionales que propician el progreso de una sociedad pueden dejar, ya sea “distorsiones irreversibles” o bien “roturas frágiles”, también traumáticas y permanentes.

Ahora, ya en la relativa condición de poder recorrer el camino inverso, desde la ingeniería hacia la sociología y la política, se podría advertir y acordar que los sucesivos fracasos colectivos de una sociedad van naturalizando a las diversas y crecientes distorsiones y las van tornando cada vez menos resilientes y más irreversibles a las sucesivas deformaciones que las cíclicas crisis van dejando, en el muy penoso y prolongado sendero de la decadencia que, si bien nunca lleva a la desaparición de una nación, pero si la conducen hacia el limbo del status de “un país fallido”. Al cual se llega luego de transitar a la ilusión del subdesarrollo sostenible, que tan bien describe Vicente Massot en su reciente obra “La excepcionalidad argentina, del apogeo al subdesarrollo sustentable”.

La ingeniería argentina aún dispondría de un todavía suficiente buffer para ser convocada y contribuir con mayor vigor a apartarse de la encerrona de estancamiento y pobreza en la que se encuentra el país. Una ventana de oportunidad tecnológica que no se debiera desaprovechar.

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