
Rubén se despertaba de martes a domingo, a las 10 de la mañana. Se ponía su traje oscuro, una corbata en composé y se peinaba con esmero. Llegaba al cine de la avenida Santa Fe a las 10:55 horas.
Lo primero que hacía, al entrar a la boletería, era sacar las mejores entradas del tablero y esconderlas bajo el mostrador. Las “premium” las hubiese llamado, pero no se utilizaba esa palabra. Eran las que vendía a un precio “especial” a los caraduras que se animaban a decirle “dame una de las buenas”, dejando un billete de mil pesos ley 18.188, distraídamente, sobre el mostrador.
Con ese extra, diario, Rubén le compró, entre otras cosas, un Atari a su hijo.
Vivía bien.
Hasta que pasaron cosas.
Primero, fue el malvado software que instalaron. Ya no podía separar las entradas premium para venderlas más caras. Pasó a ser todo transparente.
Aceptó la nueva realidad, simplemente bajó su nivel de vida.
Pero, años después, pasó algo ¡terrible!: “Internet”. El software se instaló en lo que, posteriormente, denominaríamos “la nube”.
Echaron a Rubén y a todos sus compañeros, excepto a uno: era el más simpático de todos. Quedó a cargo de gestionar las devoluciones y reclamos.
La historia de Rubén es la historia de (casi) todos. El ascensorista que esperaba a que le digan el piso y apretaba el botón; el cartero que llevaba los extractos del banco a sus clientes; el cajero (humano) del banco; el peajista que cobraba y se quejaba de la falta de cambio, y muchos más.
Para algunos, se trata de una injusticia terrible. De hecho, hasta justificaría el paro de camioneros, cuando el Banco Central de la República Argentina permitió los extractos por mail, o la enorme resistencia a la cobranza automática de los peajes; a pesar de ser beneficiosos para la sociedad, el planeta y las compañías.
El cambio tecnológico mejora, en parte, a la sociedad como conjunto, pero afecta negativamente, mucho más, a un pequeño grupo. ¿Cómo hacer, entonces, para saber si tu profesión va a desaparecer, como el lechero, el que araba el campo o el enviador de faxes?
Tal vez, la mejor forma de analizarlo es: entender qué profesiones y actividades han durado más, a lo largo del tiempo.
¿Se acuerdan de Rubén, el boletero de cine? Podemos comenzar por ahí: aunque la tecnología permitió que el teatro evolucione, la actuación no sólo no desapareció; desde la antigua Grecia, en donde solo había actores hombres, la profesión fue evolucionando y creciendo cada vez más, como inmune a la tecnología.
Al parecer, algo parecido sucede con los deportes. Cada vez más personas viven de los mismos, directa o indirectamente. Acá podemos incluir: gestión deportiva, periodismo, entrenamiento físico, etc.
¡Pero yo no soy actor, ni deportista! El boom de emprendedores pequeños vendiendo objetos de diseño también puede darnos una pista, desde velas hasta cuadros, pasando por comida y ropa… Parecería que tanto el arte como emprender en sí sigue creciendo.
Dentro de las empresas, se da algo similar: cada vez más se ofrece a quien realizaba una labor puntual que, a partir de ahora, realice otras. De esta manera, la persona de mesa de entradas también va a archivo, pero al automatizarse esto le ofrecen trabajar de “comodín”, ayudando en donde sea. Claro que el sindicato se va a oponer, abrazado al pasado. Pero las empresas dejarán de contratar por tarea y pasarán a hacerlo por objetivo, porque, justamente, las tareas serán automatizadas.
El boletero desaparece, el actor florece. Se modificará el paradigma, así como para el deportista, el artista, el comodín, o el que lidera un proyecto con otros, o solo.
Surge una premisa: toda tarea repetitiva será automatizada. Y los humanos harán cosas de humanos:
- Crear: inventores, artistas, etc., un médico o un enfermero? ¿Un consultor o alguien que toma pedidos? ¿Un coach o un especialista en impuestos?
- Crear: inventores, artistas, etc.
- Entretener: deportes, entretenimiento, turismo.
- Pensar y analizar: filosofía, invención, resolución de problemas y desafíos.
¿Qué hacer, entonces, si tu trabajo hoy son todas tareas repetitivas? Es fácil: pensar como emprendedor, automatizar o tercerizar las tareas, y así… poder pensar más para agregar valor. Crear un negocio o desarrollarse, para un próximo paso.
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