5 preguntas sobre nuestro sistema electoral

Argentina vota con boletas partidarias. Pero desde la oposición proponen implementar un sistema de boleta única. Su implementación no puede ser de manera improvisada y luego de un trámite exprés

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La próxima semana se debería
La próxima semana se debería emitir dictamen para poder debatir el proyecto de boleta única en el Congreso a principios de junio

Por estos días se está tratando en comisiones –y próximamente en el recinto– de la Cámara de Diputados una serie de proyectos de reforma al sistema electoral argentino. No se trata de una reforma integral que busque atacar problemas sistémicos diagnosticados por la literatura especializada sino un intento de reforma sobre un sector puntual del sistema: el instrumento de votación.

Argentina vota con boletas partidarias y las diversas propuestas de sectores de la oposición consisten en cambiar el instrumento de votación a un sistema de boleta única en formato papel. Nos proponemos responder algunas de las preguntas que surgieron alrededor de este debate.

1. ¿Funciona bien el sistema electoral argentino?

Sí.

El sistema electoral argentino cumple con los objetivos mínimos y consensuados de una democracia contemporánea: las elecciones son libres, son limpias, son transparentes y se consideran legítimas por todos los actores involucrados (jueces, partidos políticos y ciudadanos). Dentro de ese sistema, el actual instrumento de votación es una parte importante que contribuyó a la construcción de la confianza que la sociedad tiene en el resultado de las elecciones. La solidez y supervivencia de nuestras instituciones de gobierno se apoyó en esta confianza. En una región que cada tanto vive estallidos sociales, económicos y políticos que ponen en duda la legitimidad de los gobiernos la cuestión no es menor.

Podemos aplicarle un test simple y rápido a la contribución de confianza de nuestro sistema electoral: en los últimos 15 años, con este sistema electoral, los oficialismos perdieron 5 de las últimas 8 elecciones y ganaron apenas 3. Es difícil, con esos resultados, argumentar que el instrumento de votación inclina la cancha en favor de quien concentra los recursos estatales.

El sistema electoral argentino, a nivel nacional, funciona bien en el sentido más básico: cumple con la certidumbre que le exigimos como proceso y garantiza la incertidumbre sobre sus resultados.

2. ¿La boleta única permite una mejor disposición de la oferta electoral?

Nuestro sistema actual contempla el uso de boletas partidarias. En concreto, que cada partido político o coalición que quiere competir tiene su propia boleta electoral. Actualmente, cada vez que hay elecciones nacionales, toda la oferta electoral que decide lanzarse a la palestra se dispone sin mediaciones ni interrupciones. Esto es consecuencia de un principio general de co-organización de los procesos electorales: todos los actores, oficialistas y opositores, participan de comités de seguimiento, del proceso de impresión y distribución de boletas, de la fiscalización y del escrutinio provisorio el día de la jornada electoral. Todos son parte y garantía, por más chicos o grandes que sean.

La boleta única en formato papel, en cambio, es un instrumento que garantiza que toda la oferta electoral figure en el mismo soporte. No es una por actor, si no que están todos juntos en la misma boleta, provista además por el Estado.

Acá entran a jugar dos elementos clave que chocan con garantizar una mejor disposición de la oferta. Primero, la cantidad de actores. La oferta política en Argentina es grande: existen alrededor de 600 partidos de distrito y 60 partidos nacionales. Si las alianzas electorales se rompen, será un desafío de diseño enorme garantizar que todos puedan estar igualmente visibles y accesibles de ser localizados.

En ese mismo sentido, e incluso como parte de los fundamentos de algunos de los proyectos presentados, se dice que la boleta única reemplaza la “lista sábana”. El efecto, en verdad, es el contrario: la boleta única de papel potencia ese efecto. Una de las críticas a nuestro actual sistema es el desconocimiento y falta de visibilidad de la totalidad de los candidatos que se presentan a competir por distintos cargos públicos. Si la boleta partidaria los esconde, una boleta única aumenta el efecto porque aparecen todos juntos, sea cual sea el modelo que se proponga. Adicionalmente, distritos donde se eligen muchos candidatos como la provincia y Ciudad de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza pueden llegar a tener diseños donde no se muestren todas las candidaturas. Esto podría ser compensado con afiches pegados en los locales de votación y cuarto oscuro. De modo que no solo estarían más escondidos, sino que habría que buscarlos y encontrarlos.

No suele decirse mucho pero la boleta partidaria “hace más” por garantizar que el elector conozca toda la oferta partidaria que la boleta única de papel, que necesariamente condena a los candidatos y candidatas de menor jerarquía a que sean vistos solo si el elector decide acercarse a una aficheta especialmente dispuesta - únicamente - el día de la elección.

No se trata de un debate entre un sistema ideal y uno corrupto: se trata de un debate entre instrumentos que generan, cada uno, incentivos y efectos diferentes. Es importante conocerlos para tener un debate informado.

3. ¿Es más barato un sistema de boleta única de papel?

Que la boleta única implique necesariamente un ahorro no es un hecho todavía demostrado, al menos hasta ahora. Sin embargo, es uno de los principales argumentos que se esbozaron tanto en las reuniones de comisión como en los proyectos presentados para el debate. Para el temario de la reunión figuran 21 proyectos sobre reforma al instrumento de votación: al menos 15 mencionan en sus fundamentos que implica una reducción de costos económicos respecto al sistema actual. Solo uno de ellos estima en concreto una reducción del 75% en el costo total de la elección, aunque no se encuentra la documentación a partir de la cual se arriba a ese número.

La discusión sobre potenciales efectos es más compleja de abordar. La discusión de costos, en cambio, es más simple y concreta: implica estimar los costos de impresión, logística y curva de aprendizaje de modificar un sistema por otro. Para ello, claro, primero es necesario contar con un proyecto unificado, de los 21 presentados, para saber qué tipo de boleta se está planteando. Pero una vez se arribe a ese consenso entre partidos opositores, la cuestión del costo será central.

No porque la gestión electoral sea uno de los lugares donde el Estado debiera “ahorrar”. Si no, más bien, porque este proyecto se ubica en un contexto social, económico y político determinado. Sin entrar en profundidad sobre este tema, dejaremos solo como apunte que mal haría la dirigencia política en prometerle a la sociedad un sistema electoral más barato sin haber hecho previamente el cálculo real y concreto sobre los verdaderos costos.

Algunos ejemplos concretos se pudieron escuchar en la última reunión de comisión al respecto. Según la ex Directora Nacional Electoral, por ejemplo, la última elección con boleta única de papel en Santa Fe tuvo un costo por elector de $169,30 mientras que las elecciones nacionales tuvieron un costo de $119,70.

No es el único dato a tener en cuenta pero es, lamentablemente, el único que se ha aportado hasta ahora al debate.

4. ¿Qué ventajas tiene el actual instrumento de votación?

Argentina tiene un sistema federal muy fuerte en su dimensión electoral. Las provincias no solo eligen sus propias reglas de juego, sino que las autoridades judiciales, el reconocimiento de los partidos y la construcción de los acuerdos son provinciales. En este sentido, un instrumento de votación como el de la boleta partidaria contempla un grado de flexibilidad lo suficientemente alto como para adaptarse mejor a cada escenario distrital.

Este punto resulta clave, tal como indicó el politólogo Andy Tow en su exposición en las reuniones de comisión el martes 17 de mayo. La boleta partidaria genera incentivos para que se construyan coaliciones electorales entre distintos niveles, respetando al mismo tiempo la diversidad de las relaciones de fuerza provinciales entre distintos actores. Si nuestro sistema legal considera que las alianzas no tienen que ser rígidas, entonces las boletas partidarias se adaptan a ese esquema. Estos acuerdos, posteriormente, han contribuido a garantizar gobernabilidad en el proceso de toma de decisiones, tanto entre la Casa Rosada y las provincias, como en las dos cámaras del Congreso Nacional. Todos los actores partidarios, oficialistas de hoy y de ayer, han jugado con estas reglas. Cambiar el instrumento de votación puede requerir, en este sentido, tener cuidado con los efectos de otras reglas que no se cambien.

No se trata de defender el “efecto arrastre”, un fenómeno también algo más enunciado que documentado realmente y construido sobre alguna supuesta incapacidad de los electores para cortar una boleta de papel cuando quieren dividir su voto. De lo que se trata es de comprender que ningún instrumento de votación es neutral: todos tienen sesgos que generan incentivos y producen efectos.

Un sistema de boleta única de papel solo para categorías nacionales, por ejemplo, como es una de las potenciales propuestas, generaría menos incentivos a los partidos políticos provinciales para adherir a alianzas nacionales y para realizar sus elecciones de manera simultánea con las nacionales. ¿Es ese el efecto buscado? Es irrelevante, si en realidad es lo que produce. Un sistema de partidos menos nacionalizado tiene aspectos positivos y negativos. Lo importante, como venimos diciendo, es que esos efectos se conozcan y se debatan previamente.

Puede parecer una defensa del statu quo y quizás lo es: la ventaja de nuestro actual sistema de votación es que los actores lo conocen, lo han producido por sí mismos, lo han mejorado y confían en él. El sistema electoral es nada menos que un sistema de administración de la desconfianza mutua y el valor de la confianza no puede ser menor a la hora de evaluarlo. Para modificar un sistema que cumple con semejante propósito es fundamental demostrar, con información y hechos documentados, cuáles son los aspectos que mejorarían con el nuevo instrumento.

5. ¿Es más democrático un sistema de boleta única que el actual?

En una democracia, ningún instrumento de votación es neutral. Todos generan efectos en el comportamiento de los electores, en las estrategias de los actores y en el resultado de las elecciones. Ninguno de ellos puede ser considerado más o menos democrático, todos lo son. La democracia es la traducción de la voluntad popular en poder político. Eso lo garantizan las elecciones libres, limpias, transparentes y legítimas. Argentina no escapa a estas condiciones.

Nuestro sistema electoral está muy interconectado y todos se han acostumbrado a él. Tocar una parte de un motor implica tener cuidado con las demás. Discutir solamente el instrumento de votación sin prestar atención a otros elementos relevantes puede redundar en mayores dificultades a futuro, tanto en el proceso electoral como el resultado generado de éste.

La boleta única de papel no significa, por sí misma, mayores niveles de democracia. Se han traído a este debate ejemplos de países del mundo que votan con boleta única de papel buscando cierta causalidad tácita que implicaría que son democracias consolidadas porque votan de esa manera. Como si no hubiera ejemplos al contrario, de democracias con baja institucionalización y boleta única de papel, o democracias muy consolidadas que utilizan la boleta partidaria porque se adapta mejor a su sistema político y de partidos.

Por fuera del análisis técnico, esta propuesta se presenta en un momento histórico y global determinado. La confianza de la opinión pública en las instituciones políticas y del Estado no está quizás en su punto más óptimo. La modificación de uno de los engranajes clave del sistema electoral se puede y se debe debatir. Su implementación no puede ser de manera improvisada y luego de un trámite exprés. Debe ser acorde a la magnitud de la tarea que se está proponiendo: operar alrededor de la columna vertebral del sistema democrático.