
“Yo ya estoy resignada a ser pobre, nací pobre y sé que voy a ser pobre toda la vida. Ya me acostumbré...”, me dice con serenidad en la entrada de su casa precaria de Virrey del Pino, en La Matanza. Apenas supera los 40 años, pero parece haber vivido muchos más. “Lo que siempre soñé es que mis hijos puedan vivir mejor que yo, que estudien, que tengan un buen trabajo y que no tengan que pasar por lo que yo pasé...”, sigue contando, y su cara se ilumina de esperanza. Pero vuelve a ponerse seria y, con un gesto de enojo, me cuenta que “después de la cuarentena los dos más grandes ya no me volvieron al colegio, los veo en mi mismo camino y me muero de tristeza. Van a vivir como yo, me sacaron la única esperanza que tenía ...”. Irma termina su relato con el rostro endurecido y sentenciando: “Y eso no se los voy a perdonar...”.
En el Conurbano bonaerense -que es el lugar que recorro habitualmente- ese enojo se viene multiplicando desde hace ya algunos años. Especialmente contra aquellos que declaman “justicia social”, “equidad” y “distribucionismo”, pero que en realidad practican “clientelismo”, “dependencia forzada” y “perpetuación de la pobreza con fines electorales”. Con los que se autoperciben “progresistes del siglo 21″ y no son más que personeros del conservadurismo más rancio, más cercano a la anterior década del ´30 que a estos tiempos...
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El “Plan Platita” implementado con posterioridad a las últimas PASO fue la expresión más clara de la Argentina a la que aspira el kirchnerismo: un país con millones de pobres e indigentes que deban retribuir con apoyo político y electoral la “generosa ayuda” recibida. Después de perder más de 15 puntos desde la última elección, esta vez gobernando y expuestos ante la sociedad como generadores de más pobreza, concluyeron que la “generosa ayuda” había sido insuficiente para disimular los errores de la gestión que tanto daño habían provocado. Por lo tanto, decidieron emitir varios cientos de miles de millones para agregar a la insuficiente distribución de alimentos e indumentaria, televisores, heladeras, lavarropas, cocinas, microondas, etc. No les alcanzó para revertir la derrota, mejoraron la elección y -para dotar de épica la gesta- llamaron a ese perverso intercambio de favores “heroica remontada”.
¿Qué había pasado? La respuesta estaba en la cruda descripción de Irma: “Me cansé! ¡Para lo único que les interesamos es para que los votemos! Me conviene hacerles ver que todavía les creo para agarrar todo lo que me den, pero ya les piqué el boleto. Quiero otra vida para mis hijos...”. El relato de “somos los que representamos los intereses de quienes menos tienen” -como tantas otras construcciones del discurso kirchnerista- empezó a naufragar. La capacidad de engaño es cada vez menor y esto se refleja en la única oportunidad que los pobres tienen de demostrar que tienen libertad y poder: ¡cuando hay que poner el sobre dentro de la urna!
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A ellos no les preocupan las dolorosas cifras de pobreza e indigencia que exponen sus propias estadísticas. Por el contrario, les genera la esperanza de poder perpetuar el intercambio de favores y permanecer en el poder gracias al drama de millones. Por eso pretenden perpetuar esa dramática realidad en La Matanza, Moreno, Merlo, Quilmes, Florencio Varela, José C.Paz, Lomas de Zamora, y en cada distrito del Conurbano.
No tengo duda que el enojo de cada vez más pobres se va a sentir con fuerza el próximo año, el día de las elecciones. Es cansancio, es rechazo a la resignación propuesta, es agotamiento de ser sometidos a una moderna forma de esclavitud, es sed de un futuro mejor...
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¡¡¡Estoy totalmente convencida que 2023 va a ser el año de la rebelión electoral de los pobres!!!
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