
El Día del Trabajador es una fecha que de alguna manera nos invita a reflexionar sobre la evolución de los trabajadores, e incluso sobre nuestra propia evolución en el mundo profesional. No tengo que tornarme dramática y hablar de cómo era el trabajo hace un siglo, basta remontarnos poco más de una década atrás para entender cómo hemos evolucionado como fuerza laboral en general.
Por empezar, comenzar un trabajo llevaba implícita la noción de que uno debía asistir a un edificio corporativo en donde se encontraba su oficina, y allí iba a poder encontrar todos los elementos necesarios para llevar adelante mi labor. Cuadernos, lapiceras, marcadores, impresoras, faxes, teléfonos de línea y aparatosas computadoras formaban parte del paisaje cotidiano. Internet, a su vez, era una versión muy distinta de la que hoy disfrutamos, y recuerdo con algo de nostalgia ese sonido muy particular al momento de levantar el teléfono de línea mientras se usaba Internet. En ese momento, el paradigma que regía en el mundo corporativo se basaba estructuralmente en llevar adelante nuestras tareas en lo que llamamos “horario de oficina” de 9 a 18 hs.
Si me acerco más en la línea temporal, el paisaje al que estábamos habituados, de manera casi imperceptible, comenzó a cambiar. Y no me refiero solo a la moda que se refleja en nuestra vestimenta, sino también a las herramientas. Hacia finales de la primera década del 2000, se popularizó el uso del WiFi como red de conectividad, permitiendo una experiencia de usuario que ya empezaba a demostrar la importancia de lo “remoto”. Combinado con el uso de notebooks, esto implicó que en las oficinas pudiéramos hacer uso de salas y comenzar a movernos un poco más, ganando libertad y optimizando nuestras tareas. Aunque todavía esta libertad se encontraba dentro de los límites del edificio corporativo.
Ahora, me gustaría adentrarme a una realidad un poco más actual. Con el boom de WiFi, no solo las oficinas ganaban buena conexión a Internet, sino que también los hogares. De la mano con la evolución de la conectividad, igualmente lo hicieron los equipos, y para que los equipos evolucionaran, también lo hicieron los procesadores y tarjetas gráficas: las notebooks empezaron a ser más livianas, aportando portabilidad, e incluso aquellas destinadas al ocio, comenzaron a tener una capacidad de procesamiento tal, que permitió convertir a las notebooks en una herramienta versátil, que pudiera responder a las necesidades personales y profesionales de las personas. Y aquí comenzó el gran cambio. Aparecieron los freelancers, y con ellos, el concepto de que tu propio hogar se convierte en tu oficina. En el plano corporativo, también las empresas comenzaron a brindar como beneficio la posibilidad de hacer home office, determinada cantidad de días por mes. El concepto de remoto comenzaba a pisar más fuerte gracias a la portabilidad y capacidad de procesamiento.
Hoy en día, y habiendo atravesado una pandemia que nos obligó a acelerar los paradigmas que se comenzaban a posicionar, nos encontramos con un colaborador amante del modelo híbrido, que lleva la tecnología a donde vaya, que piensa también en sus tareas de manera flexible, yendo en busca de la productividad y el balance en su vida.
Los trabajadores modernos son un reflejo de la innovación, un actor en apariencia silencioso, y que ha transformado de manera sigilosa nuestra manera de vivir. Es la capacidad de un procesador móvil la que hoy nos regala la posibilidad de trabajar desde los lugares más increíbles de nuestro planeta. ¡Tan solo imaginemos cómo continuaremos evolucionado en 10 años más!
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