La Argentina de las victorias pírricas

Los principales espacios políticos -y sus corrientes internas- parecen contentarse con alcanzar objetivos parciales a expensas de una mirada de largo plazo

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Tratamiento del acuerdo con el
Tratamiento del acuerdo con el FMI en la Cámara de Diputados. Foto: Luciano González

Pirro fue el Rey de Epiro (norte y oeste de Grecia) durante los primeros años del siglo IV A.C, y supo ostentar también brevemente la corona de Macedonia. Según los historiadores, fue además uno de los mejores generales de su época y uno de los principales rivales que enfrentaron a Roma en la época de la República.

Tras varias campañas expansionistas que lo llevaron a batallar en Macedonia, Tesalia, la Sicilia púnica y, incluso, en Esparta, una de las ciudades-Estado más importantes de la Grecia antigua, el general se embarcó en una aventura que la historia denominaría las “Guerras Pírricas”. En ellas enfrentó a las legiones romanas en Heraclea y Asculum, donde a pesar de alzarse con la victoria, perdió más de 16 mil soldados y no pudo tomar ni presionar militarmente a la República Romana.

La leyenda asegura que Pirro, pese a las felicitaciones por la victoria, y observando las grandes pérdidas humanas y materiales en la batalla, dijo: “Otra victoria como ésta, y tendré que volver a casa solo”. De allí deriva desde entonces la expresión “victoria pírrica”, como alegoría para referirse a una victoria que se consigue a expensas de un alto costo que incapacita o condiciona al vencedor para nuevas contiendas.

En un contexto donde una gran parte de la clase dirigente del país sigue empecinada en caminar sobre el filo del abismo, lo sucedido en la semana en la Cámara de Diputados pareciera mostrar cómo los principales espacios políticos -y sus corrientes internas- parecen contentarse con alcanzar “victorias pírricas” a expensas de una mirada de mediano-largo plazo que permita salir de esta lacerante crisis económica y social que nos impide avanzar en la senda de un país “normal”.

La primera batalla

El pasado jueves la Cámara baja fue el escenario de arduas y tensas negociaciones que llevaron al oficialismo a modificar la redacción del proyecto original referido al acuerdo con el FMI y evitar todas las referencias al programa económico que el propio Guzmán había señalado como parte inescindible de lo pactado en el organismo de crédito internacional. De esta manera, después de los escarceos, versiones sobre supuestas exigencias del Fondo e interpretaciones varias, el texto de la media sanción contiene un solo artículo que habilita al Poder Ejecutivo a firmar el programa de facilidades extendidas para refinanciar el crédito stand by contraído durante el 2018 por el gobierno de Macri.

A pesar de las altas expectativas que se habían autoimpuesto y de las importantes concesiones que debió hacer, Alberto Fernández y su entorno celebraron lo acontecido como una victoria propia frente a la oposición y el kirchnerismo duro. El apoyo logrado para sesionar y para lograr la aprobación del proyecto, sumado a las fisuras y desavenencias que persisten en el seno de la oposición, fueron contabilizados como logros. Sin embargo, como toda “victoria pírrica”, los costos fueron altos, máxime cuando aun falta otra batalla en el Senado: resignación de objetivos, flagrantes hechos de violencia en la calle, desautorización explícita de Guzmán y cuasi ruptura de la coalición oficialista (evidenciada no sólo en la votación sino en la notoria ausencia de Máximo Kirchner). A pesar de ello, en la percepción del gobierno, el acuerdo alcanzado con el FMI no sólo permitiría evitar la debacle, sino aplazar las erogaciones de forma tal de mantener las chances electorales en 2023.

Juntos por el Cambio también festejó lo ocurrido en Diputados, y se atribuyó como una victoria propia el haber torcido la voluntad del gobierno forzándolo a aceptar los cambios en el proyecto. Sin embargo, aquí también se manifiestan costos altos y evidentes: no sólo terminó avalando un aplazamiento de pagos que terminará comprometiendo a futuros gobiernos, sino que dejó nuevamente expuestas sus cada vez más claras diferencias internas.

En la UCR, donde siguió muy activo Morales en su rol negociador, interpretaron que perdieron los “halcones” del PRO que apostaban al default. El propio gobernador jujeño festejó lo conseguido en twitter, felicitando a los bloques legislativos del radicalismo, la Coalición Cívica y el Peronismo Republicano (Pichetto), omitiendo explícitamente al PRO. Una lectura similar tuvo la Coalición Cívica, aunque arrogándose el mérito principal por el “triunfo”. Esta posición también quedó plasmada en la “red del pajarito” con un posteo en donde Lilita Carrió felicita a su partido “por haber llevado adelante la estrategia de evitar el default, privilegiando los intereses de la Argentina por sobre intereses especulativos y personales”, en una clara alusión a los “halcones”. Para el PRO, sin embargo, se trató de un triunfo estratégico que sólo fue posible por la firme posición de rechazo (amenazando con un voto negativo o abstención) que mantuvo el partido al entendimiento tal como estaba planteado originalmente. El propio Macri dejó trascender su beneplácito por haber logrado evitar el default al mismo tiempo que lograr eliminar el supuesto “plan bomba” de Guzmán (como lo calificó el diputado Laspina) y los fundamentos del mismo (que le atribuían con dureza la responsabilidad por el fracaso del acuerdo de 2018) A ello se sumaron el rechazo de López Murphy y la ausencia de Fernando Iglesias, contrariando la “estrategia” del espacio.

También el kirchnerismo tuvo su propia “victoria pírrica”. El rechazo de la parte más dura que responde a La Cámpora y la vicepresidente -en lugar de abstenerse, como se esperaba-, fue festejada como una conducta de coherencia ideológica consistente con un relato que tiene su origen en el supuesto carácter fundacional de la presidencia de Néstor Kirchner. El cuidadosamente producido video de Cristina Fernández de Kirchner atribuyendo los destrozos en su despacho al reingreso del FMI al país, también se contabilizó en este supuesto triunfo. Aquí los costos son más que evidentes: un aislamiento cada vez mayor de este sector -que por cierto, en los votos parlamentarios, se reveló minoritario- que pareciera conducir casi inexorablemente a una ruptura del Frente de Todos, a lo que se sumó la paradoja de quedar votando junto a los libertarios y los bloques de izquierda.

Hasta en las filas de Sergio Massa, presidente de la Cámara de Diputados, se atribuían la victoria. En su rol de principal negociador con los bloques de la oposición, su entorno destacaba su capacidad para convencer a Fernández de la necesidad de modificar el proyecto y conseguir que con sólo 77 votos propios el gobierno aprobara con más de 200 votos afirmativos la ley más difícil desde que el peronismo retornó al poder en 2021. Además, destacaban su “victoria” frente a Guzmán, que si bien fue el responsable de liderar el acuerdo, vivió el último tramo de las negociaciones en Diputados a la distancia, tras su sorpresivo viaje a Houston y haber quedado desautorizado en relación a su postura original.

Sergio Massa, presidente de la
Sergio Massa, presidente de la Cámara de Diputados (Télam)

Lo que viene

La primera batalla parlamentaria no sólo dejó entonces varias “victorias pírricas”, sino heridos en los principales espacios y grandes interrogantes de cara al futuro.

En Juntos por el Cambio siguen los pases de factura y escalan las tensiones internas. Morales sigue mostrándose dispuesto a desafiar públicamente al macrismo y a disputar una posible candidatura presidencial. Sin embargo, dentro de su propio espacio hay otros dirigentes como Lousteau o Manes que también juegan fuerte y que, a menudo, son tildados por sus pares de individualistas. Por su parte, los “halcones” del PRO siguen convencidos de las ventajas de la estrategia de confrontación abierta con el gobierno, y han logrado convencer incluso de ello al siempre más moderado Rodríguez Larreta, que parece por estos días cultivar con atención cierto revisionismo histórico en relación a lo que le sucedió a fines de los 80 al renovador Antonio Cafiero cuando, apelando a la responsabilidad ante lo que creía era su inminente presidencia, acompañó medidas percibidas como impopulares que le allanaron el camino a Carlos Menem.

En las filas del Gobierno, es cierto que el acuerdo al que llegaron con la oposición les permitió lograr la media sanción para el proyecto, sorteando así las dificultades derivadas del rechazo a la iniciativa entre la tropa propia. Si bien ahora el proyecto se encuentra en un campo de batalla en que es Cristina quien comanda, desde el Gobierno entienden que la contundencia del resultado legislativo le deja poco margen de maniobra a la vicepresidente.

Por ello el foco está puesto por estas horas no tanto en el conteo previo de los votos en el Senado, sino fundamentalmente en los tiempos. No es novedad que hay premura por aprobar la ley con el tiempo suficiente para que el Board del FMI de su aprobación final antes del 22 de marzo, fecha en que el país estaría obligado a afrontar un pago de 2800 millones de dólares.

Para lograrlo, necesitarán superar un escollo reglamentario, que estipula que deben transcurrir 7 días desde el dictamen en comisión para el tratamiento en el recinto, a no ser que el mismo sea habilitado por una mayoría de dos tercios presentes. Una vez más, una tarea para la cual necesitarán no sólo los votos propios -que además no están asegurados en su totalidad-, sino del compromiso de la oposición.

El albertismo y los diversos sectores de Juntos por el Cambio, por el momento, parecen coincidir en la estrategia y los objetivos principales: conseguir la ley la semana próxima y evitar el default y su impacto en la situación política, económica y social.

Seguramente, el Presidente, Juntos por el Cambio y el kirchnerismo obtendrán, de acuerdo a la propia visión y posicionamiento, una nueva victoria, por la que deberán pagar un alto precio. Porque así son las “victorias pírricas”..

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