Los discursos presidenciales tienen la particularidad de rápidamente situar a cualquier persona en el contexto actual de un país. Si un extranjero escuchase un compilado de los últimos discursos de los presidentes argentinos en las aperturas legislativas, podría darse una idea de la coyuntura política, social, económica y cultural de la Argentina a través de los años. Sin embargo, supongo que atónito se preguntaría, al escuchar la repetición de ciertos temas como si estuviesen en un disco rayado, si es la misma persona quien escribió cada uno de los discursos o si, simplemente, hay problemas que no logran encontrar su solución. La justicia es uno de estos temas que parece estar condenada al eterno bucle discursivo.
Las palabras del presidente Alberto Fernández apuntaron hacia lo más profundo del problema: La falta de confianza pública del poder judicial. No obstante, en general y por diferentes caracterizaciones, se suele asociar esta pérdida de confianza con el llamado “lawfare” y con los juzgados de Comodoro Py. El arco político y mediático frecuenta constantemente esta narrativa que, si bien desgraciadamente puede ser cierta, sobrevuela la cuestión de la confianza pública; porque la gente de pie, sobre todo, padece el “latefare” (la tardanza de los procesos) y camina los pasillos de los tribunales de Talcahuano, Paraguay, Viamonte, y cada uno del resto de los juzgados del país.
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No hay dudas del diagnóstico: la justicia argentina sufre una crónica falta de confianza. Actualmente, el poder judicial transita, al igual que muchas otras instituciones, una crisis de legitimidad. Un amigo suele empezar sus clases de derecho penal en la Universidad de Buenos Aires diciendo que hay más gente que cree en el horóscopo que en la justicia; e ironiza: ¿Por qué no resolvemos nuestras disputas según los signos zodiacales?
Sin embargo, esta crisis de legitimidad y confianza pública no es únicamente propia de nuestro país. La pérdida de confianza y seguridad en las instituciones es un símbolo característico del presente, lo cual ha convocado a expertos mundiales a tratar la cuestión. Algunas conclusiones de estudios extranjeros pueden ayudar a repensar alternativas para tratar el triste diagnóstico de la justicia argentina.
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Investigadores del Colaboratorio de Justicia de la prestigiosa Universidad de Yale descubrieron que la construcción de confianza pública en la justicia se centra particularmente en el modo en que las disputas son gestionadas por los tribunales durante los procesos. Es decir, el trato recibido por parte de un tribunal durante el proceso influye más que el resultado final del juicio mismo. Entonces, la percepción del sistema mayormente depende de cómo son tratadas las personas.
A partir de resultados de encuestas y estudios, los investigadores concluyeron que al acudir a la justicia el público busca en los tribunales, por sobre todas las cosas, recibir un trato justo. Este concepto de trato justo fue definido en cuatro pilares esenciales: neutralidad, voz, respeto y confiabilidad. La neutralidad se refiere a que las decisiones judiciales sean libres de sesgos y guiadas por un razonamiento transparente. En este elemento es fundamental el uso de leguaje claro en las sentencias. Si una persona no entiende el proceso ni qué es lo que dicta una sentencia, poco probable es que sienta que fue tratado en forma justa y, menos aún, que sienta obediencia hacia la orden impartida. El respeto, mi pilar preferido, significa un trato digno, habla del cuidado de la existencia del otro, siendo cortes y educado. En este punto, es importante el ejercicio empático de la autoridad, desde el recibimiento en una mesa de entradas hasta la buena comunicación en la lectura de una sentencia. La voz se entiende como la oportunidad de ser escuchado. No significa solamente la oportunidad entendida como un momento particular en el que una persona se expresa, sino realmente experimentar el sentimiento de haber sido escuchado activa y comprometidamente por la autoridad. Por último, la confiabilidad se refiere a la imagen integral que refleja el tribunal en cuanto a su sincero interés de hacer su trabajo (que es impartir justicia) de la mejor manera.
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La implementación de un programa diseñado en base a estos pilares, en donde fueron capacitados oficiales de policía, empleados judiciales y autoridades de tribunales, en la comunidad de Red Hook del barrio de Brooklyn en Nueva York, alguna vez considerado como el lugar más peligroso de los Estados Unidos, llevó la confianza pública de la justicia de un 57% a un 78%, en tal solo dos años desde 2002 a 2004. Y no sólo eso, también redujo los índices de reincidencia juvenil de la comunidad en un 20%. Algunos de los cambios en el servicio de justicia fueron tan sutiles como bajar a los jueces de un estrado a la misma altura de los demás presentes.
Si entonces estos programas funcionan, sorprendido como el extranjero que escucha en bucle los problemas de la justicia argentina, me pregunto: ¿Por qué no comenzamos por lo simple? Tal vez sea cierta la frase con la que empieza un libro que compré hace unos días, que dice: “El mayor desafío de los líderes es hacer cosas difíciles humanamente”. Las autoridades judiciales, en un sentido, son líderes – aunque, separando a honrosas excepciones, probablemente no los que querríamos.
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En su charla TED del año 2017, la jueza norteamericana Victoria Pratt preguntaba ante un auditorio atento: ¿Qué pensarían si les digo que con una sencilla idea se pueden mejorar las experiencias personales en los tribunales, y aumentar el cumplimiento de las sentencias y la ley, al mismo tiempo que incrementando la confianza pública en la justicia? Esa idea se llama justicia procedimental, remató la jueza aludiendo a los estudios de Yale. El video de su charla Cómo Los Jueces Pueden Demostrar Respeto fue traducido en 11 idiomas, y recibió más de un millón de visitas en YouTube y 21 millones en Facebook. Son cosas que importan a la gente.
La falta de confianza en la justicia argentina es sin dudas un problema multicausal. En modo alguno desmerezco las grandes y ambiciosas reformas técnicas y estructurales que puedan pensarse para que, como dijo el presidente en su discurso, la justicia supere su crisis de funcionamiento y sea eficaz y completamente independiente de todos los poderes fácticos y políticos. No obstante, creo que el verdadero comienzo es por lo pequeño, donde está la cotidianeidad de la gente de pie. Nuestra justicia debe empezar por volver a aprender a caminar, debe reaprender a ser humana. Porque, como dijo el presidente sorteando en este tema la dolorosa “grieta”, queremos que el poder judicial recupere la confianza pública que ha perdido. Porque, en definitiva, toda la sociedad quiere que las palabras “justicia argentina” no suenen como un oxímoron o una triste paradoja.
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