
El Presidente viajó a Rusia y a China, hubo muchas críticas porque no es fácil comprender esa decisión en un momento complejo por la urgencia de acordar con el Fondo Monetario Internacional. Más allá de los cuestionamientos, carecemos de una política exterior y hasta de educación y formación en el tema. Criticar la visita al mausoleo de Mao Zedong es solo exceso de ignorancia ideologizada, juzgar a los próceres ajenos define una mirada pueblerina que se imagina en condiciones de ejercer docencia universal. Macri insistía en habernos reinstalado en el mundo, no aclaraba cuál era el precio de convertir deuda en pesos para facilitar la fuga de dólares. Ahora aparece este atroz ejemplo de la venta de un lago, de la privatización de la dignidad a manos de un supuesto inversor extranjero al que algunos se jactan en visitar y apreciar.
El viaje del Presidente se da en un momento donde Rusia se enfrenta con el mundo occidental, ese al que hasta el momento pertenecemos. La derecha, la nuestra, supo enojarse con Yrigoyen y con Perón por no adherir a las guerras que tenían a Inglaterra como protagonista central. Es cierto que expresaban la democracia, también que era su forma de colonialismo. Ese mentado abrazo occidental del gobierno anterior no nos aportó absolutamente nada, tiempos donde Bolsonaro y Trump imponían la provocación como sustituto del talento del que carecían. Cómo olvidar la dictadura que en su apogeo se concebía a sí misma como la reserva de Occidente, donde no comprendió siquiera su situación durante la guerra de Malvinas. Las relaciones con el resto del mundo guardan objetivos claros, nunca pretensiones ideológicas ni afinidades culturales. Las naciones tienen los intereses permanentes que extraviamos en la última dictadura y no reencontramos hasta el día de hoy, son esos beneficios que intentó rescatar Raúl Alfonsín y que Néstor -en alguna medida- concibió al recuperar en su persona el disuelto poder del Estado. Rusia y China transitaron el marxismo, ambos retornaron a otras formas de acumulación capitalista. Rusia lo hizo mucho más discretamente que en sus tiempos de supremacía espacial y China, por el contrario, después de Mao Zedong y cualquiera sea la mirada que destaquemos, se reencontró con su vocación imperial y nunca más detuvo su desarrollo. Rusia se nos aparece como una conversión de viejos marxistas en nuevos ricos, algo que nosotros sufrimos en dosis para minorías y en versión decadente. El logro de China consiste en integrar multitudes a los beneficios de la modernidad, obviamente dejando de lado la concepción occidental de libertad y democracia. En ambos países se impone el Estado sobre el poder de lo privado, en China aparece como resultado de un proyecto que supera en eficiencia al resto del mundo.
Lejos de aquel “fin de la historia” que proclamaba Fukuyama, la humanidad vivió el fin del colonialismo como surgimiento de una sociedad distinta al modelo occidental. Claro que no se expresó como proletariado universal sino muy por el contrario, como reivindicación del poder de las naciones. China imparte justicia social sin libertad mientras Occidente va erosionando sus democracias en el incremento de la pobreza y la miseria degradando a su clase media de ciudadano a consumidor. Chile era hasta ayer ejemplo de libertad de comercio pero terminó desnudando la farsa que confunde enriquecimiento de grandes grupos económicos con integración social. Es una trampa que suelen utilizar nuestros liberales de mercado, hablan de un pasado exitoso sin importarles la miseria de nuestro pueblo en esos tiempos. Brasil mantuvo su vocación nacional con la dictadura y con los distintos gobiernos que la sucedieron. Nosotros perdimos esa concepción patriótica con las pretensiones de un economicismo de intermediarios y un izquierdismo de resentidos. Radicales y peronistas mantienen la impronta nacional sobre los intereses de los intermediarios, algunos enamorados de Miami y otros de Rusia o China, la vocación colonial no se diferencia por pretendidas ideologías. Mientras la vocación patriótica se imponga a las distintas variantes ideológicas, hay destino común, ejemplo que en Europa no solo se destaca en su versión particular sino que en su madurez abarca la colectiva en su logrado Mercado Común. Nosotros no podemos imitar en nada a los imperios de turno, no se corresponde con nuestra historia ni con nuestras posibilidades. El liberalismo de mercado nunca fue un aporte para las sociedades débiles sino tan solo una imposición de dependencia del colonialismo aggiornado. Sustituir importaciones es dar trabajo y ahorrar divisas, dejar de hacerlo, como sucedió desde la última dictadura supone desocupación y deuda. Claro que el proteccionismo tiene sus riesgos, no hacerlo solo es una versión de la decadencia.
La patria no es el resultado de una concepción económica ni siquiera militar, tampoco del resentimiento de los caídos. El radicalismo aportó la democracia, el peronismo la justicia social, el campo nos dio divisas para soñar futuro, los políticos pusieron grandeza cuando existieron y aportaron decadencia en los últimos tiempos en los que carecemos de ellos. La gran mayoría de los economistas dependen de empresas extranjeras y expresan sus intereses. Por eso sueñan con importar, hasta convierten en royalties que fugan divisas nuestros saberes más tradicionales como las inmobiliarias o las remiserías. La dependencia es mental, es esa manera de enamorarse de lo ajeno y despreciar lo propio, es esa triste mediocridad de quienes viajan, ven mundos nuevos y copian sus defectos que instalan como rentables.
Nuestras antiguas oligarquías adquirían lo mejor del arte europeo que hoy nos deslumbra en nuestros museos, soñaban una patria y le proponían un futuro. Hoy se necesita defender la raíz nacional, aquella que nos dio todo lo que nos dignifica, desde el tango al fútbol, desde Borges a Discépolo. Y luego, esa síntesis entre lo nativo y lo europeo que supimos alcanzar con esfuerzo y que significó el conflicto de Yrigoyen y Perón, dos etapas del desarrollo de la conciencia nacional. Nuestros mayores miraban a Europa, a ese intento de integración social que no permite al mercado abandonar ciudadanos en sus calles. Otra cosa es admirar naciones donde las riquezas abundan tanto como las miserias de sus marginados. Europa sufrió sangrientas guerras hasta encontrar su identidad, nosotros no tenemos problemas económicos sino políticos y esa síntesis superadora e integradora no está en la libertad de mercado ni en la dependencia del Fondo, tampoco en la privatización de los lagos a manos de usurpadores de turno ni en una nueva dependencia con China. Nos vendieron los logros de la competencia para terminar hoy esclavizados por los monopolios. Hoy es “Patria o Colonia” y el dinero no es una nacionalidad ni una virtud, luego votaremos para ser más productivos o más distributivos pero en el contexto de un proyecto que pueda superar los límites de las codicias y ambiciones en juego. Solo cuando el destino común se imponga a los intereses personales volveremos a ser dueños del sueño de un mejor mañana. Sin esa impronta colectiva nuestros economistas sólo pueden resolver traumas más cercanos a Sigmund Freud que a Adam Smith.
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