
La obsesión de la vocera del gobierno con los off the record viene prácticamente desde el día en que asumió. Esa información comenzó a trascender, precisamente en off, apenas estrenó el cargo, y terminó comprobándola ella misma con su falacidad y maltrato a la periodista de La Nación Cecilia Devanna que le preguntó sobre el malestar con Argentina en el Departamento de Estado de los Estados Unidos.
Gabriela Cerruti, que ejerció muchos años como periodista profesional, descalificó la información por provenir de un off the record como si eso la convirtiera automáticamente en mentira. Y a sabiendas de que es un método válido y utilizado en el oficio porque básicamente el periodista busca revelar lo que el poder quiere esconder y hay informaciones sensibles que se obtienen con el grabador apagado. La vocera usó una táctica que no es nueva: matar al mensajero y bajarle el precio a la verdad incómoda tildándola de mentira. Pero la que mintió es ella. Y mintió para no tener que responder y para dañar la credibilidad del mensaje que le molestaba.
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El episodio no sorprende viniendo del kirchnerismo pero es doblemente lamentable siendo Gabriela Cerruti alguien que ejerció el oficio como periodista profesional. Ya desde antes se había dejado ganar por la aversión a la prensa que caracteriza al kirchnerismo desde sus orígenes: erigir a periodistas y medios que ejercen la crítica en enemigos cuyas informaciones son sistemáticamente descalificadas, mientras se los hostiga con ciberpatrullaje, difamación o ataques personales incluso de los más altos funcionarios. Ese circuito se reprodujo ayer casi en forma automática. Un tuitero oficialista salió a decir, “Excelente Cerruti explicando técnicamente por qué el periodismo mainstream argentino es una vergüenza nacional” y lo retuiteó ni más ni menos que el Presidente.
Sí. El presidente hizo suyo el insulto, llamando al periodismo “vergüenza nacional”. Sería interesante hablar con el primer mandatario de cosas que dan vergüenza. Su nuevo ataque a la libertad de expresión sigue a otros sucesos en que descalificó personalmente y en sus redes a periodistas entre los que me incluyo, desatando la furia de una jauría rabiosa que inmediatamente después sale a atacar a la persona que osó informar u opinar algo que arriba molesta. En las entrevistas personales y sobre todo con mujeres, la descalificación no se queda atrás.
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El sueño del gobierno sería un mundo sin periodistas. Ya que no pueden tenerlo, quieren controlar la información en sus propias cañerías. Como consigna una nota del periodista de Clarín, Pablo de León, el 9 de diciembre de 2021, “la portavoz presidencial quiere centralizar todo lo que sea información oficial y que nadie hable con los periodistas por las suyas”. Consigna también que eso había causado malestar entre los funcionarios que advertían que “la idea de off the record restringido tendrá poca duración”. Cerruti, que no pudo con los off the record de la Rosada salió a la caza de los off the record de la Casa Blanca.
El control de la información siempre fue el verdadero objetivo del kirchnerismo en relación a los medios. Un rasgo autoritario que es sello de los populismos más rancios y de las autocracias que admiran. En China o Rusia no hay libertad de expresión. En Venezuela, en días recientes el hombre más poderoso del régimen entró triunfal a tomar posesión del edificio del diario El Nacional, como si fuera un trofeo de guerra y concretando lo que fue calificado directamente como un robo. El kirchnerismo ya buscó perseguir judicialmente a periodistas, desmantelar la protección del secreto de las fuentes avalada por nuestro orden jurídico, y anuló instituciones como las conferencias de prensa durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Sólo por dar algunos ejemplos de la verdadera guerra desatada contra el periodismo que reveló muchas de las tramas de corrupción que hoy desvelan a la vicepresidenta.
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El problema real de la vocera presidencial no fue la pregunta de la periodista, ni tampoco el vituperado off the record. El problema fue la verdad. El objetivo, descalificarla para no responderla.
Hace unos días el presidente de Estados Unidos insultó a un periodista que le preguntó por la inflación, que en ese país alcanza sus valores más altos en cuarenta años. El micrófono captó el insulto y el hecho desató un escándalo. Poco después el mandatario se disculpó con el reportero.
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Si respetaran la libertad de expresión y tuvieran una conducta democrática, el Presidente y su vocera deberían salir a disculparse públicamente -no alcanza con un chat privado de Cerruti enviado esta mañana a algunos pocos periodistas- con la colega de La Nación y con el que redactó la nota que los enfureció, Jorge Liotti, uno de los mejores editorialistas de los domingos en ese diario y que hace gala de orfebre con el cuidado y calidad de sus fuentes en cada nota.
Pero para el gobierno no es un error atacar a la prensa, sino una política sistemática, y la única forma de defenderse que encontraron para combatir la verdad. El estilo es viejo como los totalitarismos: Miente, miente, que algo quedará.
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