
Es como un sueño. La Argentina, el país, se ha aproximado a la Federación Rusa. Un sueño anhelado por nuestro pueblo de manera urgente, como sabe todo el mundo. La afinidad entre la milenaria Rusia y nosotros -aún con las pequeñeces y diferencias que entre nosotros alcanzan una clarísima disfuncionalidad- es bien evidente. Hay algo en el alma rusa y en la argentina, entendido por una gran emocionalidad y un genio ardiente que se hace comparable al primer vistazo. La llegada de la delegación encabezada por el Presidente a Moscú nos llena de ilusión.
Todo lo debemos al presidente desde 2012 y para siempre Vladimir Putin. Le debemos mucho, pero lo que se dice mucho. Hubo en ocasiones conversaciones cortas por teléfono donde, con tu personalidad y estilo, fue breve, hierático, en implacable ruso, con una de esas traducciones temblorosas dignas de Les Luthiers en un sketch inspirado. No entendimos nada, es cierto, Vladimir, querido Vladimir, pero algo bueno y prometedor auguraba. Nos hizo bien: tanteos para la inauguración de un tiempo feliz. Gracias, querido Vladimir. Te queremos tanto, Volodya, como solemos decirte con cariño. Conmueve tu mirada abierta, tu silencio cerrado que no es otra cosa que inteligencia -pensás, pensás- para que el interlocutor pueda soltar tus a menudo disparatados soliloquios, sin señalar a nadie. Como con lucidez, querido presidente Vladimir, como has dicho ya algunas veces, pero no por eso menos admirable: “Quién no tiene nostalgia de la Unión Soviética no tiene corazón. Y quien quiera reponerla no tiene cabeza”.
La frase es formidable. En una línea, un proyecto y una síntesis política al que uniste, Volodya, la fórmula bienestar-capitalismo, mucho patriotismo como alimento diario, orden y patrimonios en manos de pocos, tus amigos, quienes eran burócratas cuando la URSS se pudrió. Se quedaron con el gas, el petróleo, las armas, los aviones, más rápidos que el rayo: pelito para la vieja.
La Argentina llegó a Moscú en éxtasis y fue ofrendada a todos nosotros en sostén de la polvorienta consigna liberación o dependencia. Más Rusia, menos Estados Unidos, un recuerdo vagoroso de la tercera posición algo inclinada, es verdad, a una gesticulación reverente que -¡genio!– no respondiste ni sí ni no, ni blanco ni negro. Es asunto de estrategia y negocios tan políticos como económicos.
Miro a veces el retrato que tengo en la mesa de noche para que me de suerte, como otros tienen a Osvaldo Pugliese. Me recreo en tus ojillos tan seductores, en la extirpación de cualquier sonrisa. Se ha dicho desde siempre que todo hombre tiene un lado femenino. Me preocupo un poco: ¿No estaré enamorándome, Volodya, a esta altura del camino? Repaso en detalle tus torneos de judo en los que siempre ganás porque sos el mejor. Veo tus fotos a caballo con el torso desnudo para deleite de los rusos de toda edad. No sé, quién sabe. La vida te da sorpresas.
De paso, merece destacar nuestra delegación en Moscú. Tuvo éxito el poncho de Ishii San, el paisano nipón siempre listo para dar ayuda con las ambulancias del distrito, el doctor en letras y destacado periodista Bruno Bimbi, estandarte de los derechos LGTB -lo que en Rusia está penado con cárcel prolongada-, quien de todos modos se estremeció con las nieves de la Plaza Roja y el chic de la capital asombrosa que es Moscú, el canciller Cafiero que adquiere experiencia y pericia por medio de un consejo sabio: empezar desde arriba.
Por entrar en los detalles del encuentro, además de hisopar a la comitiva una y otra vez, ¿habrá caviar beluga de 10.000 euros el kilo con su huevito duro picado, su cebolla, algún pepinillo sobre tostadas o a cuchara limpia? Una sensación me dice que no, que fue prudente y rápido: no está Rusia para derrochar, -Volodya, querido-: el volumen económico del país más grande del mundo alcanza al de Brasil, no más.
Bien distinto es la vida personal. Tu fortuna merecida y más que merecida, no puede comprobarse con las revistas dedicados a esas basuras dedicados a saber quiénes son los más ricos, invento yanqui abominable. Lo entrometidos murmuran que puede calcularse en 30 mil millones de dólares. ¿De dónde lo sacan? ¡Por favor, miserables! Distinto es la situación de la santa madre Rusia: hay que ahorrar. La probabilidad de una guerra con Ucrania lo pide, como suele pasar. Pero dejemos esa trama global para quienes saben. Alegrémonos de no haber sino nadie envenenado, calumniosa versión por la infamia echado a rodar debido a la perfidia de Occidente. Puede comprobarse de modo sencillo, con solo tener un gato probador a mano. Todo ha sido amistad. Quizás no se haya llegado el punto del beso en la boca de los jerarcas soviéticos con sus sombreros y sus abrigos negros moteados por la caspa, pero anduvo bien. Es que tu modo seco aunque expresivo lo hizo posible, eso sin duda. Contribuyó, a cada uno lo que corresponde, nuestro Presidente contó que se sentía conmovido al contemplar tus ojos tu ojos.
Ha mejorado la vida humana, querido Vladimir. Nos dieron la primera vacuna. La primera y la única de las dos que deben aplicarse a los veintiún días de la primera. La otra no llegó nunca. Es que no podés estar en todo, Vladimir. La intención fue buena y el país partió hacia Moscú una cuantas veces en aviones inmensos para volver con unas pocas, siempre de las primeras. Estados Unidos donó muchas, eso sí, en sus intentos de seducción de los países que no saben hacer otra cosa que resistir frente al imperialismo.
¿Habrás tenido unos minutos libres para regalar al Presidente tan honroso grupo argentino tu deliciosa versión de “Blueberry Hills”, la canción de Fats Domino donde se luce tanto en el piano como con el canto en inglés? Los cazadores de dicha pueden encontrar y gozar en Youtube. Difícil. Una visita de estado es una visita de estado.
Me siento radiante, querido Vladimir. Lástima que la llegada de la Argentina a tu Rusia, querido Vladímir Vladímirovich, no alcanzó San Petersburgo, donde naciste, te graduaste de abogado y empezaste tu carrera en la KGB durante la guerra fría. Preciosa ciudad, digno del zar bueno que en el fondo sos. ¿Vendrás a devolver la visita? Sería magnífico. Las alfombras rojas, un asado de estancia, un ejemplar de Martín Fierro en ruso, convenios, inversiones y una Plaza de Mayo inmensa con un solo grito: “¡Pu-tin! ¡Pu-tin!”.
Se me caen las lágrimas.
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