
Fue con lentitud en los inicios, y se produjo el aumento a medida en que la crisis crónica económica, social -y a mi juicio también mental- de la Argentina enseñó los colmillos.
Claro que más o menos desde un poco antes del siglo XX ya se había formada una vasta picaresca donde se hicieron fuertes punguistas, descuidistas –el ojo rápido para ver una valija apoyada y distraída en un andén, pongamos, para volar con ella-, cuenteros del tío, mecheras. El tango lunfardo ha sido generoso en ese paisaje. El tiempo produjo los fórceps de la industrialización y gente del campo se largó encandilada derechito a las luces del Centro, donde la mayoría encontró asiento en villas, terrenos, la vastedad del barrio de las latas cerca de la cancha de Huracán en ese caso. Los “pajueranos” resultaron materia propicia para esa fauna, la de una zona del hampa menor.
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Si se acelera el cuento, no vaya a suponerse que es una de esas sociologías veloces que emanan con facilidad de Ciencias Sociales, el sismo del 2001 expulsó a muchos argentinos a integrarse en la picaresca mencionada y con alguna tradición que pasa de generación en generación -los buscas: hay especialistas en renguear, vendarse antes de salir a la calle como en situación lastimosa destrezas variadas para conseguir algo en las esquinas- pero llegó la perra vida como techo.
A sobrevivir del cartón y la basura. Eran rarezas, la miseria al desnudo estaba en algún lado, por ahí. A comer de las bolsas, jamás. Fue, es y seguirá, porque es fácil abrirle la jaula al tigre pero algo difícil volver a meterlo en ella.
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En ese mojón, y paso a paso, llegaron los trapitos. Con pocas palabras y un hilo de humillación se arrimaron a los que estacionaban: “¿Se lo cuida? Sí, la voluntad”. Claro que la negociación era breve y se entendía que podía entenderse la partes por el desafuero social y los náufragos de ciclo histórico repetido y repetido en la historia: alguna primavera aldeana y otra vez a la lona.
La sinusoide responde no a razonas de método y contexto sino a que en cada período se produce un latrocinio establecido gobierne quien gobierne. No hay otro secreto, aunque siempre se está a mano el argumento de que los colonialistas y buitres nos explotan en una conspiración que cuenta con cómplices interiores, todo al conjuro de una serie de disparates organizados como ideología. En ayuda de la coartada paranoica acuden intelectuales de especie extraña si se tiene en cuenta la incultura y la ignorancia de la que parecen jactarse. O burlarse.
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En los albores no se llamaron trapitos. No tenían nombre. Hubo de tenerlo al tiempo cuando empezaron a sugerirse con hechos que, si no había pago, y cada vez más alto, se podía dar con rayaduras o gomas desinfladas. O, algo un tanto peor: ya no había coche y el “cuidador” había vendido la presa a los levantadores camino a los desarmadores o de un raid de robos en seguidilla.
Los titubeos, aquello de” la voluntad”, cambiaron. Revolearon cada vez con más fuerza sus emblemas y se acompañaron a menudo con palos. Ya no eran seres melancólicos y callados sino cuadrillas organizadas como una mafia. Que a su vez reportaba y reporta a las barras, a las comisarías en ciertos casos, a políticos que curten la calle y tienen poder de recaudación, y así hacia arriba en un esquema fractal: un esquema es igual a otro en distinta escala, como se encuentra en la naturaleza -un grano de una montaña muy ampliada tiene la misma forma de una cordillera, como ejemplo y hay innumerables-, de modo que se forma una estructura tan reveladora como temible. Hay un plan. Tiene toda apariencia de serlo -fractal- en el diseño planetario y natural. Pero es distinto. La réplica de modelos distintos como mapa general es la concatenación de mafias.
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Diez días atrás, el señor Carlos, comerciante, estacionó en la zona de Plaza Dorrego, San Telmo. Dijo que iba a pagar al regreso, como sería razonable aún cuando la actividad está prohibida con multas cada vez más serias si se trata de conciertos populares o partidos de fútbol. El falso cuidador, entonces, le dio una cuchillada al señor Carlos por la espalda, quien tuvo que ser internado con urgencia. Alcanzaron al señor Carlos con vida al Otamendi, la cirugía fue inmediata, perdió el bazo y quedó grave. El intento de homicidio no tuvo resolución, nadie fue encontrado y en consecuencia detenido para ser llevado a juicio. No pasó otra cosa que un hecho de impunidad y violencia entre tantos.
Como el grano en la montaña que reproduce toda la cadena al estudiarlo en dimensión de aumento máximo al observarlo.
Que la acción de los trapitos sea ilegal se pasa por alto. Funciona porque arriba y abajo es todo ilegal aunque una foresta de leyes hace cada vez más espeso y ágil su aplicación. Hay una enormidad de leyes -la mayor cantidad del mundo conocido dentro de lo que se supone una sociedad más o menos civilizada- pero se cumplen muy pocos en la práctica. El último sábado fue golpeado con un puñetazo en la cara -nariz destrozada- el médico de guardia a cargo de hisopados ese día y a esa hora en el hospital Santojanni. Fuera de sí por la espera, lo atacó alguien que nadie se identificó enmascarado por el barbijo. El médico cayó y pudo morir. Estaba trabajando con las ropas espaciales bajo chapa a más de cuarenta grados. Se repuso en emergencias y renunció, se fue, dejó el trabajo y quizás la profesión. Tan doloroso, sí, y tan claro en la aplicación del hallazgo de la modos y patrones diferentes entre sí que ponen en evidencia un parecido si se rasca un poco.
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La asociación criminal que forma los cuidadores matones –fuera de la ley pero la ley no vale nada- anuda otras y otras y otras. Los trapos están en el poder y las personas, que lo intuyen o lo sufren, se defienden.
Hay chispas, momentos en que se amaga con recuperar la ética y la honestidad para la política. Poquito. Se registran más que nada en los programas superpoblados de los programas políticos. Desde que llegaron los cartoneros, la comida de las bolsas y los trapitos ahora reconvertidas en delincuentes encadenados, la pobreza aumentó, se cerraron más fábricas y de pronto se abre paso la idea de que el nuestro es un país incomprensible.
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¿Mejorará? En todo caso habrá que entrenarse mucho: el camino por delante no tiene una meta de llegada. Nadie deja de saber que habrá que andar sin descanso.
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