
Gilbert K. Chesterton murió en 1936 y ya por aquellos tiempos reflexionaba sobre la tendencia, siempre creciente, de dejar de lado el aspecto divino de la Navidad. Advertía que tal cosa, en definitiva, es contraria a la naturaleza humana, porque se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.
No es difícil imaginar el enorme costo que tenía en el pasado iluminar toda una ciudad, al menos hasta el invento de la luz eléctrica. El motivo para hacer tal cosa sin duda tenía que ser muy importante, como para que se justificase tirar la casa por la ventana. Esto es fácil de entender, pero no lo es tanto la razón de la metáfora, por la cual el aspecto divino de la Navidad es a su celebración semejante a lo que una victoria de las armas es a la iluminación de la ciudad.
El gran inglés nos explica este asunto, al comparar la celebración de la Navidad con el jolgorio de una boda. Le parece perfecto que se organice una gran fiesta en torno al matrimonio, porque se hace en honor al matrimonio. Si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de qué podría enorgullecerse? Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse, y se alegran porque se han casado. Sin embargo, acota con clarividencia, en tantas bodas de famosos se pierde de vista por completo este serio objetivo y no queda nada más que la frivolidad. Porque la frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse.
También nos acerca otra comparación de una contundencia absoluta. Estaría perfecto que armemos un gran festejo por habernos sacado la lotería, siempre y cuando realmente sea cierto. Caso contrario, claramente, sería un festejo absurdo. Así, el olvido del motivo por el que celebramos la Navidad ha tornado aquellas reuniones dictadas por el mero imperio del almanaque, en comilonas seriales y en aburridas ocasiones para encontrarnos con parientes, cuando pesa más que la alegría del reencuentro, la incomodidad por los defectos mutuos.
Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el día 25 de diciembre es como si alguien nos dice que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana.
Es que si la Navidad se identifica con una ocasión programada para alegrarnos, sin un motivo real para hacerlo, se tiñe de frivolidad. De allí es natural pasar al tedio. Y el tedio se convierte en nostalgia y a veces en tristeza. Y esto se explica por la ausencia de alegría cuando los convencionalismos nos mandan a estar alegres. La naturaleza humana, pues, se niega a iluminar la ciudad cuando no hay una victoria que festejar.
Chesterton no tuvo hijos, pero sus biógrafos relatan que fue un gran amigo de los chicos, a los cuales admiraba sinceramente. Por eso sostuvo que son los niños quienes nos van a enseñar el camino del rescate de la Navidad, de la frivolidad que la ahoga. Ellos son casi los únicos que todavía la entienden, algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero nunca hay nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aún en los niños esa sensatez se encuentra de alguna manera en guerra con la sociedad. La vívida magia de esa noche y de ese día está siendo asesinada por la vulgar veleidad de los otros trescientos sesenta y cuatro días.
La Navidad es la memoria de la humanización de la divinidad, que es en realidad el dogma más fuerte y rígido del credo cristiano, y el más difícil de creer. El Dios hecho hombre que nace en el portal de Belén. Y ese sí que es un gran motivo para alegrarse, para compartir y para celebrar. Navidad es nacimiento, tal como los niños lo intuyen perfectamente. Es entonces la ocasión de hacernos como niños, para recibir esta noticia, en palabras de Chesterton, transmitida de un modo milagroso, un mensaje del cielo, la historia relatada desde el espacio; el cuento de la fábula que es realmente verdadera.
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