Las diabólicas

Con apenas cinco años, Lucio Dupuy vivió en el infierno. Nadie acudió a rescatarlo de la pesadilla creada por Magdalena y Abigail

Magdalena, Abigail y Lucio
Magdalena, Abigail y Lucio

El martirio de Lucio, de cinco años, en manos de Magdalena y Abigail, la pareja de La Pampa, sopla sobre nosotros como un huracán caliente y enciende las venas. Es un límite. Más allá hay monstruos, como en los mapas más antiguos. Hacerlo, seguir adelante en los mares conocidos, era dar con dragones y criaturas espantosas.

Magdalena es la madre, pero no lo es. Es la mujer que aportó los genes, la genitora. La madre es quien da a luz –también puede adoptar- y emprende el maternaje. Cuida, protege, ayuda a crecer y fortalecerse hasta que el hijo pueda valerse por sí mismo para entrar en la trama social. Magdalena no es la madre. Es alguien horrible. Abigail es el ser horrible asociado.

No se relaciona con que sea una unión lésbica, no lo pienso. Solo la inefable Ofelia Fernández soltó uno de sus guarridos, no en justificación de aquello que no puede conocerse sin un mareo, sino en el sentido de que si se trata de mujeres unidas lo hace parecer peor. No es cierto. Es tonto y estúpido.

Hubo un acuerdo al separarse Magdalena Espósito y el padre de Lucio. Mediación y acuerdo. Con ocupación en Luján, se dio en guarda y tenencia un tiempo con abuelos, una tía que se vio desbordada por una vida difícil. Así se llegó a la tenencia. Y así Lucio Dupuy entró en el infierno. Las golpizas con fracturas, vísceras sangrantes, pérdida de sentido, quemaduras, abusos que la autopsia revelaron. Juan Carlos Toulouse, el médico forense, asegura que en décadas de ejercicio nunca vio tal espanto y se contiene para no agregar a lo conocido más náuseas.

Quizás la tortura y muerte -ay, Lucio- habrán supuesto que para él era así. Que en algún momento todo era así, de esa manera. Con dolor. Con horas de aislamiento, con el cuerpo desnutrido y roto contra las paredes, era así. Nadie acudió a rescatarlo de la vida mortificada durante mucho tiempo. ¿Que había un acuerdo? Tendría que haberse roto. Lucio debió ser rescatado: se sabía qué pasaba. Vecinos, los tuits repugnantes de las diabólicas, los pedidos del abuelo paterno, de otros familiares, del sometimiento de las enfermeras ejercidos sobre padre y el odio elocuente de las enfermeras –que lo eran-, resultaban suficientes para detenerlas y llevarse a Lucio en brazos, librarlo de lo que le ocurría. Fue llevado por las dos a la guardia del hospital Evita cinco veces. Ni médicos ni enfermeros ni testigos ocasionales: Lucio llegaba con huesos rotos sin que nadie denunciara en ningún momento nada. Un enorme silencio cómplice por omisión y falta a la obligación legal médica y policial. Nadie lo ignoraba. Cinco veces. Nadie habló. Nadie tuvo el deber de oponerse. Se les tenía miedo. Era preferible mirar hacia otro lado. Infamia.

Lucio Dupuy tenía 5 años
Lucio Dupuy tenía 5 años

Solo que Magdalena y Abigail habían expuesto el poder conseguido sobre el padre y la familia. Había conseguido lo que deseaban. Sometimiento. Dominio. Y el poder tiene que ver con la definición de qué y cómo son. Psicópatas perversas.

Hemos conversado con el doctor Hugo Marietan, psiquiatra distinguido y singular. Docente en la UBA -titular de Clínica Psiquiatra lll- , con investigación y servicio en el Borda y el Moyano. La singularidad consiste en que Marietan ha dejado casi por entero otros aspectos de la psiquiatría a la indagación, definición, diagnóstico de psicópatas. Menciona en entrevistas y conferencias al psiquiatra alemán Kurt Schneider, diez años decano en Heidelberg. Su trabajo es leído y solicitado de varios países en intercambio y con fuente en sus resultados.

Magdalena y Abigail son psicópatas perversas. ¿Cómo son los psicópatas? Es buen principio -explica- nacen, no son. No son el resultado de una sociedad injusta, una familia en estallido, ninguna otra circunstancia. No se puede modificar porque llegan psicópatas, y no se cura o trata porque no se trata de una enfermedad sino una forma de vivir en el mundo. Quienes se relacionan con psicópatas sufren un desbalance: en la cercanía los demás pueden intentar la comprensión o sentirse atraídos por su personalidad, pero el psicópata no registra a los otros sino para percibir sus zonas débiles, utilizarlos, manejarlos a sus fines. Dominio, poder, desvalorización, ruptura de autoestima, plata. Son mentes despejadas de toda afectividad, aunque puedan simularlo. No hay otros. Son cosas.

Las mujeres de La Pampa caen de lleno en la descripción que Marietan con el agregado de la perversión. Magdalena y Abigail disfrutaron lo que le hicieron al pequeñito Lucio. Ni siquiera hay que subrayarlo: lo hacían siempre. Al cosificar a Lucio pudieron distanciarse, volverlo herramienta para destruir al padre y a los familiares que muy débilmente, doblegados, tomaban como podían contacto siempre respondido con extorsión, burla, insultos.

No hubo ni habrá arrepentimiento. El psicópata no se arrepiente. No hablo del mal en el sentido teológico, sino en el ejercicio de vampirizar a quienes pueden hacerlo para conseguir poder. Ese mal, el que desde el nacimiento enfoca hacia manipular, seducir y usar a los demás. Un segundo para respirar: aunque se va y se vuelve con la idea que alguien es un psicópata hasta gastar el encuadre, solo el 3 por ciento de los habitantes de la Argentina está formado de psicópatas, seres congénitos sin sentimientos ni posibilidad de cambiarlos, hábiles en el camino propuesto: ellos.

Al ser detenidas por la muerte de Lucio fueron encarceladas a la espera de un juicio en La Pampa. Explica una docente en prisiones con experiencia en ese campo que las internas aplican su código y penan a quienes atacan a las “infantas” (va para chicos y chicas). Las celadoras dan aviso y se distraen hasta el ejercicio del castigo, tan feroz que puede ahorrarse lo que incluye. En estado de destrucción mayúscula fueron llevadas a otra, en San Luis, para impedir la pena del reglamento carcelario cuando alguien llega con niños sacrificados a la crueldad: boleta.

Abolida la pena de muerte en nuestro país con un vislumbre de la Asamblea de Año Trece, se consagró en la Constitución pero se siguió matando en territorios interiores y guerras civiles -fusilamientos, degüello-; los desaparecidos fueron ejecuciones no reconocidas por el Estado, las formaciones especiales también lo hicieron contra el Estado en democracia y en dictadura. Hay pena de muerte en Cuba, hay pena de muerte en Guatemala.

Magdalena y Abigail nos llevan a otro lugar. Habrá un juicio y una sentencia. Estoy seguro de que no pocos, como yo, habrán pensado en el sonido fuerte de un martillo. El del juez que se las llevaría de aquí.

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