Las fricciones iban en aumento y la declaración de “Guerra Comercial” del 2-4-2025 parecía el primer paso de una ofensiva norteamericana por la cual el Presidente pasaba a prescindir del Congreso norteamericano, la OTAN, el vínculo estrecho con la UE y las Naciones Unidas… en sus palabras, “mi único límite es mi propia moral…”.
Como capítulo complementario, se imponía la “Doctrina Trump” de hegemonía absoluta en el Hemisferio Occidental -las Américas- como “zona de Seguridad Nacional” norteamericana (incluyendo la anexión de Canadá, Groenlandia y el Canal de Panamá).
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El Presidente Trump entendía que, imponiendo por la FUERZA la paz en Ucrania, Gaza e Irán, suprimiendo los regímenes chavista y castrista en Venezuela y Cuba, e incrementando las inversiones en territorio norteamericano, podría ganar las elecciones de noviembre del 2026 y, por qué no, lograr un tercer mandato (controlando los 2/3 de ambas cámaras y suprimiendo la restricción constitucional de los dos mandatos).
Respecto de China, la ofensiva norteamericana corregiría la “debilidad” de sus predecesores y limitaría su “zona de influencia” a un pedazo limitado de Asia (estimulando el vínculo norteamericano con India, Pakistán y Rusia).
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Este “sueño” se fue opacando y, tal como lo hiciera Hitler con la URSS en 1939, entendió que debería recurrir a la Alianza con su enemigo estratégico —China— para alcanzar sus objetivos de corto plazo, dejando para más adelante su enfrentamiento total con el gigante asiático.
China, por su lado, había ya decidido en el Congreso partidario del 2019 que el momentum de la gran competencia con los EE. UU. recién comenzaría a partir del 2049 -Centenario de la fundación de la República Popular China-; por lo tanto, estaba preparada para la Cumbre del 13 al 15-5-2026 con el objetivo de implementar una “negociación activa” con los EE. UU. que podría, eventualmente, cerrarse durante la 2.ª parte de la cumbre, a concretarse en Washington el 24-9-2026.
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En los próximos 4 meses, ambas partes estarán en condiciones de evaluar, en lo táctico y lo estratégico, los próximos pasos que a cada uno le servirán para alcanzar su respectiva meta: la hegemonía planetaria.
Ambos están conscientes de que, en el corto plazo, no hay condiciones para un enfrentamiento total y que el caos actual requiere una corrección para la cual solo el acuerdo de las dos partes es imprescindible.
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Por eso es que se está pactando una “Paz Caliente” que permita estabilizar el precio del gas y el petróleo, los fertilizantes, los fletes y los seguros, así como garantizar el flujo de las tierras raras y los chips de la IA (unas controladas por China, los otros por los EE. UU.).
Con “lo importante no se jode”, diría el paisano, y el presente desorden e incertidumbre no le conviene a nadie.
El siglo XXI, es un tiempo de “poder compartido”, que, esperemos, siga transitando por ese canal… si no, el “Holocausto nuclear” podría desatarse sin que hubiera un ganador y un perdedor sobrevivientes.
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Podemos ser optimistas… la revolución tecnológica -la IA-, los avances en el equilibrio entre cuidado y explotación de los recursos naturales, y la necesidad de controlar los movimientos migratorios dentro de un orden económico y laboral razonable, indican una tendencia creciente a las ideas más sensatas de centro-izquierda y derecha, después de una década donde el nacionalismo proteccionista de derecha se parecía mucho a las tendencias más extremas de 100 años atrás.
En Argentina nos toca también el desafío de recuperar la cordura y la vigencia de las instituciones de la democracia representativa, muy golpeadas después de 20 años de ejercicio de un populismo corrupto. La solución no será el imperio de otro de signo ideológico contrario, pero minado sustancialmente por los mismos defectos.
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