
En el contexto de la reciente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático 2021 (COP26) es importante recordar que la educación siempre fue importante como impulsora de cambios positivos. El aprendizaje debe inspirar y empoderar a la próxima generación a abordar con decisión el cambio climático.
Si algo nos ha enseñado la pandemia de la COVID-19 y nuestros esfuerzos por controlarla, es que las crisis globales requieren de soluciones globales. Aún no hemos logrado ganarle la batalla al COVID-19, pero cuando lo hagamos, será porque la humanidad trabajó unida.
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Esta colaboración incluye una gran variedad de disciplinas académicas e intelectuales, lo cual resulta muy pertinente para el tema de este artículo. Sin lugar a dudas gran parte del mérito fue de los científicos, pero es importante destacar también que las iniciativas colectivas fueron posibles por estadísticos, expertos en geografía humana, economistas, conductistas, comunicadores y muchos más.
Todas estas personas han tenido que colaborar, escucharse, intercambiar ideas y resolver problemas en conjunto.
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Si se requiere un equipo tan diverso para vencer al COVID-19, imagine el cúmulo de habilidades, disciplinas e ideas que necesitaremos para que la humanidad haga frente a la crisis climática antes de que sea demasiado tarde.
En los colegios, docentes y educadores recae al menos parte de la responsabilidad de educar a los ciudadanos del mañana, capaces de participar en la clase de colaboración e intercambio de ideas que necesitaremos para evitar una catástrofe climática.
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Los educadores podrán asumir esta gran responsabilidad dedicando tiempo a elaborar el currículo y el modelo de evaluación que necesitaremos para afrontar este desafío. Debemos brindarles las herramientas educativas adecuadas para realizar la gran labor que les encomendamos.
El aprendizaje interdisciplinario -y el transdisciplinario–, es una parte esencial de este conjunto de herramientas, ya que los problemas de esta magnitud solo pueden resolverse con diversos puntos de vista. Pero la enseñanza y el aprendizaje también deben basarse en un ciclo de indagación, acción y reflexión en el que la participación activa asuma un papel protagonista.
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Además de eliminar la compartimentación y el aislamiento de las asignaturas, el futuro del diseño curricular debe centrarse en tres áreas para garantizar que la próxima generación esté preparada para abordar el cambio climático.
Debemos tener un currículo que se haya diseñado tomando en cuenta el desafío específico
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La sostenibilidad debe ser un elemento fundamental de los cursos y disciplinas. Esto incluye, entre otras, las ciencias naturales y asignaturas como Geografía, Tecnología del Diseño, Economía y Gestión Empresarial. Abogamos por un planeta sostenible y pedimos a los alumnos que consideren cómo la relación entre las personas, el planeta y el desarrollo es fundamental para alcanzar la sostenibilidad, así como las conexiones entre asignaturas aisladas.
Debemos priorizar la educación en acción
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Los currículos del futuro deben fomentar una relación orgánica entre el aprendizaje en el aula y las acciones sostenibles en la comunidad a fin de que los alumnos puedan contribuir a la sostenibilidad de manera práctica. Deben adaptar el aprendizaje al contexto del colegio: su tiempo, lugar y comunidad. La autenticidad del aprendizaje es fundamental pues los alumnos deben comprender cómo puede manifestarse su aprendizaje en el mundo real.
Debemos formar jóvenes que sean “agentes de cambio”
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El currículo y la pedagogía deben inspirar a los alumnos a marcar una diferencia y contribuir a la sociedad como ciudadanos globales. Debemos promover la importancia de la “acción basada en principios”: tomar decisiones responsables y explorar la dimensión ética de la decisión de actuar o no actuar. Se debe animar a los alumnos a explorar cuestiones globales y locales de una forma que no se limite a la toma de conciencia, sino que también conlleve un compromiso. Asimismo, se les debe animar a explorar su propia participación, lo que pueden hacer para lograr el cambio que necesitamos.
La pedagogía y el currículo del futuro deben crear oportunidades para que los alumnos indaguen sobre el futuro de la humanidad y contribuyan a él de forma positiva y activa. Deben permitir que los jóvenes establezcan conexiones entre las asignaturas y las disciplinas, entre sus valores y pasiones y los de las comunidades que los rodean.
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A lo largo de la historia, los colegios y docentes se han ido adaptando para abordar muchos de los problemas que aquejan a la sociedad, y la crisis climática es, sin duda, el más grave de todos. Es momento para que la educación vuelva a cambiar. El objetivo final de la educación debe ser la prosperidad de las generaciones actuales y futuras, para que convivan en armonía con la Tierra y dejen en mejores condiciones para todas las personas que la habiten.
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