
¿Viene el ajuste de manual con el FMI, continua la inestabilidad sin crecimiento y con inflación, o hay una posible solución de crecimiento inclusivo sin crisis o sin ajuste? Si se observa la realidad preelectoral, puede ser la primera o la segunda opción, o ambas, pero ciertamente no hay lugar para la tercera sin disciplina macroeconómica, sin la cual ningún país ha triunfado.
El mundo se está recuperando económicamente de la crisis pandémica y con ello los precios de las exportaciones argentinas. Después de una contracción estimada en más de 3% en 2020, el FMI estima que la economía mundial crecerá en casi 6% en 2021, moderándose a 5% en 2022, ligeramente menos que lo que se esperaba a mediados de año. La OCDE tiene estimaciones ligeramente más conservadoras, con un crecimiento del 5,7% y del 4,5%, respectivamente. Estas previsiones indican que en 2021 la producción mundial superará los niveles previos a la pandemia, aunque menos de lo que se esperaba entonces.
Existen considerables riesgos debido a la incertidumbre sobre la recuperación de la salud, la ruptura de las cadenas de valor y el endurecimiento de los mercados laborales y el consiguiente aumento de la inflación. Pero, aun así, los precios internacionales de los alimentos están a niveles similares al pico anterior alcanzado en 2011. Las economías avanzadas se están recuperando a buen ritmo, pero las economías emergentes han perdido el empuje anterior, y los que los precios de las exportaciones pueden reducirse, aunque los de materias primas importadas- petróleo y metales- se mantendrán altos.
Aun así, la mejora en la situación internacional no ayudará lo suficiente, dado que las condiciones internas hoy en día no son favorables.
Pérdida de ingresos
Muchos miran con añoranza la situación existente hace diez años, cuando Argentina alcanzó el mayor nivel de ingreso per cápita del último cuarto de siglo. Pero desde entonces hubo un declive bastante sostenido de ingreso, solo contrarrestado por el uso de reservas acumuladas y el mayor endeudamiento, y no solo desde 2016. Hoy, ya con recuperación de 2021, el ingreso promedio de los argentinos es 15% menor que en 2011, e incluso 5% menos que en el nefasto 2019, con fuertes desincentivos a la producción y a las exportaciones y subsidios generalizados y masivos, que terminan pagando todos los argentinos.
Estas políticas, magnificadas por un déficit fiscal y cuasi fiscal insostenible, en el contexto de un sistema cambiario complejo e ineficiente, que solo beneficia a los allegados al poder burocrático, llevará a más inflación y un deterioro productivo. A la larga, se vislumbra un “venezolamiento” económico del país.
Si a ello se suman serios atrasos de pagos al FMI, se cerraría rápidamente el acceso al financiamiento internacional de los organismos internacionales y el financiamiento bilateral, incluso el de China, ya curtida por fuertes pérdidas en sus préstamos.
Con o sin el FMI, la Argentina requiere de una trayectoria de sostenibilidad fiscal y reducción de inflación para poder lograr no un aumento de demanda efímero, sino un crecimiento potencial abierto al mundo.
La mejor salida
La solución para Argentina es lograr el quiebre de la dependencia respecto de los términos de intercambio (relación de precios de exportación con lo de exportación), lo que se logró en parte en la década de los 90, pero que se perdió finalmente por no cuidar los equilibrios macroeconómicos.
Debemos recordar que no hubo economía regional con más programas con el FMI (11 instancias desde 1984) que la Argentina, y cuando no lo hizo era debido a burbujas de precios internacionales favorables al país.
Una trayectoria deseable requerirá de un período de ajuste fiscal, probablemente ayudado por vientos internacionales favorables. Dentro de este esquema, debe mantenerse un programa efectivo de apoyo y mejora para los sectores más pobres, pero reconociendo que el país es más pobre.
Políticas favorables al desarrollo económico privado, no monopolista y privilegiado, es el otro aspecto esencial, basado en reglas claras y estables y un tipo de cambio competitivo, aunque el proceso de liberalización deberá ser instrumentarse pragmáticamente, durante un período de transición, pero que atraiga tanto los capitales extranjeros como los argentinos (siempre marcados por la experiencia con políticas erróneas).
Por último, esto requiere de un grado de consenso entre un Poder Ejecutivo debilitado, un Congreso posiblemente en manos de la oposición, sindicatos y empresarios, pero reconociendo que los experimentos alternativos han llevado siempre al fracaso, aunque a veces mitigado por altos precios para las siempre menospreciadas exportaciones agrícolas argentinas.
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