
En las sociedades actuales los comportamientos son cada vez más impredecibles. Si bien los estudios de opinión pública permiten conocer, comprender y decodificar humores sociales, percepciones y posibles conductas electorales, lo cierto es que en el devenir de la historia hay fenómenos políticos y culturales que irrumpen, transgreden y rompen con lo que los algoritmos predicen. No es casualidad -y suele pasar- que luego de cada elección nos quedemos azorados y con la boca abierta por las grandes diferencias entre lo que las encuestas auguraban, y lo que realmente pasó.
Los resultados de una elección son producto de muchas variables, pero sin dudas, algunas siempre predominan sobre otras. De lo que se trata es de captar en un contexto como el actual cuáles influyen más: ¿será el bolsillo? ¿la ideología? ¿los valores? ¿las expectativas? ¿las costumbres? O quizá la pandemia nos obligue a repensar nuestras categorías previas al Covid-19 y estemos asistiendo a situaciones inéditas.
Lo que podemos plantear a priori es que los comportamientos sociales no siempre se guían por la razón, y por eso muchas veces las emociones influyen de forma decisiva al momento de votar. Max Weber, pensador clave de la modernidad y uno de los padres fundadores de la sociología, para analizar la acción social establecía distintos tipos ideales de los que podemos destacar: la acción racional en la cual se utilizan distintos medios para llegar a un fin premeditado, la acción tradicional en la que predominan las costumbres y ciertas normas y creencias que están legitimadas en una determinada comunidad, la acción emotiva donde imperan las pasiones, los sentimientos y los estados anímicos, y por último la acción racional con arreglo a valores en la cual se actúa desde la razón para alcanzar un fin que tiene como objetivo la realización de un valor ético, moral o religioso.
Como podemos observar hay una multiplicidad de sentidos que pueden orientar una acción social como es en este caso acudir a las urnas. Lo que nos importa destacar es que en esta ocasión estamos ante una sociedad que atraviesa un momento de duelo, miedo y angustia colectiva por los impactos profundos de la pandemia en la salud, la economía, la psicología y las subjetividades. En ese sentido, las emociones van a jugar un rol determinante porque pueden ser positivas (por ejemplo, la esperanza y la felicidad), o negativas (la bronca, el odio y el rechazo). Incluso cuando se “vota por el bolsillo” también hay sentimientos en juego, frustración por no poder llegar a fin de mes o, por el contrario, la confianza de que la situación va a mejorar.
En este escenario la incertidumbre va a ser un factor central, la fuerza política que logre instalar la idea de que puede dar más certezas en el corto y mediano plazo y que pueda transmitir la sensación de protección y de cuidado probablemente logre buenos resultados.
Las sociedades muchas veces suelen votar por el pasado o por el futuro y no tanto por el presente. Es decir, la expectativa puede superar el aquí y el ahora. Por ejemplo, un votante puede estar mal económicamente, pero tener la expectativa de que si vota a determinado candidato su situación va a mejorar o empeorar. Y en esta campaña en particular se puede pensar que va a ser más determinante la narrativa de futuro que la de pasado; la posibilidad de proyectar cómo puede ser la pospandemia y la nueva normalidad tendrá más fuerza que hacer diagnósticos sobre una realidad que las personas ya conocen porque la viven día a día.
Además, la pandemia cambia las formas tradicionales de hacer campaña, por ejemplo, la calle no será el epicentro. Los actos masivos, los timbreos, las volanteadas “puerta a puerta”, seguramente serán sustituidas por nuevas formas creativas acordes a los protocolos sanitarios y la disputa en el campo digital y mediático ocupará un lugar clave.
Por último, como hemos visto, el voto no se define solamente por lo racional-económico (por el bolsillo), sino que se vota también por aspiraciones, deseos, subjetividades, emociones. Esta premisa supone un desafío inédito tanto para el oficialismo como para la oposición, ya que no alcanza con denunciar los problemas económicos, sino que se deben construir nuevos imaginarios de felicidad, renovados horizontes políticos que excedan a los datos duros del Excel.
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